Feminismo y diversidad

En muchas ocasiones y para muchas personas es necesario, al hablar de una causa como el feminismo, tener en cuenta sus orígenes.
No soy experta del tema y mi opinión tiene que ver como mi pertenencia a este género y con mi experiencia.
Declaro que soy una partidaria natural de las mujeres pero más bien defiendo la causa humana. Nunca me ha hecho sentir cómoda saberme parte de todo aquello que tenga la terminación ismo (suf. Componente de palabra que, unido a sustantivos, indica doctrina, partido, sistema dadaísmo; socialismo; anarquismo), quizá por sus nexos con la terminación itis (inflamación).
Aún así reconozco la lucha que las mujeres como género han tenido que llevar a cabo para llegar a ser reconocidas, no sólo en la dimensión individual, sino para todas las que pertenecemos a esa clase. Pues son bien conocidas las condiciones en las que las mujeres han soportado desde tiempos remotos sólo por el hecho de pertenecer al grupo de quienes tenemos menos fuerza. Siendo esto y solo en algunas ocasiones, simplemente fuerza muscular o fuerza bruta sin afán agredir al género masculino.
El primer documento colectivo del feminismo norteamericano lo constituye la denominada Declaración de Seneca Falls , aprobada el 19 de julio de 1848 en una capilla metodista de esa localidad del estado de Nueva York. En este documento se expresa por primera vez lo que se podría denominar una “filosofía feminista de la historia”. Una filosofía que denunciaba las vejaciones que a lo largo de la historia había sufrido la mujer.
Toda la historia de este movimiento está ampliamente documentada por autores de ambos géneros y no es necesario recalcar aquí, las penurias y martirios experimentados por tantas de nuestro género.
Lo cierto es que el mundo si bien puede no ser otro, ya no es el mismo cuando la analogía entre los esclavos sin derechos y las mujeres era evidente.
Vivimos tiempos en los que es casi impensable que las condiciones sociales, económicas y laborales de cualquier ser humano se condicionen de acuerdo al género. Quiero pensar que como especie y en términos muy generales, nos estamos acercando cada vez más al reconocimiento de las mujeres como seres humanos más que como iguales al hombre aunque ambas cosas no pueden separarse.
Sólo quiero dejar a la reflexión que la diversidad es parte de la riqueza de este planeta y que ambos géneros aportamos una visión del mundo y de la experiencia de vida muy diferente, precisamente emanada de nuestra condición de hombres o mujeres y ahora también, con todas las vertientes genéricas que surgen con total libertad en diferentes puntos del planeta.
No venimos a este mundo a clasificarnos pero sí quizá sólo a diferenciarnos y vivir de acuerdo a nuestras diferencias. En nuestro caso -y no para la mayoría- nos define esa diferencia y aquellas que son madres que trabajan deben poder hacerlo sin que la maternidad –por ejemplo- sea algo incómodo para los empleadores.
Sin embargo aún estamos en ese proceso, intentando ganar los espacios que se nos han negado por nuestra condición femenina. Aún muchas mujeres reciben sueldo menores a sus homólogos hombres y muchas son marginadas a trabajos que van desde la incomodidad hasta lo infrahumano. Y ni hablar del tráfico de mujeres para la prostitución y venta.
Hay mucho por hacer y desde esta columna presento mi admiración y mi respeto a todas aquellas mujeres que han hecho posible que hoy podamos, votar, trabajar fuera de casa, usar pantalones, vestir con libertad sin temor a un asalto de tipo sexual y tanto y tanto logro.
Solo les pido que no desviemos el tema y que esto sea una causa humana y no una guerra más que se da no tan sólo entre hombres, sino de hombres contra mujeres.