“-La Ciudad de México será una ciudad hermosa, si algún día la terminan de construir-“ así decía uno de mis tíos, que vivió un ese lugar por más de cuarenta años. Dejó San Luis, también a medio hacer y se fue a buscar lo que aquí no encontró. Platicaba de la capital del país como si fuera una mujer joven, bella y en proceso de formación. Con fascinación, algo de veneración, pero sin dejar de señalar imperfecciones y su falta de madurez; alabando también sus muchas fortalezas y estableciendo la complejidad como su mejor cualidad. Mi tío se murió y la ciudad nada más no acabó de construirse.
Este fin de semana la visité y todavía no la terminan, ni tienen para cuando. Si no es un puente a medias, es un edificio que no acaba de alcanzar el cielo, o un paso subterráneo que quién sabe a dónde lleve. La cosa es que esa ciudad es un constante trabajo en progreso.
Los padawanes nunca se habían subido al metro, así que, estando hospedados en el sur, decidimos mostrarles la experiencia de movilidad más chilanga. Caminamos unas cuadras hasta la estación de Barranca del Muerto y nos enfilamos hacia el Museo Nacional de Antropología e Historia. La onda de bajar escalón tras escalón hacia el subsuelo se les hizo emocionante cual expedición de Indiana Jones hacia el Templo de la Perdición. La dama capitalina fue amable: para su primer viaje les regaló una estación casi vacía. Abordaron el vagón con cara de emocionante aventura y yo recordé lo fácil que es mantener la ilusión cuando uno es niño…pero también recordé lo fácil que es destruirla, cuando nos informaron que la sala donde está expuesta la Piedra del Sol, motivo principal de la visita, estaba temporalmente cerrada. Sin embargo, Marcos, que es un experto en que la gente renazca de entre las cenizas, encontró la manera de que los padawanes recataran en el resto de las salas, las ilusiones perdidas. Francamente, Antropología se presta para la magia con esa fregonería de colecciones y ahora que los padawanes están en perfecta edad, pudieron sin problema alguna, entender el tesoro histórico que tenemos entre esas paredes.
La bella dama nos invitó a que recorriéramos su centro y, como la primera vez el traslado fue suave, nos trepamos en Chapultepec al metro rumbo a la Plaza de la Constitución. Ahí, nos dio una probadita de su desquiciado devenir y los padawanes pudieron probar el metro, como diría Germán Dehesa, op tu di moder de gente, o dicho en correcto español, hasta la madre. Padawan Solo quedó apachurrado entre los dos Masters Jedi y su carnal, hasta bajarnos en Pino Suárez, que también estaba como un hervidero de chapulines. Nos reímos como sólo los provincianos podemos hacerlo cuando no entendemos qué tienen en la cabeza los pobres capitalinos, viviendo con 78 personas por metro cuadrado moviéndose adentro de los intestinos de una serpiente loca.
El centro de la Ciudad de México es el molde que sirvió para vaciar cada ciudad medianamente grande de este país y muestra con orgullo que, como ella, no hay otra. Desde las Marías vendiendo artesanías, hasta los carros elegantísimos circulando por sus calles junto a los bici-taxis; pasando por la Dulcería de Celaya en la calle de Cinco de Mayo, donde hacen dulces desde 1874; hasta comer en el Bar La Ópera bajo el balazo que soltó Pancho Villa ya estando borracho.
La ciudad es majestuosa como el Palacio de Bellas Artes, glamorosa como el Ángel de la Independencia, fiel a sí misma como Coyoacán, sofisticada como las tiendas de Masaryk, inteligente como las almas que transitan en Ciudad Universitaria y benévola como para albergar a un par de cientos de ultra conservadores gritando aleluyas con unas bocinotas, justo al lado de un grupo del cual se desprendía el inconfundible olor a mariguana; mientras, en el otro extremo de su plancha, una abuela paseaba en carriola a dos chavitos idénticos al mismo paso de unos greñudos tatuados hasta de las orejas.
Yo, que quizá porque un día antes había tocado un pedazo de cielo académico y estaba bajando, me puse a pensar que no está mal aspirar a ser un día como esa ciudad en donde milagrosamente cabe todo en caótica armonía.
Los padawanes y nosotros sus padres, acabamos al mas puro estilo de la Vicerversa de Benedetti: jodidos, pero radiantes. Como debe ser la vida.
Este fin de semana la visité y todavía no la terminan, ni tienen para cuando. Si no es un puente a medias, es un edificio que no acaba de alcanzar el cielo, o un paso subterráneo que quién sabe a dónde lleve. La cosa es que esa ciudad es un constante trabajo en progreso.
Los padawanes nunca se habían subido al metro, así que, estando hospedados en el sur, decidimos mostrarles la experiencia de movilidad más chilanga. Caminamos unas cuadras hasta la estación de Barranca del Muerto y nos enfilamos hacia el Museo Nacional de Antropología e Historia. La onda de bajar escalón tras escalón hacia el subsuelo se les hizo emocionante cual expedición de Indiana Jones hacia el Templo de la Perdición. La dama capitalina fue amable: para su primer viaje les regaló una estación casi vacía. Abordaron el vagón con cara de emocionante aventura y yo recordé lo fácil que es mantener la ilusión cuando uno es niño…pero también recordé lo fácil que es destruirla, cuando nos informaron que la sala donde está expuesta la Piedra del Sol, motivo principal de la visita, estaba temporalmente cerrada. Sin embargo, Marcos, que es un experto en que la gente renazca de entre las cenizas, encontró la manera de que los padawanes recataran en el resto de las salas, las ilusiones perdidas. Francamente, Antropología se presta para la magia con esa fregonería de colecciones y ahora que los padawanes están en perfecta edad, pudieron sin problema alguna, entender el tesoro histórico que tenemos entre esas paredes.
La bella dama nos invitó a que recorriéramos su centro y, como la primera vez el traslado fue suave, nos trepamos en Chapultepec al metro rumbo a la Plaza de la Constitución. Ahí, nos dio una probadita de su desquiciado devenir y los padawanes pudieron probar el metro, como diría Germán Dehesa, op tu di moder de gente, o dicho en correcto español, hasta la madre. Padawan Solo quedó apachurrado entre los dos Masters Jedi y su carnal, hasta bajarnos en Pino Suárez, que también estaba como un hervidero de chapulines. Nos reímos como sólo los provincianos podemos hacerlo cuando no entendemos qué tienen en la cabeza los pobres capitalinos, viviendo con 78 personas por metro cuadrado moviéndose adentro de los intestinos de una serpiente loca.
El centro de la Ciudad de México es el molde que sirvió para vaciar cada ciudad medianamente grande de este país y muestra con orgullo que, como ella, no hay otra. Desde las Marías vendiendo artesanías, hasta los carros elegantísimos circulando por sus calles junto a los bici-taxis; pasando por la Dulcería de Celaya en la calle de Cinco de Mayo, donde hacen dulces desde 1874; hasta comer en el Bar La Ópera bajo el balazo que soltó Pancho Villa ya estando borracho.
La ciudad es majestuosa como el Palacio de Bellas Artes, glamorosa como el Ángel de la Independencia, fiel a sí misma como Coyoacán, sofisticada como las tiendas de Masaryk, inteligente como las almas que transitan en Ciudad Universitaria y benévola como para albergar a un par de cientos de ultra conservadores gritando aleluyas con unas bocinotas, justo al lado de un grupo del cual se desprendía el inconfundible olor a mariguana; mientras, en el otro extremo de su plancha, una abuela paseaba en carriola a dos chavitos idénticos al mismo paso de unos greñudos tatuados hasta de las orejas.
Yo, que quizá porque un día antes había tocado un pedazo de cielo académico y estaba bajando, me puse a pensar que no está mal aspirar a ser un día como esa ciudad en donde milagrosamente cabe todo en caótica armonía.
Los padawanes y nosotros sus padres, acabamos al mas puro estilo de la Vicerversa de Benedetti: jodidos, pero radiantes. Como debe ser la vida.

