Arte que conversa
Los grandes vinos, como las grandes obras literarias, tienen siempre una intertextualidad. Esto quiere decir que hay elementos en su composición que refieren a –conversan o discuten con– otros vinos, otros libros inmortales. Son las hojas de las ramas del mismo árbol cultural. Los textos, las significaciones; en sentido más amplio, las imágenes, las notas o los trazos se interconectan a través de la historia de una tradición cultural, a veces entre distintas tradiciones; por lo tanto, existen también intertextualidades pictóricas o interdiscursividades. Son ecos que forman un sistema de aliteraciones.
Naturalmente este fenómeno sucede también en la tauromaquia. La genealogía taurina está por hacerse, pero es evidente que podemos identificar un espíritu y unos rasgos de estilo, por ejemplo, desde Pedro Romero hasta Pablo Aguado, pasando por Gitanillo de Triana, Cagancho, Curro Romero, El Paula, Morante.
En una serie de tardes en las que se compartieron botellas de distintas procedencias, esta condición de, digamos, intervinalidad, se hizo patente a través de botellas importantes de diferentes regiones: el Spottswoode Cabernet Sauvignon 2009, de Napa, presentó tesituras similares a un Chateau Margaux 2001 y a un Carruades de Lafite 2009. Estas tres maravillosas botellas se mostraron en coyunturas ideales de consumo, como vinos totales a los que no puede pedírseles nada más. Si existe la excelencia, por no decir perfección, aquí unos ejemplos que están muy cerca de ella, tomando en cuenta sus entornos particulares.
Chateau Lafite 1994 y Mondavi Reserve 1986 me recordaron a un poema esférico de Baudelaire traducido por Aldous Huxley en California. Es imposible en nuestros días encontrar en una etiqueta la palabra <Napa> junto a la cifra de 12.5% de alcohol. Ese estilo old school está prácticamente abandonado en California para Cabernet Sauvignon. Es una lástima porque, aunque entiendo que los cabs contemporáneos han logrado en algunas casas un balance más atractivo, estos vinos de otro tiempo se mantienen etéreos y frescos, además, aportan diversidad… y recuerdan a esos burdeos clásicos.
Mayor sorpresa produjo el catar a ciegas dos ejemplares de syrah que, en papel, poco tendrían en común: uno rodanés y otro potosino. Los versos complejos y elegantes de un Pozo de Luna Single Vineyard también rimaron con un Jamet, especiado y mineral, ambos compartían el corte estilístico y una acidez vibrante, a pesar de pertenecer a contextos tan lejanos.
Todos los vinos citados nos transportaron a sus lugares de origen, narraron las vicisitudes de su año y delinearon los rasgos de las variedades que los componen. Pero también conversaron entre sí, confirmando la idea de que “todos los grandes vinos se parecen en algo”. Beber estas joyas reunidas fue como revivir una de aquellas tardes en las que alternaban Curro Romero, el Paula y Antoñete, como leer una antología en donde la experiencia final es más que la suma de sus partes.
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