Asustados

Desinformados, mal informados, confundidos, escépticos, temerosos, dudosos, cándidos, displicentes… adjetivos por decenas los hay para describir nuestra circunstancia social ante el estado de cosas. Que si el presidente va a pactar con Venezuela, que si no va a renovar contratos con USA, que si ya empezamos a estar como en Cuba a base de raciones, o de cupones, o de color de engomado para comprar gasolina…
¿Quién dice la verdad, en quién confiar cuando no somos ni afiliados a morena ni partidarios de los demás priamoros partidos que pretenden ser la oposición? ¿qué papel tienen nuestros diputados y senadores en todo esto y qué papel asumir los ciudadanos comunes y corrientes? Esos que no se afilian ni a sindicatos, y quienes no esperan recibir beneficios de Prospera o cualquier otro programa de corte social y populista ¿a donde va el país? ¿Podemos confiar que el tema de fondo es el combate al huachicol -de cuello blanco o el de rompe y rasga-, o debemos tener la sospecha infinita en que como siempre, esto es solo una pantalla para encubrir asuntos más importantes y de mayor impacto para todos los mexicanos?
Para olvidar un poco todo esto me refugié en la ficción que ofrece el séptimo arte. Entré a la sala de cine como quién se acoge a un lugar seguro, en donde AMLO y su gabinete de las 6 am no tuvieran cabida. En esa oscuridad y dentro de una sala que distaba mucho de satisfacer su capacidad, me refugié en un género también lejano a mis intereses: el suspenso y el terror.
Quizá después de mis experiencias con Carrie, La Profecía, El Exorcista y El Anticristo, décadas atrás, el cine de terror ligado a los temas sobre demonios y brujas, tienen un segundo plano en mis decisiones cuando de cine se trata. Ya que después de la función era prácticamente imposible poder dormir sin estar alerta a los ruidos naturales de la noche que se convertían en posibles indicios, de presencias que se replicaban desde la pantalla grande hasta mi propia recámara.
Sin embargo y como el cine es para mí como para muchos, una de mis pasatiempos favoritos, había que ir a ver esta película sobre todo por haber sido escrita por un potosino: Luis Carlos Fuentes.
Así que, a los pocos segundos de iniciar la función, es un hecho que el demonio se instala junto a uno dentro de la sala de cine, ahí sí, junto a tu butaca. No faltan los brincos, los sustos y el inevitable gesto de taparse los ojos o mirar hacia abajo para evitarlos, mientras la cinta sonora se crece y da el aviso de que algo está a punto de suceder en el segundo siguiente.
La historia te lleva, te toma y solo en algunos momentos te suelta. Pero no trascurren ni dos minutos cuando te vuelve a atrapar. Deseas que termine pronto la escena y que los protagonistas en peligro se pongan a salvo de las manifestaciones demoniacas que las escenas sugieren. Se respira el suspenso y aún siendo “hasta el más ateo”, uno se la cree al menos en los 114 minutos de su duración. Joaquín Cossío, como siempre excelente: todo un personaje.
Belzebuth nos muestra una faceta diferente a la de las cintas sobre este tema. La posesión y exorcismo desde México; imágenes propias de nuestra cultura se reflejan en un entorno en donde el México del narco reclama presencia. Frontera, armas, túneles, sombreros, policías barrigones, desierto, frontera y negligencia policiaca además de Malverde y la Santa Muerte, coronan el ambiente de terror de este largometraje.
Este terror es siempre mejor digerido que, el de Morena en el Poder o Trump versus los demócratas americanos con su muro o el cierre de su gobierno. Al encenderse las luces uno se da cuenta que la realidad afuera es más perversa y más diabólica que esos 114 catorce minutos en donde el demonio ronda entre butacas y los asiduos al cine, en una tarde de enero.