Días de guardar(se)

Por más que uno quiera hablar de otras cosas, queridos lectores, es muy difícil abstraerse del único, el gran tema que está en boca y mente de todos sin parecer vacuo, superfluo. La crisis provocada por el Covid-19 nos absorbe, nos obsesiona, nos consume.

Lo que sí podemos es tratar de abordarlo desde perspectivas distintas, novedosas, para salirnos un poco de la espiral perversa de la negatividad en la que muchos están metidos. Si a estas alturas de la encerrona usted no está ya un poco harto de redes sociales, cadenas y grupos de WhatsApp es que su umbral de tolerancia es verdaderamente altísimo, rayando en lo sobrehumano.

Para muchos, estos son días que llaman a la reflexión, a la introspección. Dos de las grandes religiones monoteístas buscan en estas fechas sentido a la vida, a la fe, a sus valores fundacionales. Y para creyentes o no creyentes son tiempos de sembrar (en el hemisferio norte) o de cosechar (en el hemisferio sur). Es un punto en que la religión, las creencias, la naturaleza se encuentran consigo mismas en el círculo de la vida y la muerte.

En el caso mexicano, en que la Semana Santa es vista con una devoción que traspasa todas las fronteras religiosas porque es ya por tradición el segundo periodo vacacional más importante del año, estos días en que se supone debemos estar guardados son propicios para invitarnos a considerar la dimensión de lo que está sucediendo no solo en nuestro barrio, nuestra ciudad, nuestro país, sino en buena parte del mundo que se ha encerrado y en cómo saldrá de este encierro forzoso.

Yo no soy de los que creen que este es un fenómeno pasajero, transitorio. Me parece que la combinación de factores económicos, sociales y en primerísimo lugar de salud pública, harán que esta crisis del Covid-19 resulte tan disruptiva y transformadora como la suma de las dos grandes que le antecedieron: la de la fiebre española de 1918 y la del colapso del sistema financiero e inicio de la Gran Depresión en 1929.

Cuando algunos fantaseaban con una nueva versión de aquella teoría, fallida por cierto, del "fin de la historia" de Fukuyama, esta vez con una creciente prosperidad de países ricos e intermedios, avances sin límite visible de los mercados de valores y los avances tecnológicos y productivos del capitalismo moderno, nos vinimos a topar con un muro de dimensiones históricas: el de la fragilidad de todo aquello que dábamos por hecho.

Un virus novedoso, que al principio fue motivo de malas bromas, resultó ser capaz de paralizar literalmente a media humanidad. No hay país que pueda decir que ya libró sus peores efectos sanitarios, no hablemos siquiera de los económicos, y el modo de vida de centenares si no es que miles de millones de personas alrededor del mundo será radicalmente diferente a raíz de esta pandemia.

Cada quien mide y valora los cambios según le afectan en lo personal, en lo inmediato, pero cuando enfrentamos un terremoto económico y social de estas magnitudes conviene preguntarnos qué tanto nos va a cambiar a nosotros y/o qué tanto debemos ser nosotros los que cambiemos frente a la nueva realidad. Aquí entraremos a valorar no sólo lo económico sino todo un conjunto de valores y maneras de hacer las cosas que para muchos ya eran él estándar inamovible y que hoy se quiebran en mil pedazos frente a nuestros ojos.

Habrá quien prefiera seguir en las viejas y estériles batallas de siempre, con la ilusión de que las cosas volverán a ser como antes y que las mezquindades del momento redundarán en su ventaja cuando todo vuelva a la normalidad. Pero si resulta que el "antes" y la "normalidad" son ya solo espejismos del pasado y malas nostalgias, todos tendremos que repensar cómo queremos ser, de qué queremos estar hechos, hacia adelante.

Tenemos la tarea frente a nosotros, podemos hacerla o reprobar el curso, así que a darle.

Twitter: @gabrielguerrac