Despacio, gradual

Con la toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador, se concluye (en el caso de San Luis Potosí) todo el proceso de renovación de autoridades electas en los comicios del mes de julio. Es una ceremonia que vivimos cada tres o seis años. Los representantes populares dejan de ser candidatos y se convierten en gobernantes. Las promesas de campaña y las posiciones discursivas enfrentan ahora al reto de convertirse en realidades concretas que deben ser materializadas por medio de la combinación de distintos recursos: políticos, legales, financieros, materiales, humanos, administrativos, de conocimiento. Hasta el tiempo también es un recurso.
Hay quienes ven en los denominados “cambios de gobierno” a una posibilidad de transformación de la realidad social. Las campañas políticas han vendido eso, parte del mercado electoral también lo ha comprado. Para quienes tenemos algo de tiempo observando estas cosas, quizás compartimos una persectiva menos apostadora, es decir, años de historia nos han demostrado que las transformaciones institucionales no son repentinas, sino más bien pausadas, e implican largos procesos de cambio de las reglas del juego: las formales y las informales.
Para el cambio de las reglas del juego formal tenemos el trabajo de los poderes del estado, principalmente el legislativo y ejecutivo quienes por medio de un proceso político modifican el sistema de normas a través de las cuales funcionan los órganos de gobierno y los programas públicos. Estos cambios en las reglas formales dependen en gran medida, de que ocurran cambios en las reglas informales, es decir, las que determinan el comportamiento político de los actores.
Ahí la razón por la que no ocurren cambios espectaculares y repentinos. En cualquier ámbito: municipal, estatal, nacional; un nuevo gobierno se deja ver en el cambio de las formas, pero suele descuidarse (o deliberadamente no tocarse) el fondo. En el nombre del cambio, hay quienes aspiran a renovar moralmente al país, otros aspiran a renovar la pintura de las banquetas o cambiar la paleta de colores del palacio de gobierno. En cualquier caso, la idea es la misma: quien aspira a cambiar el orden político de raíz para mejorar la realidad social debe prestar atención a la conducta de las personas que son y hacen gobierno. El cambio de las reglas informales se relaciona más con el cambio de cultura que con las reformas de papel.
Quisiera traer a la memoria la similitud en las expectativas populares que causaron los triunfos electorales de Vicente Fox en México o de Barack Obama en Estados Unidos. La bandera del cambio ondeaba con energía en la esperanza de una población que mayoritariamente se encontraba harta de la forma en que se venían haciendo las cosas. Ambas campañas se condujeron con astucia; el carisma y el discurso encontraron un campo fértil en el ánimo de los electores. Luego llegaron años de gobierno en donde hubo algunos cambios de forma, pocos cambios de fondo. La razón de ello es que en ningún momento se transformó el núcleo de valores e intereses que hacen que las personas que gobiernan tomen decisiones diametralmente distintas y que éstas sean aceptadas por los grupos sociales que interactúan con el gobierno para que las cosas ocurran. La agenda del cambio se quedó corta ante la magnitud de las expectativas, no había recursos suficientes, quizás tampoco hubo voluntad transformadora. ¿Terminó la corrupción en México? ¿Hubo reforma migratoria integral (The Whole Enchilada) basada en el multiculturalismo y los derechos humanos?.
Las preguntas que a manera de ejemplo acabo de proponer se contestan de manera binaria: sí o no. Por salud emocional recomiendo observar (o esperar, o proponer) los cambios políticos por escalas, de manera gradual. No es buena idea pensar la política de forma binaria. La realidad no funciona así, el cambio tampoco.