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Contingencias

Por Yolanda Camacho Zapata

Agosto 25, 2026 03:00 a.m.

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      La palabra contingencia suele invocarse como un diagnóstico de lo intempestivo: la crisis que irrumpe, el desastre que exige contención, el quiebre de la normalidad. Desde la teoría política y la filosofía, pensadores como Niklas Luhmann o Richard Rorty han definido la contingencia como aquello que puede ser, pero que también puede no ser; la zona donde la necesidad se disuelve y da paso al riesgo. Sin embargo, en la gramática de la experiencia humana, la contingencia guarda una dimensión mucho más silenciosa y tenaz. No es solo el evento que aconteció y trastocó nuestros planes, sino la posibilidad de aquello que acechaba en el horizonte y jamás llegó a materializarse.

      Sospecho que, a menudo, las personas sufren -sufrimos- con mayor crudeza las contingencias no vividas que las que efectivamente atravesaron. Cuando el hecho ocurre, el dolor o la certeza encuentran su anclaje en la realidad: existen lugares, fechas, testigos y testimonios; la memoria tiene materia sobre la cual trabajar, sea para el duelo o para el regocijo. En cambio, cuando el suceso no ocurre, el vacío se convierte en el terreno fértil de la imaginación. «Esto pudo suceder aquí», «debí haber estado allá». Frente al hecho hay evidencia; frente al no-hecho no tenemos más que la nada. ¿Cómo se llora aquello que ni siquiera concluyó su arquitectura?

      En la literatura, las historias no vividas adquieren la fuerza de la gravitación. Wislawa Szymborska examinaba en su poesía la precisión del azar y los infinitos desvíos que nos salvan o nos privan de un destino; Jorge Luis Borges construyó en El jardín de senderos que se bifurcan la imagen de un tiempo no lineal, donde todas las posibilidades coexisten simultáneamente. Pero a diferencia de la ficción, donde los senderos paralelos enriquecen la trama, en la vida cotidiana el exceso de especulación nos arrastra a añorar las ideas más que los hechos. Lo virtual doliendo más que lo real.

      Caemos así en un bucle hecho de contingencia: una existencia en la que habitamos la vida presente sintiendo que pertenecemos a la versión que no fue. ¿Cómo se reconoce la permanencia en ese bucle cuando ni siquiera poseemos el control absoluto de sus engranajes? La ciencia política y la teoría de la decisión nos enseñan que la gobernanza sobre el futuro es una ilusión; la agencia humana es limitada y el entorno, volátil.

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      Pretender gobernar lo impredecible es una ingenuidad; vivir extraviados en la añoranza de lo que no fue, una condena autoinfligida. Si la libertad humana es tan acotada como nos advierte la historia, lo único que nos queda no es la espera pasiva, sino la lucidez. Reconocer el bucle, nombrar la pérdida de lo incorpóreo y entender de una vez que el destino no se lamenta en la imaginación: se encara en la contingencia de hoy.

      Envío: para Pati y Maylén, que me empujan a pensar estas cosas.