Gato blanco, gato rosa

Les voy a contar una anécdota que me contó mi amiga cuyo nombre no será mencionado, ya que de hacerlo, las aguas de la Media Luna podrían abrirse bíblicamente, podría llover en el Altiplano y acabaría el universo tal y como lo conocemos.
Resulta que mi cuatacha, era –sigue siendo- una niñita inquieta como pocas y canija como la fregada, pero también lista desde siempre y con el carácter fuerte. Lo suficientemente fuerte para que rozando los seis-siete años, su papá la dejara encargada de la tienda que tenían. Así mi amiga, la del nombre que no será mencionado, despachaba con singular destreza. Yo me la imagino así como a la Tucita en los Tres Huastecos: de esas que se hacen respetar sin importarles un comino que no pasen el metro de estatura.
Total, que mi amiga, agusadilla desde chiquilla, tenía en esa época una gata que parió un montón de gatitos muy blanquitos y bonitos los canijos. Una tarde que atendía la tienda, uno de los gatitos se coló con ella y mientras atendía, otro chavito de la colonia se percató de la presencia del felino, y, como todo niño, preguntó que por qué había ahí un gato. Mi amiga le dijo que aquello era una tienda y que el gatito estaba a la venta. No sólo eso, allá, en su casa, tenía gatitos de todos los colores. Por supuesto que el chamaco puso cara escéptica, pero le preguntó cuánto costaban los gatos de colores. Ella, así improvisando, fue recitando precios: los gatos azules cinco pesos, los vedes siete, los rosa diez. Entonces el chamaquito le dijo que quería un gato rosa. Ella levantó el pedido, le dijo que por supuesto y le indicó que volviera mañana a la misma hora.
Llegando a su casa, en friega se puso a pensar y consiguió algún tipo de colorante vegetal, agarró a uno de los gatitos y ¡zaz! En un santiamén, ¡un gato rosa y otro cliente satisfecho!
La historia de los gatitos de colores me recordó todas aquellas veces que uno se cree lo que sea que le ofrezcan, aun cuando desafíe la lógica más elemental. Las ganas de creer que algo o alguien será lo que esperamos son mucho más poderosas que saber conscientemente que no hay gatos rosas. Y aun así, hay veces que apostamos y hasta pagamos por conseguir al gato rosa de los sueños. Ilusos que somos…
Recuerdo a una pareja de conocidos. La chica era buena persona, pero a todas luces se veían que ella y el hombre con el que salía no tenían nada que ver. Él, un buen tipo, tenía sus cosas, que, claramente, no empataban con las de ella. Si a uno le gustaba el campo, a otro la ciudad. Si uno era hogareño, el otro era fiestero. Si uno era mañanero, el otro animal nocturno. Sus gustos eran completamente dispares y quizá llevados por aquello de que polos opuestos se atraen, continuaban juntos. Cuando anunciaron su boda, era claro que aquello era cuestión de meses para que la relación tronara. Una cosa es verse frecuentemente, y otra despertar con el bulto a lado cada día. Hubo varios amigos por ambos lados que les advirtieron con brutal honestidad, que ambos estaban por cometer un error garrafal. Gritos y sombrerazos después, hubo incluso invitaciones a la boda que fueron retiradas. Sin embargo, no tardó mucho en demostrarse que efectivamente, la convivencia cotidiana hacía insostenible que ambos siguieran juntos. Se divorciaron en menos de un años. Ambos pensaron que habían comprado un gato rosa.
La vorágine electoral también puede hacer desear tener un gato rosa. Sin embargo, uno es lo que es, por mucho que se pongan en remojo con anilina. Voy a mantener eso en mente de aquí a que el INE cierre el proceso electoral. Gato blanco es gato blanco y no existen los gatos rosas… por más que uno quiera.