Bueno, a estas alturas con tantos dramas que se registran en México y el mundo, continuamos aquí el desarrollo del interesante tema de la desigualdad que cada día parece adquirir una mayor relevancia. La semana pasada iniciamos este análisis un poco técnico pero sencillo y de actualidad.
La distancia entre pobres y ricos se resumía allí como resultado de procesos que se originan en lo disparejo del poder económico y político de grupos de la población a lo largo de la evolución histórica de un país. Varían así los niveles de ingreso o patrimonio, lo cual se mide con índices de distribución entre las capas sociales, que a su vez se expresan en las distintas caras de un verdadero drama de marginación.
Decíamos que, al revisar las raíces y características de estas caras de la pobreza, riqueza y desigualdad, destacaríamos “la polémica de forzar una disminución de la desigualdad, o atacar la pobreza a través de la creación de riqueza y empleos aunque en un inicio se eleve la desigualdad, como en China”. Hoy le seguimos con estos y otros subtemas.
En todo ello se tiende a discusiones más bien ideológicas, a simplificaciones de izquierda o de derecha, a posiciones justicieras que rayan en la ingenuidad y a resistencias de intereses que se verían afectados… Es así que conviene circunscribir con frialdad los esfuerzos de diagnósticos, comparaciones y acciones correctivas, a los elementos estadísticos y de mayor viabilidad.
La justicia y la igualdad han sido aspiraciones de origen o naturaleza religiosa, además de que no pocos países socialistas buscaron la utopía de “la igualdad” entre sus habitantes. En otras sociedades la pobreza representa una clientela electoral y sucumbe ante la populachera demagogia igualitaria como prioridad.
De hecho, ojo, los argumentos igualitarios les han resultado de utilidad a las opciones ganadoras en elecciones como las de Maduro en Venezuela, de Trump en Estados Unidos, del referéndum sobre el Brexit en el Reino Unido y de las consultas independentistas en Cataluña, al igual que en nuestras actuales campañas presidenciales. Los populismos de derecha e izquierda se nutren de esas inquietudes que son válidas, pero muy difíciles de evitar y revertir.
Los resentimientos sociales encuentran allí acomodo, aunque no soluciones igualitarias salvo en casos como los de Mao en China, el Khmer Rouge en Camboya o el chavismo en Venezuela con el crecimiento de la pobreza y la cantidad de pobres, a la vez que los ricos se hacen menos ricos y su total disminuye por distintas razones (muerte, emigración, empobrecimiento). Durante un tiempo, esta igualación sucede en torno a la miseria que aumenta.
Se ha dicho que, como los cuatro jinetes del Apocalipsis, los principales igualadores del ingreso de la población de un país han sido las guerras de gran alcance, las revoluciones comunistas, las pandemias y los colapsos de los Estados (Carlos Elizondo, quien cita a W. Scheidel, Excélsior, 30/III/2017). Esto es indeseable porque implica empobrecer a casi todos aunque pierdan más los ricos, y en cuanto los jinetes pasan la desigualdad reaparece.
Un economista que asesora al candidato López Obrador publicó —con anterioridad a los ya mencionados de Elizondo y Cordera— un trabajo que se titula ‘Desigualdad extrema en México’ (Gerardo Esquivel, Oxfam, 2015), el cual destaca los graves efectos de la concentración del poder económico y político, a la vez que propone con cierto optimismo una serie de estrategias para combatir la desigualdad.
Estas se relacionan con un auténtico Estado Social, una política fiscal progresiva, un gasto mejor focalizado, cambios en la política salarial y laboral, y el fortalecimiento de la transparencia y rendición de cuentas de los gobiernos. Suena bien, pero nada de eso ha sido fácil y así tenemos que forzar o utilizar muy diversas vías.
Lo que se requiere en México es un Estado más fuerte que intervenga con eficacia donde resulta indispensable al no haber una mejor alternativa de mercado; digamos, no a través de un monopolio petrolero como han pretendido Cuauhtémoc Cárdenas y Amlo ni con medidas ilusorias en contra de las odiadas élites. El culpable de la corrupción y la violencia no es el llamado “neoliberalismo”, como nos lo confirma el colapso de la Venezuela antiliberal.
Tender a una igualdad de oportunidades abre la posibilidad de evitar los desequilibrios más extremos, y esto se debe cimentar en la participación democrática y en políticas públicas de acceso a educación, salud y servicios básicos. Eso, para mí, sería una especie de igualdad esencial que me parece obligada y resulta viable como mínimo o punto de partida en las políticas que vengan al caso.
¿Es acaso fundamental la creación de condiciones para un crecimiento acelerado y sostenido de la economía que genere riqueza, empleos y salarios, a fin de abatir con efectividad la pobreza por diversas vías… más allá de las dádivas a partir de recursos de los ricos?
Con tantas tonterías en las campañas, estos temas alcanzan una mayor intensidad. Y vamos a continuar la próxima semana.
* EN LOS DEBATES QUE me ha tocado ver, lo que se confirma es que cada quien “ve ganar” a su favorito. Miren, no sólo los políticos pueden ser mañosos y mentirosos, sino también nosotros los que opinamos o somos encuestados. Creo que este último ejercicio a nivel presidencial no fue la excepción, aunque yo vi bastante bien a Anaya y el Bronco; muy mal a Amlo y Margarita. Bien a secas a Meade, pero…
El párrafo anterior fue publicado por este escribano en redes sociales antes de que acabara el evento de dos horas, y lo muestro ahora a ustedes aunque de entrada no cambien en mayor medida las preferencias en las encuestas.
Es grave que los feligreses de Amlo le aceptan hasta sus peores burradas (aunque sólo fueran estrategias), mientras que el ciudadano más capaz y experimentado allí no se deslindó de ningún modo de los horrores de corrupción e impunidad del sexenio de EPN… ¡Quién sabe si se lo autoricen para que trate de salvar su proyecto presidencial!
Cada quien su opinión, claro, además de que faltan dos debates y dos meses para lo que puedan servir, aunque Meade mostró que sabe desaprovechar oportunidades en cuanto a eso que tiene que hacer. Y, bueno, no olvidemos que en Estados Unidos la que tenía la capacidad y experiencia ganó los tres que se realizaron y, al final, perdió la Presidencia. Fue así que el espantoso triunfador en esa elección llegó a regarla en el poder.
cpgeneral@gmail.com
@cpgarcieral
La distancia entre pobres y ricos se resumía allí como resultado de procesos que se originan en lo disparejo del poder económico y político de grupos de la población a lo largo de la evolución histórica de un país. Varían así los niveles de ingreso o patrimonio, lo cual se mide con índices de distribución entre las capas sociales, que a su vez se expresan en las distintas caras de un verdadero drama de marginación.
Decíamos que, al revisar las raíces y características de estas caras de la pobreza, riqueza y desigualdad, destacaríamos “la polémica de forzar una disminución de la desigualdad, o atacar la pobreza a través de la creación de riqueza y empleos aunque en un inicio se eleve la desigualdad, como en China”. Hoy le seguimos con estos y otros subtemas.
En todo ello se tiende a discusiones más bien ideológicas, a simplificaciones de izquierda o de derecha, a posiciones justicieras que rayan en la ingenuidad y a resistencias de intereses que se verían afectados… Es así que conviene circunscribir con frialdad los esfuerzos de diagnósticos, comparaciones y acciones correctivas, a los elementos estadísticos y de mayor viabilidad.
La justicia y la igualdad han sido aspiraciones de origen o naturaleza religiosa, además de que no pocos países socialistas buscaron la utopía de “la igualdad” entre sus habitantes. En otras sociedades la pobreza representa una clientela electoral y sucumbe ante la populachera demagogia igualitaria como prioridad.
De hecho, ojo, los argumentos igualitarios les han resultado de utilidad a las opciones ganadoras en elecciones como las de Maduro en Venezuela, de Trump en Estados Unidos, del referéndum sobre el Brexit en el Reino Unido y de las consultas independentistas en Cataluña, al igual que en nuestras actuales campañas presidenciales. Los populismos de derecha e izquierda se nutren de esas inquietudes que son válidas, pero muy difíciles de evitar y revertir.
Los resentimientos sociales encuentran allí acomodo, aunque no soluciones igualitarias salvo en casos como los de Mao en China, el Khmer Rouge en Camboya o el chavismo en Venezuela con el crecimiento de la pobreza y la cantidad de pobres, a la vez que los ricos se hacen menos ricos y su total disminuye por distintas razones (muerte, emigración, empobrecimiento). Durante un tiempo, esta igualación sucede en torno a la miseria que aumenta.
Se ha dicho que, como los cuatro jinetes del Apocalipsis, los principales igualadores del ingreso de la población de un país han sido las guerras de gran alcance, las revoluciones comunistas, las pandemias y los colapsos de los Estados (Carlos Elizondo, quien cita a W. Scheidel, Excélsior, 30/III/2017). Esto es indeseable porque implica empobrecer a casi todos aunque pierdan más los ricos, y en cuanto los jinetes pasan la desigualdad reaparece.
Un economista que asesora al candidato López Obrador publicó —con anterioridad a los ya mencionados de Elizondo y Cordera— un trabajo que se titula ‘Desigualdad extrema en México’ (Gerardo Esquivel, Oxfam, 2015), el cual destaca los graves efectos de la concentración del poder económico y político, a la vez que propone con cierto optimismo una serie de estrategias para combatir la desigualdad.
Estas se relacionan con un auténtico Estado Social, una política fiscal progresiva, un gasto mejor focalizado, cambios en la política salarial y laboral, y el fortalecimiento de la transparencia y rendición de cuentas de los gobiernos. Suena bien, pero nada de eso ha sido fácil y así tenemos que forzar o utilizar muy diversas vías.
Lo que se requiere en México es un Estado más fuerte que intervenga con eficacia donde resulta indispensable al no haber una mejor alternativa de mercado; digamos, no a través de un monopolio petrolero como han pretendido Cuauhtémoc Cárdenas y Amlo ni con medidas ilusorias en contra de las odiadas élites. El culpable de la corrupción y la violencia no es el llamado “neoliberalismo”, como nos lo confirma el colapso de la Venezuela antiliberal.
Tender a una igualdad de oportunidades abre la posibilidad de evitar los desequilibrios más extremos, y esto se debe cimentar en la participación democrática y en políticas públicas de acceso a educación, salud y servicios básicos. Eso, para mí, sería una especie de igualdad esencial que me parece obligada y resulta viable como mínimo o punto de partida en las políticas que vengan al caso.
¿Es acaso fundamental la creación de condiciones para un crecimiento acelerado y sostenido de la economía que genere riqueza, empleos y salarios, a fin de abatir con efectividad la pobreza por diversas vías… más allá de las dádivas a partir de recursos de los ricos?
Con tantas tonterías en las campañas, estos temas alcanzan una mayor intensidad. Y vamos a continuar la próxima semana.
* EN LOS DEBATES QUE me ha tocado ver, lo que se confirma es que cada quien “ve ganar” a su favorito. Miren, no sólo los políticos pueden ser mañosos y mentirosos, sino también nosotros los que opinamos o somos encuestados. Creo que este último ejercicio a nivel presidencial no fue la excepción, aunque yo vi bastante bien a Anaya y el Bronco; muy mal a Amlo y Margarita. Bien a secas a Meade, pero…
El párrafo anterior fue publicado por este escribano en redes sociales antes de que acabara el evento de dos horas, y lo muestro ahora a ustedes aunque de entrada no cambien en mayor medida las preferencias en las encuestas.
Es grave que los feligreses de Amlo le aceptan hasta sus peores burradas (aunque sólo fueran estrategias), mientras que el ciudadano más capaz y experimentado allí no se deslindó de ningún modo de los horrores de corrupción e impunidad del sexenio de EPN… ¡Quién sabe si se lo autoricen para que trate de salvar su proyecto presidencial!
Cada quien su opinión, claro, además de que faltan dos debates y dos meses para lo que puedan servir, aunque Meade mostró que sabe desaprovechar oportunidades en cuanto a eso que tiene que hacer. Y, bueno, no olvidemos que en Estados Unidos la que tenía la capacidad y experiencia ganó los tres que se realizaron y, al final, perdió la Presidencia. Fue así que el espantoso triunfador en esa elección llegó a regarla en el poder.
cpgeneral@gmail.com
@cpgarcieral

