Familia y escuela Capítulo 148: Educación y espiritualidad
Hemos hablado ya en varias ocasiones de la necesidad de una educación integral, aquella que considera a este fenómeno como un proceso, no solo inscrito en el ámbito escolar, sino en todos los lugares en donde se convive y se interrelacionan los seres humanos, poniendo énfasis en las familias y sus hogares, medios de comunicación y redes sociales, grupos escolares y muchos espacios más.
Además, al considerar a este proceso como “integral”, se estaría en disposición de llevar a cabo enseñanzas y aprendizajes no solo de materias que estén formalizadas en programas de estudio, sino de otros elementos tanto o más valiosos que los primeros; me refiero a diferentes habilidades, valores, virtudes y actitudes que, de manera necesaria, colaboran en la formación para la vida.
Para lo anterior, es fundamental reconocer que toda persona es multidimensional; de hecho, existen múltiples formas y clasificaciones de la diversidad de elementos a tomar en cuenta para determinar lo integral del ser humano, aquellos que van desde aspectos sociales, cognitivos, afectivos, fisiológicos y una larga lista; de todos ellos, resaltaré las siguientes dimensiones: mental, socioemocional, física y espiritual.
Luego entonces, para educar integralmente tendríamos que atender a esas cuatro dimensiones y no solo a la primera; sin embargo, llama poderosamente la atención la última de ellas.
En un primer acercamiento, para muchas personas el escuchar el término: “educación espiritual”, les remite directamente a un proceso con fuerte contenido religioso, de hecho se ubica inmediatamente a planteles escolares de sostenimiento privado con esas características y orígenes.
Lo anterior, sobre todo a la luz de los postulados juaristas y de algunos puristas de las leyes y las ciencias exactas, que ha provocado ciertos prejuicios y nociones anticipadas de lo que de una educación con esa “etiqueta” se pudiera esperar.
Ante ello, creo que es buen momento para clarificar algunas ideas al respecto de lo que de una educación integral se pudiera esperar, partiendo del reconocimiento de todas las dimensiones del ser humano, incluida la espiritual.
Por espiritualidad se entiende a ese compromiso, adhesión, práctica y fomento de nuestro sistema de valores, creencias y actitudes ante la vida, en el tiempo y espacio en que nos tocó ser y estar; difícilmente se podría entender a una educación integral sin la influencia de dicho compromiso, el cual agrupa elementos éticos, culturales, morales, sociológicos, económicos y más, que dan sentido a la existencia de una persona en comunidad.
Podemos afirmar entonces, que la dimensión espiritual no es lo mismo que lo religioso, aunque hay quienes lo incluyen como parte de ella.
En todo caso, el relacionar a diferentes escuelas con orientación religiosa, las cuales, dicho sea de paso, muchas de ellas con un gran prestigio y sobre todo preferencia por diferentes padres de familia interesados en que sus hijos cursen en ellas su formación, incluso profesional, es precisamente por la orientación integral que ofrecen, incluida, claro está, la dimensión espiritual.
¿Es posible la educación espiritual en las escuelas públicas?
Más allá de que sea posible, es deseable; pero además, resulta impensable plantear una educación integral sin la dimensión espiritual, de hecho, querámoslo o no, siempre los sistemas de valores han estado presentes en cada familia, cada grupo escolar y cada espacio de interacción social, lo que ocurre es que no se le ha reconocido como parte importante de un proceso educativo.
Manifiesta la Organización Mundial de la Salud (OMS): “La dimensión espiritual es más amplia que la religiosa, nos define y nos une por encima de las creencias, nos hace reconocernos deseosos de trascendencia, buscadores de sentido (y) buscadores del bien…”.
Educar integralmente, incluyendo la dimensión espiritual, es y siempre ha sido uno de los fines últimos del proceso educativo.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx
no te pierdas estas noticias




