Comes y te vas

Supongamos que un día de estos estamos en posibilidad de comunicarnos con extraterrestres. Sí, al principio podría ser con los tonos de la película Encuentros cercanos del tercer tipo (Steven Spielberg, 1975) o con los semicírculos lingüísticos tipo tinta de La llegada (Denis Villeneuve, 2016). Los alienígenas mandan señales de que quieren estar en contacto con los humanos, que esperan que haya una relación pacífica y cordial.
Luego conocen a nuestros líderes y deciden desinvitarnos.
Viene Nicolás Maduro a México. El horror. La comentocracia en pleno ha salido a condenar la invitación al venezolano a la ceremonia de cambio de poderes, al inicio oficial de la autodenominada cuarta transformación. También asistirán Evo Morales (Bolivia), Mike Pence (Estados Unidos), Kim Yong Nam (Corea) y Juan Carlos (España), entre otros. Quince jefes de Estado según el próximo secretario de Relaciones Exteriores, Marcelo Ebrard.
Pudiendo haber una discusión interesante, es común toparse con la bufonería y los insultos. Con el debate a su mínimo nivel, Kang y Kodos ya nos hubieran esclavizado.
Y sí, todo acto contra los derechos humanos, sean los de una persona o de una comunidad, en un país, deben ser denunciados, rechazados. Todos, incluso al interior, y mediante todos los canales posibles.
Uno de estos canales, hoy casi olvidado, es la vía diplomática.
La diplomacia es construir lenguajes comunes, dicen unos, aunque otros hablan de la necesidad de pragmatismo: entender códigos a favor del gobierno que representa, de sus paisanos, y facilitar trámites que de otro modo serían engorrosos.
Winston Churchill aseguró que el diplomático “es la persona que primero piensa dos veces y luego no dice nada”, aunque Kofi Annan lo contradijo: “Se puede hacer mucho con la diplomacia, pero desde luego se puede hacer mucho más si la diplomacia está respaldada por la imparcialidad y la fuerza”.
Diplomáticos fueron Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Alfonso Reyes, Federico Gamboa, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Rodolfo Usigli, José Rubén Romero, Gilberto Owen, Fernando del Paso y Sergio Pitol, por citar algunos. De los potosinos que han estado en esos viajes de negociación, resguardo y cultura en representación de México están Gonzalo Martínez Corbalá, Tomás Calvillo Unna y Carlos Jiménez Macías.
(Hay mucho que escribir sobre diplomacia y literatura. Es recomendable la obra Escritores diplomáticos olvidados, libro editado por la Secretaría de Relaciones Exteriores, aunque en el mismo haya muchos olvidados de entre los olvidados que pretende rescatar.)
Los pronunciamientos de los representantes de un país ante las injusticias y atrocidades cometidas en otro son necesarios. No intervenir ni amenazar, como acostumbran hacerlo nuestros primos del norte, sino dejar en claro que no estamos de acuerdo. Sean presidentes, senadores, cónsules o embajadores, la postura oficial debería ser firme y condenatoria, al margen de lo que se tenga que negociar y platicar.
Pero, ¡ay!, lo expresa bien la frase (que dicen que dijo Porfirio Díaz pero no la dijo sino que la dijo Nemesio García Naranjo): “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”.
En 2013, el entonces embajador de México ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU), causó conmoción al enunciar lo que mucho tiempo se había dicho en privado: México es considerado por Estados Unidos como su “patio trasero”. Y remató: “dejará de serlo hasta que no haya mexicanos que piensen que es necesario ‘tragar camote’”.
En tiempos recientes muchas veces México ha votado en asambleas internacionales y se ha manifestado según los dictados de Occidente, es decir, Estados Unidos. Creo que fue Rius quien dijo-dibujó en una de sus historietas que México debería ser cabeza de América Latina, y un personaje respondía que lo malo es que éramos cola de león gringo.
Y es que ha habido decisiones nada diplomáticas. A veces, de pena ajena.
Ahí está el “Comes y te vas” espetado por Vicente Fox a Fidel Castro; las nubes de humo pedidas por Felipe Calderón a los diplomáticos para calmar el temor internacional ante su guerra contra el narco o, más reciente, la invitación de la Presidencia a Donald Trump para que viniera a nuestro país cuando aún era candidato, a pesar de las rechiflas.
Si el gobierno de Maduro es ilegítimo —y como tal rechazado, según la hoy casi desconocida Doctrina Estrada—, debe manifestarse por la vía legal. Si hay protestas en la embajada venezolana deben garantizarse los derechos de los manifestantes, y asumir posturas críticas ante él y ante todos los países que comparten el globo.
Los venezolanos, como los hondureños, merecen ser apoyados, como ellos nos han apoyado tantas veces. Más allá de gobiernos o a pesar de ellos.
Dice la Doctrina Estrada:

“México no se pronuncia en el sentido de otorgar reconocimientos, porque considera que ésta es una práctica denigrante que, sobre herir la soberanía de otras naciones, coloca a éstas en el caso de que sus asuntos interiores puedan ser calificados en cualquier sentido por otros Gobiernos, quienes, de hecho, asumen una actitud de crítica al decidir, favorable o desfavorablemente, sobre la capacidad legal de regímenes extranjeros”.

Sí, los gobiernos y sus diplomáticos deberían representarnos a todos, no a sus intereses, aunque se ve lejano el día.
Digo, si llegan los alienígenas —posibilidad más cercana a la de tener gobiernos verdaderamente sensibles en los más de los países—, que no nos encuentren tan dados al catre.
Que si llegan y piden hablar con nuestro líder, no sea uno solo, ese, el que quiere el muro. Ni siquiera los del Grupo de Seguridad de la ONU.
Que haya polifonía, pues.
Y ojalá lleguen bailando ricachá.

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