Adiós al villano favorito

Carlos Salinas de Gortari ha sido nuestro “villano favorito” por 30 años. Desde 1988, cuando alcanzó por la vía del fraude la presidencia de México, ha estado presente en cada coyuntura electoral como el “factótum” de la clase política nacional. Se le ha responsabilizado de prácticamente todo y no ha faltado razón para ello: se trata de un sujeto que ha mostrado enorme capacidad de intriga e influencia en altos círculos económicos y políticos, tanto dentro como fuera del país, por lo que tampoco ha faltado hasta tomarse con humor su prolongada sobrevivencia como “animal político” cuando se afirma, por ejemplo, “está pelón que Salinas no tenga que ver con el futuro inmediato (electorero) del país”. O en términos más clásicos, citando a un ídem: “el que sobrevive es el poderoso” (Elías Canetti, dixit).
Y, en efecto, Salinas ha sobrevivido los últimos cinco sexenios como el hombre todopoderoso de México. Pero no hay mal que dure cien años y todo parece indicar que el ciclo político del clan salinista está llegando a su fin, no sólo por el agotamiento epocal de quien ha fungido como cabeza de ese grupo, sino por las condiciones objetivas y subjetivas que se han venido alineando en derredor suyo para dar paso a otra opción de recambio en el poder nacional. Por una parte, el viejo dictum salinista de abrir a México al mundo, sobre todo en materia comercial, está hoy cuestionado por el socio mayor, el gobierno estadounidense que pretende cancelar o renegociar ventajosamente el acuerdo estrella del salinato; y por otra, un deteriorado nivel de credibilidad de los personeros del sistema que no parece levantarse ni yendo a bailar a Chalma.
Nada más emblemático para ilustrar lo que planteamos que la reciente declaración de Luis Donaldo Colosio Riojas, hijo del malogrado candidato presidencial priísta en 1994, cuando afirma sin titubeos que su padre se volvería a morir de ver en lo que se ha convertido el PRI, así como las palabras de su padre el 6 de marzo de ese fatídico año, cuando desgranó el célebre discurso que lo distanciaría de Salinas: “veo un México con hambre y sed de justicia, un México de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla, de mujeres y hombres afligidos por el abuso de las autoridades (…) sabemos que muchos de nuestros males se encuentran en una excesiva concentración del poder (…) es hora de cerrarle el paso a la corrupción y la impunidad”.
Alfonso Durazo, secretario de Colosio Murrieta, resumiría luego, en una entrevista con Julio Scherer, ese ambiente de crispación política prohijado por el salinismo en 1994, el antes y el después del entonces candidato presidencial priísta que buscaba tomar distancia de Salinas: “son los hechos (los discursos contrastantes de Luis Donaldo, uno cuando tomó protesta como candidato y otro en el Monumento a la Revolución en el 45 aniversario del PRI), los dos Colosios y… quién sabe cuantos Salinas” (citado por Scherer en “Los presidentes”, Ed. Grijalbo-Proceso, México, 2016, p. 299). La concentración del poder, pues, personalizada en el calvo ex-mandatario y materializada en la pretensión de manejar la vida pública mexicana mediante personeros de la más variada ralea.
La concentración del poder, curiosamente, fue la bandera adoptada por Peña Nieto al inicio de su mandato, logrando la aquiescencia de fuerzas partidistas de oposición para allanar el camino de la implantación de sus mentadas “reformas estructurales”, mediante el famoso “Pacto por México”. Sin embargo, a diferencia de Peña, la capacidad de “concerta-cesión” de Salinas le permitiría trascender el final de su sexenio, tal vez imbuido del espíritu del San Agustín de “La ciudad de Dios”, una de sus lecturas predilectas, donde le resultaba “interesantísima la visión del tiempo que no cesa” (Scherer, op. cit., p. 305). Y como la historia se repite dos veces, como tragedia y como farsa, pues allí está Peña enfilado como sepulturero del grupo salinista, no tanto por convicción como por evidente torpeza de conducción.
Las señas de identidad de ese agotamiento del salinismo están a la vista: un candidato que no conecta con el grueso de la sociedad mexicana y, de plano, hace planas para tratar de lograr empatía con lo que se pueda, agobiado además por el fantasma de una eventual sustitución que no se cansa de negar pueda ocurrir; la confrontación interna de facciones que ha llevado a defenestrar a Don Beltrone; el ánimo decaído de una militancia priísta agraviada; pero sobre todo el contexto de una “modernidad” que no fue la pregonada por Salinas y que, por el contrario, hoy está en, por lo menos, inevitable ajuste de cuentas, tanto dentro del país con los pobres acumulados, como fuera con intereses corporativos orientados a “un cambio de paradigma en la lógica de la gobernabilidad global” (Ilán Semo, “La Jornada”, 27 de enero de 2018).