Ya sabemos que Trump lleva la conversación hacia donde quiere llevarla. Su discurso polariza y provoca conflicto, justo el territorio en el que mejor se mueve ese presidente. Estos días estamos viendo un claro ejemplo. Mediante una andanada de tuits, Trump ha estado diciendo a un grupo de cuatro jóvenes congresistas demócratas —que pertenecen a minorías distintas y quienes continuamente chocan con el establishment de su propio partido— que deberían “regresarse” a los países de donde vinieron en lugar de “decir a los estadounidenses cómo conducir su gobierno”. En otras palabras, las ha llamado extranjeras, cuando tres de ellas son nacidas en EU y sólo una es refugiada de Somalia, naturalizada estadounidense. Lo que termina pasando es una historia que ya conocemos.
Primero está la base dura de Trump, una base que se siente alienada, traicionada por las élites de Washington, motivada por casi cada una de las decisiones de Trump cuando amenaza a otros gobiernos, cuando impone aranceles, cuando critica a los presidentes anteriores por débiles e ineficaces, cuando se retira de acuerdos internacionales.
Luego, está otro sector de su base, los evangélicos, quienes han resultado muy beneficiados por decisiones de Trump como la designación de magistrados conservadores para la Suprema Corte de Justicia, o su embate en contra del aborto.
Por último, existe eso que muchos llamamos “el pequeño Trump” que una parte de la sociedad estadounidense lleva dentro. Un estudio reciente de Algara y Hale, halló altos niveles de resentimiento racial entre votantes blancos, incluidos demócratas. El estudio revela que mientras más se encuentra presente ese resentimiento, más probable es que esos demócratas voten por el partido republicano.
Trump busca tocar a ese tipo de audiencia-objetivo, entiende bien sus sentimientos, y sabe cómo hacer contacto con esos resentimientos raciales, con prejuicios y con miedos. Si dice que los estadounidenses naturalizados, o los hijos de inmigrantes son extranjeros y que deberían regresarse a sus países antes de ponerse a criticar al gobierno, hay muchas personas que coinciden con él, más de las que creemos.
Cuando Trump hace que la conversación se lleve a este lugar y consigue que ahí se mantenga, ocurren al menos dos repercusiones que tendrían que ser consideradas. La primera: su discurso le genera apoyo, incluso entre determinados sectores del partido demócrata. La segunda, mucho más grave: se fortalecen sesgos y prejuicios en la base de la “pirámide del odio” (ADL, 2019), que permiten que, en casos específicos, determinadas personas vayan ascendiendo peldaños o escalones en su radicalización. En otras palabras, se favorece un entorno que eventualmente facilita el que ciertos individuos cometan actos violentos. Es tiempo de aprender de estas lecciones y no permitir a ese personaje guiar los temas de conversación hacia donde quiere llevarlos.
Twitter: @maurimm
(Analista internacional)

