Familia y escuela Capítulo 264: ¿Educar seres humanos o programar máquinas?
La educación, tal como la conocemos, bien sea formal en escuelas y centros académicos de los diferentes niveles o, espontánea y no formal, llevada a cabo en hogares y sus familias, redes sociales y los diferentes medios de comunicación, tal pareciera que está dirigida de manera determinada hacia seres humanos; sin embargo, creo que se está perdiendo mucho de esta esencia.
Cuando nos referimos a humanos, inevitablemente tenemos que el hablar de esta condición nos lleva a entender que cada persona no está conformada solamente de materia y neuronas, sino que es algo mucho más complejo que incluye una serie de dimensiones que lo integran.
Dichas dimensiones van desde la cognitiva, pasando por aspectos físicos, psicológicos, sociales, emocionales, intelectuales, espirituales y éticos; debido a esta combinación de factores es que la educación integral debiera tomar en cuenta, no solo la cantidad de conocimientos acumulados, sino las diferentes partes que se ponen en juego para llevar a cabo un proceso formativo.
El ser humano es falible y perfectible, puesto que, al ejecutar todas sus acciones, incluidas las que contemplan el aprender y el utilizar todos los conocimientos adquiridos, no solo las razona, sino que intervienen, además, un conjunto de características, sentimientos, emociones, habilidades innatas, reacciones espontáneas; influencias culturales y elementos espirituales que hacen de la persona y de su proceso educativo todo un desafío.
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Por su parte, el programar una máquina, tiene como principal característica la perfección de sus procesos; el asegurar que todas las acciones ejecutadas sean y estén fríamente calculadas para que se desarrollen siempre de la misma forma, en todo tiempo, espacio y circunstancia; si no ocurre así, es decir, si la máquina o alguna de sus piezas funciona erróneamente, se modifica o definitivamente se cambia y se desecha por una de mejor calidad.
Programar una computadora, un refrigerador, un semáforo vial, una alarma para cierre o apertura de puertas de una vivienda, un horno y todos los artefactos y aparatos que de manera tecnológica y mecánica básica han sido construidos, hasta los más sofisticados, obedece a un proceso en el cual el patrón y el algoritmo mediante el cual fueron diseñados es infalible e infatigable.
De manera paulatina, este desarrollo científico, los adelantos de la tecnología, la automatización no solo de los procesos mecánicos, sino también de todos los procesos sociales, ha traído consigo que el educar a los seres humanos se asemeje cada vez más a una programación mecánica; a grado tal que ya hasta las acciones más elementales como el sumar o restar, no está conferido a la mente del individuo y en lugar de ello, está ya disponible una calculadora fría e infalible.
Se espera que los alumnos, como reflejo de su aprendizaje, respondan a una evaluación de la misma manera, con el mismo método, en el tiempo definido y con los mismos resultados, caso contrario, como una pieza defectuosa de una máquina, son desechados y eliminados del proceso.
Estos hijos o alumnos son formados como si fueran objetos, aparatos o artefactos; rara vez se les escucha, pero se les pide que actúen todos de la misma manera y que sigan fielmente todas las instrucciones, reglas y mandatos sin chistar y mucho menos preguntar el ¿para qué? de lo ordenado; son educados mecánicamente para que aprendan todo lo que en su hogar y sociedad se exige y todo lo que en una escuela y salón de clases se les obligue a memorizar y dominar.
El mecanizar la educación implica el privilegiar solamente la dimensión cognitiva rígida y las habilidades técnicas, así como otras características que, de manera “fría”, puedan ser medibles y expresadas numéricamente, para corroborar, cual artefacto, que cumple con las funciones para lo que fue creado.
Educar humanos, por el contrario, implica entender que, a lo largo de todo proceso formativo, cada persona tiene sus propias y distintivas características, niveles de comprensión a ritmos muy distintos y formas de apropiación e interpretación de los fenómenos de manera subjetiva; aunado a formas culturales, espirituales y familiares muy particulares, las cuales distan mucho de tener resultados parecidos a una maquinaria.
Los padres de familia se encuentran formateados en la misma dirección, recibiendo el peso social de cómo debe actuar, cual maquinaria perfecta, un “buen padre o madre de familia”, no obstante que durante su juventud hayan tenido diferentes errores y desaciertos; existe “borrón y cuenta nueva”, porque a partir del momento que asumen su rol paterno, comienza de nueva cuenta la maquinaria.
Para el caso de muchos docentes, tal parece que están programados para cumplir mecánicamente únicamente con vaciar técnica y profesionalmente en la mente de sus alumnos, los contenidos de planes y programas de estudios en los tiempos y periodos establecidos, incluso, visto así, desde el imaginario social.
Padres de familia y docentes, como seres humanos, también están integrados por todas las dimensiones que se manifiestan, intencionalmente o no; los primeros, en todos los momentos de interacción hacia el interior de sus hogares y para los maestros, con el simple hecho de pararse frente a su grupo, en la forma que se dirigen a sus pupilos y en todas las acciones que desarrollan.
La educación no es programar una máquina, es definitivamente humana y tal parece que lo estamos olvidando.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx




