Umami. En estos primeros días del año aprendí una palabra nueva: umami. Me encanta aprender palabras nuevas, mucho más cuando son melódicas, como umami. Quisiera decirle, lectora, lector querido, que llevo una libreta de pastas de cuero color café envejecido, con mi nombre grabado, donde colecciono palabras nuevas que anoto hasta que de pronto algo se pierde y yo voy a mi libreta de palabras nuevas para que se conviertan en usadas. Pero no. No tengo ninguna libreta, ni corro a consultar nada, porque francamente tengo una memoria malísima y para las palabras, un caos devastador. Miles de veces, en cualquier conversación, acabo perdida buscando palabras que a veces, bondadosas, deciden aparecer, y yo sigo con mi plática. Otras veces me quedo minutos en silencio, bajo la mirada interrogante de mi interlocutor y yo revuelvo el cerebro buscando la maldita palabra precisa que nunca aparece y entonces corro al cajón mental de los sinónimos y salgo del paso.
Si hay algo en lo que creo, es en las palabras. Dogma de fe que, contrario a la usanza tradicional, tengo que cuestionar constantemente para mantener viva la creencia. Creo en la carga simbólica de las palabras, en su misteriosa maleabilidad. Delicadas como el cristal, destructora como los huracanes. Únicamente las palabras pueden hacer que una persona se transforme en cuestión de segundos en estatua de hielo o flama enardecida. Creo también en los puentes que se construyen con las palabras para unir a dos que en silencio permanecerían inevitablemente separados. Creo que las palabras dan sentido a las historias, moldean propósitos, hacen vida.
Hace poco leí un libro genial, Pensar México, de Mauran Soto Antraki. Es una colección de ensayos con un solo principio: en este país hemos encontrado la manera de difuminar el significado de las palabras hasta convertirlas en nada. Estiramos tanto el lenguaje, lo relativizamos de tal manera, que cualquier palabra pierde sentido. Pongamos un ejemplo: aplicamos “corrupto” para calificar a un político que hace uso del dinero público para obtener el voto de una persona; pero no aplicamos la misma palabra cuando damos una mordida al empleado de la ventanilla del ayuntamiento. Ahí, se llama “listo” porque logró “agilizar el trámite”. Sin darnos cuenta, cualquier palabra puede tener cualquier significado y así, las volvemos nada. Aterrador. Con palabras sin significado, no hay mensaje, sin mensaje no hay historias, no hay sentido, no hay nada.
Umami es un quinto sabor además de los tradicionales dulce, ácido, amargo y salado. El profesor japonés Kikunae Ikeda lo descubrió por primera vez en 1908 y le puso un nombre compuesto de dos palabras, umai, que significa “delicioso” y mi, que significa “sabor.” Sabor delicioso. Umami es el gustillo que encontramos cuando probamos una tenedorazo de arroz con salsa de soya, cuando damos el primer mordisco de unos hongos cocinados en su jugo con un poco de mantequilla, cuando tomamos una cucharada de sopa miso o damos una mordida a un jitomate. Ni dulce, ni saldo, ni amargo, ni ácido. Umami. La explicación científica del umami es la presencia de glutamato monosódico, pero sospecho que también tiene que ver con que hay sabores indeterminados en la vida que necesitan una palabra que defina lo indefinible.
Por diez años esta columna ha sido mi umami. Una década y todavía no encuentro la manera de describir que pasa por mi cabeza cuando escribo, qué siento cuando lo hago, que libero cuando publico. Umami puro.
Hoy estamos de aniversario. Usted, lectora, lector querido, forma parte de mi umami, y por ello no tengo más que agradecerle. Ha sido gratísimo encontrarme con usted cada martes en su casa, con el periódico impreso, a media mañana, cuando ya está harta de la oficina, o en la pantalla de cualquier dispositivo, cuando comparto la columna en Facebook. Debo un especial agradecimiento a Pablo y Miguel por prestarme un espacio de su periódico. A Jaime, Adriana y Armando por mantenerme con ellos; a las caras desconocidas, pero siempre atentas, que cada lunes reciben mi columna.
De alguna manera se debe de recuperar el sentido de las palabras y adjudicarles de nuevo el peso que tenían. De alguna forma debemos hacernos conscientes de su simbolismo, de su carga histórica y saborearlas con ese gusto indefinible pero incuestionablemente real. Ansío el umami de las palabras. Quizá por eso lo he buscado cada semana, por diez años. Todavía no me siento satisfecha.
Si hay algo en lo que creo, es en las palabras. Dogma de fe que, contrario a la usanza tradicional, tengo que cuestionar constantemente para mantener viva la creencia. Creo en la carga simbólica de las palabras, en su misteriosa maleabilidad. Delicadas como el cristal, destructora como los huracanes. Únicamente las palabras pueden hacer que una persona se transforme en cuestión de segundos en estatua de hielo o flama enardecida. Creo también en los puentes que se construyen con las palabras para unir a dos que en silencio permanecerían inevitablemente separados. Creo que las palabras dan sentido a las historias, moldean propósitos, hacen vida.
Hace poco leí un libro genial, Pensar México, de Mauran Soto Antraki. Es una colección de ensayos con un solo principio: en este país hemos encontrado la manera de difuminar el significado de las palabras hasta convertirlas en nada. Estiramos tanto el lenguaje, lo relativizamos de tal manera, que cualquier palabra pierde sentido. Pongamos un ejemplo: aplicamos “corrupto” para calificar a un político que hace uso del dinero público para obtener el voto de una persona; pero no aplicamos la misma palabra cuando damos una mordida al empleado de la ventanilla del ayuntamiento. Ahí, se llama “listo” porque logró “agilizar el trámite”. Sin darnos cuenta, cualquier palabra puede tener cualquier significado y así, las volvemos nada. Aterrador. Con palabras sin significado, no hay mensaje, sin mensaje no hay historias, no hay sentido, no hay nada.
Umami es un quinto sabor además de los tradicionales dulce, ácido, amargo y salado. El profesor japonés Kikunae Ikeda lo descubrió por primera vez en 1908 y le puso un nombre compuesto de dos palabras, umai, que significa “delicioso” y mi, que significa “sabor.” Sabor delicioso. Umami es el gustillo que encontramos cuando probamos una tenedorazo de arroz con salsa de soya, cuando damos el primer mordisco de unos hongos cocinados en su jugo con un poco de mantequilla, cuando tomamos una cucharada de sopa miso o damos una mordida a un jitomate. Ni dulce, ni saldo, ni amargo, ni ácido. Umami. La explicación científica del umami es la presencia de glutamato monosódico, pero sospecho que también tiene que ver con que hay sabores indeterminados en la vida que necesitan una palabra que defina lo indefinible.
Por diez años esta columna ha sido mi umami. Una década y todavía no encuentro la manera de describir que pasa por mi cabeza cuando escribo, qué siento cuando lo hago, que libero cuando publico. Umami puro.
Hoy estamos de aniversario. Usted, lectora, lector querido, forma parte de mi umami, y por ello no tengo más que agradecerle. Ha sido gratísimo encontrarme con usted cada martes en su casa, con el periódico impreso, a media mañana, cuando ya está harta de la oficina, o en la pantalla de cualquier dispositivo, cuando comparto la columna en Facebook. Debo un especial agradecimiento a Pablo y Miguel por prestarme un espacio de su periódico. A Jaime, Adriana y Armando por mantenerme con ellos; a las caras desconocidas, pero siempre atentas, que cada lunes reciben mi columna.
De alguna manera se debe de recuperar el sentido de las palabras y adjudicarles de nuevo el peso que tenían. De alguna forma debemos hacernos conscientes de su simbolismo, de su carga histórica y saborearlas con ese gusto indefinible pero incuestionablemente real. Ansío el umami de las palabras. Quizá por eso lo he buscado cada semana, por diez años. Todavía no me siento satisfecha.

