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El hueco

Por Yolanda Camacho Zapata

Septiembre 27, 2022 03:00 a.m.

A

No estoy muy segura de qué se nos rompió durante la pandemia, pero sospecho que fue algo que ni siquiera sabíamos que existía. Lo cierto es que ahora nada es lo mismo, aunque nos empeñemos en que así sea. Volver a lo que sea que hacíamos antes y de la manera que lo hacíamos antes se ha vuelto, en la misma medida, una obsesión-repulsión difícil de explicar. 

Yo no tuve pandemia, no en el sentido que el resto de la gente tuvo. Mi trabajo en esos años estaba ligado con temas de seguridad, rubro que debía seguir pandemia o no. Así, vi cómo la ciudad lentamente se fue vaciando, las calles se volvieron solitarias y los locales comerciales fueron cerrando. En ciertos lugares aquello parecía el escenario de una película coreana de zombis. Entonces hubo el silencio necesario para que se escucharan más fuertes las historias. Algunas, obviamente, comenzaron por el miedo. Nosotros, los invencibles, estábamos a la merced de un enemigo invisible, impredecible y desesperanzador. Vimos primero a través de la televisión o los frecuentes reportes en internet, gente que moría a causa del virus; luego, se volvieron conocidos, después amigos y finalmente familiares. Lo que parecía lejano, se volvió cercano. 

Pero igual que esas muertes, eso a lo todavía no ponemos nombre comenzó a agrietarse. Las historias de parejas aparentemente estables que con el obligado encierro se dieron cuenta que la relación no era lo que había sido. Niños que al principio entusiasmados por la novedad de las pantallas como medio para estar en la escuela, se convirtieron en seres taciturnos que ahora batallan cada mañana porque se les olvidó cómo convivir con seres de carne y hueso. Trabajos que eran de ocho-nueve horas se convirtieron en unos de doce-catorce, porque resultaba tentador quedarse conectado, enviar mensajes a toda hora, responder, aunque fuese de madrugada.  Por otro lado, resultó que no necesitábamos viajar tanto porque lo mismo podía lograrse en una junta por Zoom. Tampoco era tan importante estar en la oficina, donde para llegar había que contar una o dos horas de ida y otras tantas de vuelta en el tráfico. Hubo quien se sintió en su elemento sin tener que convivir con compañeros de trabajo, salvo lo estrictamente indispensable.  Pero están también los casos contrarios, los que encontraron oscuridad en la soledad impuesta y que ahora añoran el contacto, pero a la vez le temen.

Parece que aquello finalmente se comienza a alejar, pero quedan los estragos. Niños y niñas que están deprimidos, tratando de entender de que va esto de saber que somos vulnerables, que en casa las cosas no son perfectas, que papá o mamá o ambos no son inmaculados, que quizá se quedaron sin trabajo, que ahora no hay el mismo dinero de antes, que hay que lidiar con la gente en la escuela y que por más que queramos, a ninguno lo podemos apagar con un botón que diga Off.  

Muchas personas ya no quieren volver a las oficinas y algunas lo están logrando. Platicaba con un par de personas que desde diferentes espacios trabajan el área de Recursos Humanos para la iniciativa privada. Algunas empresas han implementado medidas poco usuales para atraer a los empleados: jueves de pizza, lunes de yoga, martes de descuento en empresas hermanas. Y aún así, está resultando difícil que se encuentre un balance que permita que el empleado trabaje de manera híbrida. Me han contado que algunos empleados y empleadas, concentrados en ciudades grandes, como Ciudad de México o Monterrey, durante la pandemia se fueron a otros estados, ya sea por tener allá familia o por bajar costos de vida. Encontraron que el dinero les rendía más en otros lugares; hubo quienes incluso vendieron sus casas para comprar otras más cómodas, más grandes. Ahora que las empresas les instruyen a volver a sus centros de trabajo original, ya no quieren. Hay también una práctica bautizada como “renuncia silenciosa”, donde no existe una renuncia como tal, pero se cumplen única y exclusivamente las obligaciones básicas del trabajo, sin que haya ya un compromiso con la institución patrona, ni mucho menos con su cultura organizacional. El debate ahora es qué tanto esta especie de abandono implica una falta de compromiso o es un sano marcaje de límites entre la vida personal y la privada. 

No sé en qué tipo de seres nos estamos convirtiendo después de la pandemia, pero sé que los que éramos hace dos años y medio se han quedado allá; quizá un poco como nosotros ahora, sin saber qué hacer, sin entender qué quedó, sin estar seguros de cómo seguir con lo que nos dejaron. Por lo pronto, nos hemos quedado todos mirando el hueco.