Del mercado

Fue el año de 1917 cuando resultó impuesto por Venustiano Carranza, primer jefe del Ejército Constitucionalista, el general Juan Barragán Rodríguez, jefe de su Estado Mayor. De Barragán mucho se han ocupado varios autores, locales y nacionales, lo mismo en el campo de la historia que en el de la literatura.
Su llegada a la gubernatura, aunque poco ortodoxa por fraudulenta, fue vista con simpatía por los potosinos, finalmente después de varios años de incertidumbre y zozobra generadas por los jefes revolucionarios en turno, el estado y por ende la capital, serían dirigidos por uno de ellos, un potosino que aunque nacido en Río Verde, se encontraba vinculado mediante lazos de sangre, con las familias que conformaban la vieja aristocracia colonial, decimonónica y porfiriana.
No fue necesario que transcurriera mucho tiempo, para percatarse que el gobernador pondría mayor esmero en el cuidado de sus intereses, que en los del Estado. Disculparán ustedes, amables lectores, que no refiera las tropelías cometidas por él y su camarilla, pero creo que a ningún secretario de estado le gustaría leer –si es que me llegara a leer– que su abuelo fue un auténtico pillo; menos cuando se trata del encargado de educarnos. Remito mejor, para que luego no digan que yo lo dije, a los interesados en el asunto, a la obra de Romana Falcón, Revolución y caciquismo en San Luis Potosí. Ahí los detalles.
Sin embargo, entre lo bueno que hizo Barragán, y aquí me apoyo en Nereo Rodríguez Barragán –su pariente–, estuvo el contratar un empréstito con el gobierno federal por la cantidad de $50,000.00 para el pago preferente de los servidores del Estado, y para cubrir las necesidades interiores de los establecimientos de beneficencia, pues el estado angustioso de la Hacienda pública y casi su general desorganización, lo obligaron a ello. A fines del año anterior, habían cesado de circular los billetes que se llamaban “bilimbiques”, emitidos por cada uno de los partidos, naturalmente sin ninguna garantía y sólo por la fuerza de las armas, habiendo comenzado a circular la antigua moneda de plata, y, sobre todo, la de oro en gran cantidad; todo esto con los consiguientes trastornos para el comercio y los particulares. En los últimos meses de la circulación del papel, no era tan alta el alza inmoderada de los precios como la dificultad que había para conseguir los artículos de primera necesidad, pues los comerciantes ocultaban a toda costa la mercancía, por estar convencidos del ningún valor del papel. El último que lanzó el gobierno constitucionalista y que dijo estaba garantizado a razón de veinte centavos por peso, fue el llamado “infalsificable”, impreso en la misma casa americana que imprimía los billetes de los bancos de emisión que hubo en el país durante el régimen porfirista.
Aprovecho la referencia que don Nereo hace de la compleja situación del abastecimiento, para entender la importancia de la construcción de un nuevo mercado, que vino a sumarse a los tres ya existentes en la ciudad: el Benito Juárez, el Camerino Mendoza (antes Porfirio Díaz), y el Cristóbal Colón. Así, en esos años, sobre los terrenos de un viejo espacio destinado a la práctica del juego conocido como rebote, en cuyos costados se instalaban vendedores de herramientas y fierros viejos, fue construido y puesto en funcionamiento el mercado Moctezuma, que subsiste hasta el día de hoy, conocido coloquialmente como de los Huaracheros, o Pípila.
Si bien, apenas son unos cuantos locales distribuidos sobre unas nueve manzanas, en su momento contribuyó a solucionar el problema de abastecimiento de los vecinos cercanos a la Corriente y de los barrios del norte de la ciudad. Su sencilla arquitectura lineal destaca, entre la variedad de eclécticas construcciones que lo rodean, por el ladrillo limpio de sus fachadas; angostos pasillos permiten atravesar los locales, en los que se comercializa ropa de todo tipo. Subsisten de antaño una o dos peluquerías de agachados, y muy pocos comercios de huaraches, que hace unos treinta años todavía eran mayoría, y que fueron los que dieron el pintoresco nombre al lugar.
Otro nombre heredado por la zona subsiste, aunque en otras latitudes, también hasta la fecha, sin que muchos conozcan su origen: El Rebote. Luego de la construcción del mercado Moctezuma, los vendedores de herramientas y fierros, ya referidos, fueron replegados al otro lado de la corriente, junto al mesón de San Miguel, sobre la calle del mismo nombre, hoy 16 de septiembre. Así mientras el viejo cuartel del 16 de septiembre, dio su nombre a la calle, los fierreros llevaron con ellos el nombre del viejo rebote; luego, al ser trasladados a las vías o a la línea, el nombre le fue heredado al tianguis dominical.
Importante sería que el casi secular mercado Moctezuma, Pípila, o de los Huaracheros, fuera rescatado del infame y colorido marasmo textil que hay a su rededor y fuera destinado a un espacio de arte, o conservando su vocación, de productos típicos potosinos. La paulatina apropiación del espacio público por parte de los comerciantes del entorno, no sólo ha generado una zona de barracas similar a la de la explanada Ponciano Arriaga en los años cincuenta, sino también ha vuelto el espacio intransitable y ha propiciado como en muchas otras zonas de la ciudad, la tala indiscriminada de frondosos laureles de la India plantados en jardineras, que hoy no son más que una extensión de los locales.

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Hacía alusión al mercado y a la invasión del espacio público, ya que hace no muchos días el alcalde de la capital señalaba que finalmente se habían liberado esos espacios de manos de la informalidad; no es así, los andadores colaterales que conforman las calles de Pípila Moctezuma y Quezada, siguen invadidos como desde hace años. Ciertamente es un problema heredado desde hace muchas administraciones municipales, pero por fortuna prometió regresar el orden a la ciudad. Esperemos que aquí también suene fuerte, como dice.
A propósito de mercados, no hay mucha diferencia con el ambiente político en San Luis Potosí, aunque también aquí hay niveles, no todos son verduleros porque otros son verduristas; aunque técnicamente es lo mismo, pero unos más fifíes que otros.
Si no, veamos: Gabino Morales, el súper delegado lópezobradorista fue exhibido como un energúmeno practicante de la violencia de género; sobre el tema, al ser cuestionado el presidente de la República, en su cercana visita a Cedral, dejó en claro que esas son cosas del partido. En otras palabras, lo único que lograron frente a López Obrador, que sabe de ataques de todo tipo, fue engrandecer y blindar al personaje en cuestión. Pésima la embestida con el fuego amigo.
Quién también fue apapachado y cuerpeado por AMLO, fue nuestro gobernador, y digo, es un buen chico, zonzo, pero de buena voluntad; y miren que le hacía falta, luego de la quemada –casi con guachicol– que se dio, al andar inaugurando hoteles salados. La rechifla que le brindaron los asistentes al mitin cedralense, fue capoteada hábilmente por el presidente quien lo señaló como gobernador amigo. Ya en el 2021 veremos los alcances de esa amistad.
El Mijis es quien nomás no de una; por pensar que en las grandes ciudades las cosas son como en nuestro pueblo, no alcanzó a tramitar en tiempo y momento su visa, para irse de mojado intelectual a Harvard. Aunque dicen las malas lenguas de las buenas gentes, que en realidad lo que generó la no otorgación de la visa, fueron sus guantanámicos antecedentes; creo que no hallaron mucha diferencia entre los de él y un talibán. Más le angustia no ir a Jarvar, que no asistir al Congreso potosino; por fortuna –para él– a nivel nacional lo tienen en buen concepto, no se han enterado que es un zángano farsante.
Dicen los que saben, y los que no, repiten, que hoy es sábado social, disfrútenlo, pero no se excedan.