No puede ser más sintomático de la desesperación que acusan algunos personajes, ante el inminente triunfo de López Obrador en la elección presidencial, que seguir machacando con la especie de que hay que impedirlo a toda costa o sobrevendrá el caos. Se entiende que esa sea la postura de candidatos y dirigentes partidarios que nomás no ven cómo bajar la intención de voto por AMLO, pero llama la atención que otros insistan con tal vehemencia, incluso desde antes del primer debate. Uno de los más incisivos en esa cruzada es el historiador Francisco Martín Moreno, de quién ya antes habíamos advertido de su intensa como intencionada postura sobre esto, pero que, una vez más, volvió a la carga el mismo domingo pasado al señalar que es “la última oportunidad” (así se titula su artículo en “El Universal”, 23 de abril de 2018) de atajar la llegada de AMLO (sin mencionarlo por su nombre porque, evidentemente, ya parece una obsesión enfermiza) y, con él, de un proyecto de nación que, considera, sería un grave retroceso del que, difícilmente, se podrá salir quién sabe cuándo.
Hace dos semanas, en otro artículo titulado “la última llamada”, Moreno planteaba que “es momento de aprovechar el llamado del presidente Peña a la unidad nacional” (con motivo de la agresión del presidente gringo Donald Trump) para “que se convocara a los indecisos a votar por un cambio hacia adelante y no contrario al progreso”, advirtiendo que si Peña no se ponía las pilas para eso hasta “podría ser acusado también de la catástrofe que viene” (en “El Universal”, 8 de abril de 2018). Como a Peña “se le durmió el gallo” y no convocó a eso que pedía el historiador (no porque le faltaran ganas, sino porque ya sería el colmo que, abierta y descaradamente, llamara a votar en contra de AMLO, aunque tampoco se descarta eso por la desesperación que trae), éste se lanzo de nuevo la víspera del primer debate presidencial para insistir en lo mismo. Pero ahora el historiador de marras se voló la barda, al sugerir, así sea metafóricamente, que se trata de elegir un cazador que sea capaz no solamente de calmar la furia del tigre, sino, de preferencia, que pueda de una buena vez aniquilarlo.
De allí a plantear lo que considera “el mejor remedio” para resolver la indignación popular por tanto abuso cometido por los gobernantes que hemos padecido, no tiene Francisco Martin Moreno mucho trecho: “¡cárcel!, ¡cárcel!, ¡cárcel…!”. Represión y más represión, pues. Frente a esa postura más que conservadora, AMLO ha ofrecido buscar los mecanismos que sean necesarios para dotar de una paz social plena al país, partiendo del reconocimiento de las causas que originan la violencia, pero se ha tergiversado su planteamiento y en el primer debate presidencial no fue la excepción. Con todo, después de ese ejercicio, el tabasqueño sigue inamovible en la intención de voto y, por el contrario, el aún candidato oficial Meade parece confirmar que no puede ya dar más de sí. Por cierto, eso de aprovechar el tiempo para recordarnos (más de una vez) cómo se llama el candidato priísta parece muy sintomático de su desesperación por no “conectar” con una buena parte de la población (que tal vez, incluso, aún no sabe si se escribe de un modo su apellido y se pronuncia de otro); y es de sorprender que cuando aludió a López Obrador como presunto propietario de tres departamentos no exhibiera documentos o pancartas del mentado registro para probar su dicho.
Pero el problema más grave para los candidatos y partidos que aún pretenden alcanzar a López Obrador, es la división política de las élites que los dirigen y que se pudo apreciar en el propio primer debate presidencial cuando, después de dedicarse a echarle montón a AMLO, “inexplicablemente” Anaya y Meade sacaron a relucir sus muy personales cuitas y se enfrascaron en un intercambio de acusaciones que dice más de lo que se aparenta. Como lo plantea Ilán Semo: “En 2018, el pacto tácito (PRI-PAN) se rompió. Meade ha sido hasta ahora el verdugo principal de Anaya y éste de aquél. Las élites que gobernaron el país se dividieron (…) ¿Cuál fue la razón de esta división? ¿Un cálculo erróneo? ¿Un veto al poscalderonismo que representa el mismo Anaya, por más que Calderón ya se encuentre fuera de las filas del PAN?” (Periódico “La Jornada”, 21 de abril de 2018). No deja de ser paradójico que la “coalición política” PRI-PAN se dividiera en dos coaliciones electoreras (tal vez con el propósito de cerrar mejor la pinza) y eso les haya restado en lugar de sumar (políticamente hablando), por lo que no se descarta que vuelvan a cerrar filas, como le piden a Peña con urgencia y desesperación voces como las del historiador Francisco Martín Moreno; pero, como sugiere Semo: “¿no será demasiado tarde?” (ibid).
Hace dos semanas, en otro artículo titulado “la última llamada”, Moreno planteaba que “es momento de aprovechar el llamado del presidente Peña a la unidad nacional” (con motivo de la agresión del presidente gringo Donald Trump) para “que se convocara a los indecisos a votar por un cambio hacia adelante y no contrario al progreso”, advirtiendo que si Peña no se ponía las pilas para eso hasta “podría ser acusado también de la catástrofe que viene” (en “El Universal”, 8 de abril de 2018). Como a Peña “se le durmió el gallo” y no convocó a eso que pedía el historiador (no porque le faltaran ganas, sino porque ya sería el colmo que, abierta y descaradamente, llamara a votar en contra de AMLO, aunque tampoco se descarta eso por la desesperación que trae), éste se lanzo de nuevo la víspera del primer debate presidencial para insistir en lo mismo. Pero ahora el historiador de marras se voló la barda, al sugerir, así sea metafóricamente, que se trata de elegir un cazador que sea capaz no solamente de calmar la furia del tigre, sino, de preferencia, que pueda de una buena vez aniquilarlo.
De allí a plantear lo que considera “el mejor remedio” para resolver la indignación popular por tanto abuso cometido por los gobernantes que hemos padecido, no tiene Francisco Martin Moreno mucho trecho: “¡cárcel!, ¡cárcel!, ¡cárcel…!”. Represión y más represión, pues. Frente a esa postura más que conservadora, AMLO ha ofrecido buscar los mecanismos que sean necesarios para dotar de una paz social plena al país, partiendo del reconocimiento de las causas que originan la violencia, pero se ha tergiversado su planteamiento y en el primer debate presidencial no fue la excepción. Con todo, después de ese ejercicio, el tabasqueño sigue inamovible en la intención de voto y, por el contrario, el aún candidato oficial Meade parece confirmar que no puede ya dar más de sí. Por cierto, eso de aprovechar el tiempo para recordarnos (más de una vez) cómo se llama el candidato priísta parece muy sintomático de su desesperación por no “conectar” con una buena parte de la población (que tal vez, incluso, aún no sabe si se escribe de un modo su apellido y se pronuncia de otro); y es de sorprender que cuando aludió a López Obrador como presunto propietario de tres departamentos no exhibiera documentos o pancartas del mentado registro para probar su dicho.
Pero el problema más grave para los candidatos y partidos que aún pretenden alcanzar a López Obrador, es la división política de las élites que los dirigen y que se pudo apreciar en el propio primer debate presidencial cuando, después de dedicarse a echarle montón a AMLO, “inexplicablemente” Anaya y Meade sacaron a relucir sus muy personales cuitas y se enfrascaron en un intercambio de acusaciones que dice más de lo que se aparenta. Como lo plantea Ilán Semo: “En 2018, el pacto tácito (PRI-PAN) se rompió. Meade ha sido hasta ahora el verdugo principal de Anaya y éste de aquél. Las élites que gobernaron el país se dividieron (…) ¿Cuál fue la razón de esta división? ¿Un cálculo erróneo? ¿Un veto al poscalderonismo que representa el mismo Anaya, por más que Calderón ya se encuentre fuera de las filas del PAN?” (Periódico “La Jornada”, 21 de abril de 2018). No deja de ser paradójico que la “coalición política” PRI-PAN se dividiera en dos coaliciones electoreras (tal vez con el propósito de cerrar mejor la pinza) y eso les haya restado en lugar de sumar (políticamente hablando), por lo que no se descarta que vuelvan a cerrar filas, como le piden a Peña con urgencia y desesperación voces como las del historiador Francisco Martín Moreno; pero, como sugiere Semo: “¿no será demasiado tarde?” (ibid).

