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Familia y escuela Capítulo 226: La distancia entre la autoestima sana y la autoestima baja, es de una sola palabra

Por Gustavo Ibarra Hurtado

Agosto 07, 2024 03:00 a.m.

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Parece ser que uno de los grandes espacios y áreas de oportunidad que la educación tradicional o, al menos, la educación que se centra en resultados objetivables, numéricos y reflejados en una calificación presenta, es el haber olvidado que los seres humanos estamos compuestos de diversos elementos, tanto o más importantes que los conocimientos teóricos que pudiéramos llegar a dominar.

La educación integral nos muestra que, al formar personas, se tiene la oportunidad de fomentar en ellas esos aspectos que dan pié a una situación de equilibrio en autoestima, con el desarrollo de habilidades valóricas, académicas, sociales, ecológicas y situacionales del contexto donde se habita, otorgando a su vez, la seguridad y confianza en nosotros mismos y en las acciones que reflejamos hacia los demás.

Hablar de autoestima es hacerlo del proceso que desde pequeños vamos desarrollando al conformar la personalidad y afirmar la percepción que tenemos de nosotros mismos; el cómo apreciamos nuestro carácter, rasgos físicos, habilidades, actitudes positivas y negativas; cualidades personales hacia el trato hacia los demás, hacia el desarrollo de actividades académicas, culturales, físicas y laborales.

Desde luego que cuando nos percibimos a nosotros mismos y tenemos una visión aparentemente clara de lo que somos, nuestros alcances y capacidades, tiene relación directa con la valoración que los demás han hecho de nosotros en las distintas situaciones y grupos sociales en donde nos hemos desenvuelto.

La infravaloración o la supravaloración que hagamos de nosotros, es decir, la baja o alta estima en la que nos posicionemos, está en buena medida provocada por “los otros”: la familia, maestros, compañeros de escuela y amigos, además de los parámetros que la misma sociedad establece en modas, costumbres, tipos físicos aceptados, lenguajes y formas de comunicación y todo lo anterior corroborado por un espejo, una selfie o una publicación de nuestras actividades en redes sociales.

Es tan dramático observar cómo se han establecido parámetros para que seamos aceptados por los demás y al mismo tiempo elevar nuestra estima, so pena de ser rechazados y etiquetados negativamente de forma peyorativa y marginal, con una exclusión social que deja por los suelos la estima que se tiene de uno mismo.

Dichos parámetros impuestos en nuestra sociedad consumista y materialista, van desde los de tipo económico, cultural, racial, de género y preferencia sexual, hasta los de apariencia física corporal, siendo estos últimos, los de mayor impacto en las personas y su estima; claro está que al ser “golpeados psicológicamente” desde pequeños al restregar en la cara de cada individuo su condición corporal, de estatura, de color de piel, de obesidad o delgadez extrema, la falta de atributos físicos masculinos y femeninos, la forma de vestir y de hablar y otras condiciones más, contribuyen a una generación de autoestima baja, traducida en complejos y falta de seguridad personal. 

Lo anterior ha generado una tendencia a pretender “mejorar” a toda costa y cumplir con todas esas exigencias sociales y es ahora que tenemos acciones de cirugías estéticas en donde se quita, se pone, se agranda o acorta el cuerpo humano; fotografías en redes sociales mostrando partes del cuerpo en posiciones sugerentemente eróticas, así como el demostrar que se está usando la ropa de marca, en el restaurante, la playa, el país o el lugar que impacte en los demás y que regrese a ellos en forma de “recarga de autoestima”.

No cabe duda de que, una de las situaciones urgentes y más importantes que toda educación integral recibida desde familias, escuelas y medios de comunicación deben de fomentar, es la de formar en cada individuo el logro y práctica de una autoestima sana.

Esta forma de autoestima es entendida como aquella que favorece el bienestar y el buen funcionamiento psicosocial de las personas, quienes se valoran de forma objetiva y realista, aceptándose tal y como son, generando con ello, sentimientos positivos hacia sí mismas, permitiendo reconocer sus fortalezas y limitaciones; consiste, además, en aceptarse y quererse, teniendo un sentimiento equilibrado de capacidad y valía personal, asumiendo el derecho a llevar una vida satisfactoria

Queda claro que la conformación de la autoestima tiene múltiples fuentes y orígenes; sin embargo, el rol que juega la educación integral entre ambas formas de autoestima es fundamental, puesto que bastaría una sola palabra para generar la autoestima sana o aquella caracterizada como baja.

Una sola palabra dicha a manera de burla o adjetivo que muestre desprecio sería suficiente para derrumbar la estima de cualquier persona, aumentado por quién la dice y el momento en que lo dice; padres de familia, maestros o amigos refiriéndose a hijos, alumnos o compañeros con sobrenombres ridículos o etiquetándolos con palabras como: “burro”, “idiota”, “estúpido”, “pendejo” y muchas otras más, serían la distancia que separa una estima baja de una equilibrada.

Por el contrario, una sola palabra de aliento, apoyo, impulso, motivación o estima, sería la medida que genere ese equilibrio emocional, antesala de una estima sana.

Quienes tenemos hijos o alumnos, quienes nos dedicamos a comunicar o simplemente quienes tenemos interacción social con grupos de amigos, laborales o cualquier grupo en donde interactuemos con otros, debemos estar conscientes que enseñamos y fomentamos la estima de los demás, con tan solo una palabra.

Comentarios: gibarra@uaslp.mx