Ideología kitsch

Hablar aclara las ideas, escuchar o leer lo permiten mucho mejor. Me estoy quedando en un limbo verbal, en un rincón en el que soy un observador de un mundo que no quiero tocar porque temo acercarme a él. Un mundo en el que veo ríos de gente opinando sobre lo que sienten es el advenimiento del derrumbe de un mundo como solían conocerlo.
Las opiniones merecen ser expresadas y quizá muchas de ellas atendidas. Siempre hay un interés que las motiva y las crea. A mí me ha dado por evadir mi propia opinión; y las de los demás dejo que se escurran en mis oídos justo antes de entrar en mi sistema auditivo. Así reduzco el temor; así reduzco el poder de las mareas que chocan en este desierto mexicano, árido de honestidad y claridad.
Estamos desesperados y hambrientos; unos por no perder lo mucho o lo poco; otros por el poder o porque ya no hay más pérdida que agregar a sus vidas. Es una lucha de supervivencia meramente material. Como si de dejar de respirar estuviéramos hablando. Unos temen perder la empresa y los contratos para sus fraccionamientos. Otros temen por su vida o por no tener cómo pagar el transporte público de regreso del segundo turno en la fábrica. Y todo es válido. Pero tenemos que aspirar a otro nivel como seres humanos. Estamos reducidos. Nadie habla del espíritu, nadie habla de aquello que nos diferencia de otras especies animales. Se respira miedo y desconfianza en nosotros mismos.
Hemos igualado a los animales y no por lo certero de su instinto sino por su papel en la cadena alimenticia. Nos hemos convertido en el tiburón o en la orca que depreda quizá con una furia que siempre nos ha parecido brutal. Ahora compartimos la brutalidad de las especies más fuertes pero sin su inteligencia innata que los lleva al camuflaje o al destino inevitable en manos de aquél que lo vence en las ramas de un árbol en las profundidades del océano.
Vivimos para “parecer”. Aparecer, aparentar y estar en un escaparate de “buena vida” es la filosofía que impera. Publicamos frases diseñadas, slogans prefabricados para levantar el ánimo y la autoestima y creemos que publicándolo en “nuestro muro” o en una lista de contactos, nos dará un pase hacia lo que entendemos como felicidad. Pero seguimos con hábitos mentales y físicos que poco ayudan a la trascendencia interna. La que solemos llamar alma o espíritu.
Acabo de leer que “hemos creado una sociedad kitsch en la que los grupos de intereses avanzan, los demagogos avanzan y también los temas que tienen que ver con la identidad. Y en este proceso, lo que estamos perdiendo son las nociones fundamentales*.” Lo absurdo es que lo kitch es una valor al que muchos aspiran.
Ser o producir una cultura kitsch puede ser un distintivo del que ciertos individuos se enorgullezcan. Yo aprendí que lo kitch era falso. Aquí en internet dice que es la “estética pretenciosa, cursi y de mal gusto o pasada de moda” o bien, “al kitsch se le supone una degradación de lo artístico que procura interpretaciones fáciles” Ahí estamos: viviendo en un mundo con una interpretación fácil, ligera. Una visión o interpretación apresurada del entorno y su potencial.
Pudiera pensarse que el grueso de la sociedades contemporáneas, ésas en donde hoy “convivimos” nos fastidiamos de aquello que pudiera ser culto o elevado. Aquello que engrandece cada espíritu. Quizá porque nuestros sistemas de gobierno olvidaron cómo encaminar a nuestros pueblos a través de una educación de calidad. Quizá porque por siglos hemos sido nutridos de pan y circo y nos hemos convertido en el consumidor perfecto de estos dos bienes. Creemos que el precio de la tortilla o la pensión a los ninis nos darán la estabilidad que deseamos. Yo creo que sin alimento espiritual, ni el circo, ni el pan, ni el metrobus, ni el garrafón regalado, tampoco ganar una licitación, nos evitará explotar como olla de presión en unos años más.
Yo no sé qué debe hacerse. No sé cuál es la fórmula. No creo que pueda provenir de forma unilateral. Estamos en un mundo hiperconectado y esto requiere también acuerdos globales, entendiendo el bienestar común en sus raíces más profundas. Mientras tanto podemos hacer nuestra tarea, de forma interna, evadiendo el modelo imperante.

*Entrevista con Rob Riemen: Letras Libres.
“Vivimos en el imperio de la estupidez”