Familia y escuela Capítulo 268: ¿En dónde están los 72? ¿Qué se ha hecho por ellos?
De manera natural, en educación, suele ser premiado y destacado en cuadros de honor, además de ser difundido y publicado como factores educativos importantes, todos los casos de éxito, bien sea macrosociales, como son la creación de programas de apoyo con becas, creación de universidades y centros educativos que engrosan la oferta para el ingreso y continuación de estudios superiores.
De igual forma, en el terreno micro social, las familias resaltan el que alguno de sus hijos culmine alguna carrera profesional, bien sea agradeciendo en ceremonias religiosas, realizando festejos, premiando con viajes u otorgando algunos incentivos económicos o materiales como carros, celulares y otros; todo ello difundiéndolo, para el orgullo familiar, en diarios y hasta en las distintas redes sociales, para que todos se enteren del logro obtenido.
Como se ha visto, el que alguien culmine esta etapa educativa superior, es digno de asombro, orgullo y, sobre todo, de reconocimiento al esfuerzo invertido por instituciones, familias y los propios alumnos; sin embargo, no todos pueden festejar esos logros, dado que, por distintas circunstancias, no han podido culminar la etapa de terminar o graduarse de un nivel profesional.
De acuerdo con un estudio publicado en 2024: “De cada 100 niños que inician la primaria en el país, solo 28 consiguen egresar de la educación superior, lo que implica que 72 se quedan en el camino”
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¿En dónde están los 72? ¿Qué se ha hecho por ellos?
Con los datos anteriores queda claro que el éxito predestinado, las promesas y apuestas de que la educación es la llave y el motor que impulsa a un país y el bienestar de su población, queda rebasado, aún con todo y los esfuerzos de autoridades, padres de familia y los propios alumnos que luchan por culminar; sin embargo, paulatinamente fueron engrosando las filas del rezago y la deserción, teniendo que abandonar su trayecto académico.
Dicho abandono va mucho más allá que una mera cifra estadística, significa, “nada más”, la modificación del plan de vida que cada persona configura para su futuro; aquellos que se miraban como médicos, maestros, abogados, ingenieros y muchas otras profesiones, pero que ahora tienen que redirigir sus actividades y habilidades hacia labores que no estaban en su imaginario y que de cierta manera les exige una recreación de sus objetivos personales.
Desde luego que esta situación es un golpe muy duro, porque conlleva diferentes grados de frustración, desencanto y hasta una reducción de su estima, así como la aplicación de un alto grado de resiliencia, la cual opera ante la necesidad de crear y “aterrizar” nuevos proyectos y rutas de vida que deben apropiarse y validarse como necesarios y, sobre todo, que se aprecien como opciones reales y con probabilidad de éxito.
No resulta sencillo el quedar fuera del trayecto formativo con el que se soñaba y se habían preparado mentalmente como un futuro con el cual se sentirían bien, motivados y realizando labores en la actividad con la que estaban armonizados; y ahora, elegir, en muchas ocasiones por necesidad familiar, económica y de sobrevivencia, otra enteramente diferente, pero que solvente sus necesidades.
Es una realidad por la que se ha hecho poco, en muchas ocasiones infravalorándolos y etiquetándolos de incapaces, inútiles, fracasados, “Ninis” y demás adjetivos denigrantes, sin siquiera llegar a saber a ciencia cierta el caso específico de cada rezago; además, en su trayecto educativo se ven acosados ante la situación de que por el hecho de no aprobar una sola materia, aunque sea por una décima de calificación, se pierde todo el plan de estudios, es decir, se expulsa y se detiene su vida académica por “un solo error”, aunque en el resto se vaya aprobando.
Ya en algunos niveles educativos y en diferentes sistemas o planteles, se ha implementado de manera planificada, cursos de recuperación y opciones para que se reponga el proceso que no fue acreditado positivamente, para no perder todo lo demás.
En otros casos, desde la secundaria y el bachillerato se les capacita en alguna actividad productiva, de forma tal que, si no logran insertarse en alguna opción de formación profesional, tengan bases para ingresar en la vida productiva con la educación para el trabajo recibida en esos niveles.
En el mejor de los casos, algunos de los abandonados por el sistema oficial, buscan ser emprendedores con el comercio de toda serie de mercancías y alimentos, aceptan empleos informales, se capacitan para desempeñar un oficio o actividad mediante tutoriales en internet o con cursos muy cortos que se ofrecen por redes sociales; se adaptan al trabajo ofrecido mediante las grandes empresas de transporte administradas por plataformas virtuales o se adhieren a los programas gubernamentales de empleo y apoyos de diversa índole.
En el lado negativo tenemos a aquellos que “mordieron el anzuelo” y ante las promesas del dinero fácil y los lujos desmedidos sin el mayor esfuerzo, optaron por engrosar las filas de la corrupción y de las actividades ilícitas y desde adolescentes se convierten en “halcones” o distribuidores de sustancias en las escuelas de nivel secundaria o participando ya de lleno en acciones al margen de la ley.
El preguntar: ¿En dónde están los 72? ¿Qué se ha hecho por ellos? no son cuestiones triviales ni mucho menos preguntas retóricas y sin sentido; son planteadas para evidenciar que la educación y la formación que reciben nuestros niños y jóvenes está dejando en el olvido a una gran porción de esa población; pero, además, esa atención integral que se reclama para ellos no es solamente responsabilidad de las instituciones escolares, sino de todas aquellas en las que se tiene interacción social, comenzando por la familia.
Comentarios: gibarra@uaslp.mx



