Democracia natural
Damos por sentado que la democracia electoral es una especie de piedra inamovible en la estructura mexicana. Lo cierto es que estamos hablando de una práctica que, a la luz de la historia resulta todavía muy reciente.
La primera campaña electoral similar a lo que hoy conocemos fue la de Francisco I. Madero, es decir tiene poquito más de cien años; antes de eso, la normatividad nacional ordenaba ciertamente la elección de gobernantes, pero con un método complejo no directo, es decir, se elegía a ciertas personas para que éstas a su vez fuesen quienes tuviesen la representación de una determinada demarcación y que así se acabara eligiendo a quienes ocuparían el Poder Ejecutivo. El caso, por ejemplo, de Vicente Guerrero, es uno similar al que recientemente observamos con nuestros vecinos del norte, donde Hillary Clinton ganó el voto popular, pero Donald Trump tuvo el voto mayoritario del Colegio Electoral, por lo que Clinton quedó fuera de la oficina oval. Algo similar pasó en primera instancia a Guerrero, dado que, aunque contaba con una innegable popularidad entre la población, resultó derrotado frente a Manuel Gómez Pedraza. Sin embargo, el ganador ejerció el cargo por pocos meses dado que el Congreso lo desconoció y entonces se llamó a ocupar la presidencia a quien quedó en segundo lugar, Vicente Guerrero. Si no hubiese sido por las revueltas del momento y la oposición a Gómez Pedraza, Guerrero no hubiese sido presidente.
Ahora bien, tampoco el concepto de partido político es de antigua data, al contrario, todavía a inicios de 1900, se hablaba más bien de organizaciones políticas que no tenían una estructura formal establecida ni la estabilidad como para sobrevivir de una elección a otra, más bien se trataba de agrupaciones muchas veces constituidas para un proceso electoral o un candidato en particular, que desaparecían al obtener un resultado que podía ser o no favorecedor. Entonces, así como nacía el partido, así se moría.
A últimas fechas se escuchan discusiones que suenan alarmantes con respecto a la muerte de la democracia. Que la democracia puede morir, no me queda duda. Sin embargo, estas discusiones suelen ser deterministas y carentes de perspectiva histórica, dado que en muchas ocasiones estamos más bien frente a umbrales de metamorfosis que no necesariamente presagian muerte, sino cambio. Cambios complejos, pero que no necesariamente traen aparejadas actas de defunción. Lo que hoy vivimos no ha vivido por siempre, ni necesariamente vivirá inamovible por toda la eternidad. Al contrario, cada persona estudiosa de la sociedad sabe que lo único con lo que podemos confiar, es en el cambio permanente. No somos lo que éramos, ni seremos lo que hoy somos.
Creo que la democracia siempre peligra, pero sostengo que es más fuerte de lo que creemos. Así, solo falta un poco de perspectiva. El cambio democrático, por extraño que nos parezca, es natural.




