La calle
La cita fue a las diez treinta de la mañana de este domingo trece de noviembre, antes de escribir esta columna. En medio de la Calzada de Guadalupe encontré muchas caras conocidas, pero también muchas con quien por primera vez cruce mirada.
Yo no sé si éramos muchos o pocos; siempre he pensado que esos conceptos son relativos y que más allá de las cifras, lo que importa es lo que une las voces, los brazos, los pasos, los ánimos.
Hace treinta años que tuve la oportunidad de participar con una mínima aportación para la construcción de la democracia en México: fui asesor jurídico del primer consejo electoral que en México fue presidido por un ciudadano, Don Luis García Julián, un hombre de una pieza que, sin conocerme, me invitó a participar de aquella aventura.
Antes de mil novecientos noventa y dos, el Instituto Federal Electoral ya tenía participación de ciudadanos en su Consejo General; sin embargo, aun era presidido por el Secretario de Gobernación y es hasta ese año que el gobernador Teófilo Torres Corzo envió la iniciativa al Congreso del Estado, que aprobó sin reticencias, que un ciudadano presidiera al órgano electoral, con lo que San Luis Potosí se convirtió en pionero.
Tiempos complejos de la política potosina, nuevos actores nacionales que por primera vez participaron en un proceso local, como el Partido del Trabajo, el Verde Ecologista de México, el del Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional, el de la Revolución Democrática, al lado de tradicionales partidos como el Popular Socialista, el Auténtico de la Revolución Mexicana, el Revolucionario Institucional y el Acción Nacional, además de un partido local, Nava Partido Político.
Muchas emociones, muchas pasiones, aguerridos representantes pero siempre, SIEMPRE, mucho respeto. No recuerdo que en algún momento se escuchara algún insulto, alguna denostación, alguna agresión de los partidos con los ciudadanos que participaban en el Consejo y viceversa.
Por eso, por haber sido parte de aquel instante de la historia de la democracia en México, por creer firmemente que el fascismo galopante del señor López debe tener un freno, por estar convencido que la ausencia de ciudadanía ha alejado a nuestras sociedades de su armónico camino en pos de los fines y bienes comunes y por afirmar de frente y a la cara que la calle no es monopolio de nadie sino del pueblo, de las voces soberanas de quienes conformamos a esta gran nación, más allá de quienes se creen depositarios de la verdad única y absoluta, es por lo que Mine mi esposa y yo decidimos salir a la calle a unirnos a la marcha para defender al Instituto Nacional Electoral.
Hay un antes y un después de aquel año de mil novecientos noventa y dos. Quienes tuvimos la oportunidad de conocer ambas partes de la historia, sabemos que lo que propone López es un retroceso que México no merece.
Debemos decir NO a los intentos de violentar la autonomía del órgano electoral; NO a la idea absurda de que los magistrados electorales obedezcan a elecciones donde los partidos políticos metan la maño e hinquen el colmillo; NO al intento de privar al pueblo de México de ser representado por diputados electos de manera directa y sustituirlos por legisladores asignados por fórmulas estatales fácilmente manipulables; NO al control gubernamental del árbitro electoral.
López padece una especie de cronofobia, un temor irracional al paso del tiempo. Tal vez por eso se niega a que México avance, crezca; tal vez por eso trata a toda costa de regresarnos al pasado, al México sesentero del poder absoluto y de las voces acalladas desde la autoridad, al precio de lo que se; al tiempo de la docilidad plena de todos los funcionarios públicos y, por supuesto, al control pleno de los procesos electorales.
Por eso la salida a las calles de muchas voces discordantes con el burdo tono presidencial en su fascista intento de mandar sobre almas y conciencias de todos los mexicanos deja testimonio de que, en México, aún hay esperanza.
@jchessal
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