Democracia sin orden

“Tengo algo qué confesarles” -les dijo Loretela a sus papás. Preguntó llena de inquietud la madre: “¿De qué se trata?”. “Me apena mucho lo que voy a decirles -respondió la muchacha-, pos estoy embarazada”. “¡Cómo es posible! -se indignó el papá-. ¿De nada sirvieron nuestros desvelos y nuestros sacrificios? ¿De nada sirvió la formación que recibiste en el hogar? ¿De nada sirvió haberte enviado al colegio de monjas? ¿Todo para que digas ‘pos’ en vez de ‘pues’?”... En el curso de la fiesta que ofreció en su casa lord Feebledick notó que su esposa, lady Loosebloomers, no estaba atendiendo a los invitados. Fue a buscarla y la encontró en la alcoba en plena refocilación carnal con Sir Heinie Highrump, su más cercano amigo. Antes de que milord pudiera articular palabra lady Loosebloomers le impuso silencio: “Shhh. Está muy borracho. Cree que eres tú”... Aquel señor le comentó a su esposa: “Fui con el médico, y aparte de recetarme unas pastillas me dijo que no puedo fumar, que no puedo beber y que no puedo hacer el amor”. Preguntó la señora: “¿Cómo supo esto último?”... No faltará quien diga que estoy tan obsoleto como el funcionario que hace unos días propuso que el comunismo sea la doctrina oficial de este país, pero diré que me encanta ver de nuevo las viejas películas de vaqueros, aquéllas de John Wayne, Alan Ladd y Randolph Scott, y las que hicieron con el tema de los gangsters Edward G. Robinson, Humphrey Bogart, James Cagney y George Raft. Por esos filmes supe que en los pueblos del salvaje oeste, lo mismo que en Chicago o Nueva York,  había un gran respeto por los oficiales de la ley, ya fueran el sheriff o el comisario de policía. Si alguien privaba de la vida a un representante de la autoridad su seguro destino era la horca o la silla eléctrica. Ese respeto se ha perdido en el México de nuestros días. La gente -el pueblo bueno y sabio- agrede a los policías y militares; les dan de palos; les arrojan líquidos al rostro. Y los encargados de imponer la ley no pueden defenderse, pues los derechos humanos caen sobre ellos con energía que se usa más contra las víctimas que contra los victimarios. La represión es intolerable, no debe existir en un país demócrata, pero tampoco puede haber democracia sin orden, sin respeto a la ley, a las instituciones y a quienes las representan. El nuevo discurso político ha empoderado al pueblo, y eso está muy bien, pero ha debilitado el orden jurídico, y eso está muy mal. De la anarquía nada bueno puede derivar; del caos menos. Cumplido está por hoy mi deber de orientar a la República. Puedo entonces narrar otro lene chascarrillo antes de poner aquí la final palabra: FIN... El cura párroco del pueblo notó que las velas de los altares de la iglesia estaban desapareciendo misteriosamente. Llamó al sacristán, lo hizo arrodillarse en el confesonario y desde el otro lado de la rejilla le preguntó: “En sagrada confesión dime, Ciriolo: ¿quién se está robando las velas?”. “No oigo” -dijo el hombre. Repitió el cura en voz más alta: “¿Quién se está robando las velas?”. “No se oye nada nada” -volvió a decir el sacristán. “Mentiroso -se exasperó el párroco-. Yo te oigo a ti muy bien”.  “Pero de este lado no se oye -alegó el otro-. Si no me cree hagamos la prueba. Póngase usted aquí; yo ocuparé su sitio en el confesonario y desde ahí le hablaré. Verá que no me escucha”. Así lo hicieron. El sacerdote se arrodilló en el lugar del penitente y el sacristán se sentó en el del confesor. Desde ahí le preguntó al cura: “¿Quién va a mi casa a tirarse a mi señora mientras yo estoy aquí?”. Contestó al punto el párroco: “¡Mira! ¡De veras que en este lado no se escucha nada!”. FIN.