Carmen Esquivel: pintora de corazón sagrado

Le llamé y le pregunté si podía entrevistarla como parte de las tareas de mi maestría.
Recurrí a ella como parte del repertorio de personalidades, pintores, actores y bailarines con las que coincidí en mi infancia y juventud. El recuerdo de su pintura y la genialidad de sus cuadros me movían a enfocarme en su obra.
Aceptó y me recibió en su casa junto a esposo y compañero de aventuras Abel. Me mostró su taller, la obra en los muros de su casa y me habló de su trayectoria y de la evolución que como arista experimentó hasta llegar a ser reconocida nacional e internacionalmente con exposiciones ya fueran colectivas ya individuales.
La conocí en Bellas Artes allá en el siglo pasado. Para entonces yo la veía como una señora, la alumna o pintora, mamá de dos de mis compañeras del ballet infantil de la maestra Lila y Carmela Alvarado.
Fue alumna de los talleres de pintura de esta institución, iniciando con exposiciones localmente, para más tarde ser invitada a otros estados de la República como Guanajuato en la II Bienal de 1986 y la Ciudad de México en la Galería del INBA y el Polyforum Cultural Siqueiros en 1977, por dar solo una muestra.
Después de la entrevista y para efectos de mi tarea, escribí que Carmen Esquivel, era una de las figuras representativas de la plástica potosina; alumna del maestro Primitivo Caso Soria y del maestro Gamboa. Años después su obra tendría presencia permanente en el Museo José Luis Cuevas.
Para efectos de la tarea me topé con la dificultad definir el género que algunos describen como la representación plástica que producen ciertos pintores careciendo de educación artística, pero conservando en buena medida la mirada de los niños con lo que ésta tiene de asombro primigenio y vuelo fantasioso. Es decir, una deshinibida expresión y encantadora torpeza.
Carmen no requería el rigor del dibujo o el manejo de la perspectiva o de los planos para llegar a ser reconocida por otros aristas como José Luis Cuevas o RufinoTamayo…”Tamayo y yo hemos sido quizá, los pintores que le profesamos mayor afecto y admiración” escribiría Cuevas en “Universo de Añoranzas” dedicado a la pintora potosina.
En las aulas de bellas Artes, fue alentada a continuar con su estilo dejando fluir en libertad su fantasía y permitiendo que ésta cobrara forma en la tela, muy lejos de los maestros tradicionales o del papel de lo que otros pudieran haber querido “corregir”. Al respecto, Eudoro Fonseca, escribiría también en la misma publicación de ediciones La Giganta lo siguiente: “parece no adscribirse a ningún prestigio, pero logra el suyo afiliándose a la libertad creadora de nuestro arte popular más arraigado y constante, sin renegar por eso de una afamada tradición europea.”
Es así como Carmen vuelca su imaginación en piezas que nombraría “sábado de gloria”, “la estación del ferrocarril”, “visitantes”. Piezas que remiten a “las mañanas de domingo, luminosas y libres…con la serenidad relajada que aleja de la tiranía convencional de lo cotidiano, sin más interés, que el supremo interés humano (Eudora Fonseca).
Ella se distinguió entre su contemporáneos por la originalidad de su estilo y las temáticas que representaban con frescura una cotidianidad, escenas de la vida en la ciudad, las costumbres, las tradiciones o la religión. Su pintura “un día como todos” es un ejemplo de esa vida en la que los personajes, conviven en un espacio público, pudiendo apreciar al barrendero, el panadero en bicicleta o bien, los comensales de un café sobre la banqueta frente al jardín con su fuente en chorro abierto. Todos llenos de vida. La vida y la energía que experimentan los niños.
En sus pinturas, uno puede detenerse y sentirse habitando en un cuento pues están realizadas con un poder expresivo en donde el uso del color y la ausencia de los planos resultan en algo como lo que Hermann Broch llamó ingenuidad mística, al referirse a la obra de Rousseau.
Carmen Esquivel dejó este plano terrenal -que quizá en realidad nunca concibió como tal- apenas hace unos días y se siente ya, la ausencia de su presencia como artista y como persona. Y si bien fueron contadas mis interacciones con ella, tengo la la impresión de haberla conocido de siempre. De haber disfrutado lo que sin razonar, creí que ella disfrutaba haciendo, inventando, creando y compartiendo con su públicos en diferentes momentos de su ascenso artístico, tan lejanos como lejos puede estar Checoslovaquia o Monterrey.
“Pintora de corazón sagrado”. Así definida por Raúl Gamboa quien hablaría sobre su barroquismo pictórico y su amor panteísta por todo lo creado que la obligaba a relatar los elementos comprendidos en sus diferentes planos, todos pintados con un amor franciscano sin concesiones a la ‘cochina lógica’ de la que hablaba Unamuno.
Ella dejó su impresión en mí a través de su pintura como quizá muchos otros también sienten, despertando el respeto hacia sus lienzos y su mirada sobre una realidad del mundo por pocos percibida. Un mundo que emana paz, ausencia de conflictos, una convivencia social armónica. Un mundo ideal, trazado, coloreado, plasmado en figuras que parecen salir de la mente de un niño, El niño que aún no conoce de confrontaciones políticas y bélicas. En donde la violencia doméstica no tiene presencia y la equidad y la alerta de género no tienen necesidad de inventarse como conceptos que el progreso ha traído consigo.
Como bien lo dijera Peñaloza, “Carmen nació en San Luis Potosí y debió haber nacido en el Jardín de las Delicias, donde el Señor montó una exposición individual del puro arte Naïf, que los siglos no acaban de admirar: La Creación, ese cuadro al óleo de espontaneidad inmensa y delicada”.
Descanse en Paz