La fiesta electoral

Estamos en un momento en la historia nacional de enormes reflexiones y contrastes de ideas. Lo curioso, por decir lo menos, es que deberíamos estar en la plena celebración de una fiesta democrática y, sin embargo, ésa no es la sensación. Sí sabemos que habrá elecciones en julio, pero es por la diarreica forma de bombardearnos con información superficial.
Tenemos un panorama en que lo que priva es una lucha fratricida entre los distintos grupos de poder político que, tradicionalmente, se reparten los puestos de elección popular y de manejo administrativo. Además, hoy en día, los cambios de afiliación y de propuesta política son tan numerosos y frecuentes que ya no sabemos cómo distinguir unos de otros.
Ya no privan los valores, tradiciones e ideología de los distintos partidos políticos. Hoy simplemente han adoptado una filosofía maquiavélica de pretender lograr el triunfo electoral a cualquier costo. Con dignísimas excepciones, al revisar la lista de plurinominales nos damos cuenta de que no importa reclutar como parte de las fórmulas electorales a conocidos infractores de la ley, reciclados de la política, personas sin mérito técnico alguno, líderes obsoletos de otras épocas, u otros tipos de individuos que no logran siquiera pasar la prueba de la mínima calidad para aparecer en una boleta.
Lo más increíble es lo que no hemos visto. Los problemas torales del país como la inseguridad, la inequidad, la impunidad y la corrupción no parecen merecer un trato frontal entre los candidatos, más allá de usarse como combustible para descalificarse unos a otros. No hemos escuchado el plan, el programa y las acciones que nos expliquen cómo van a llegar a los resultados deseados. Aquí no vemos orientación alguna sobre lo que piensan, pues su foco es ver cómo taclear al contrario y no cómo distinguirse de los demás.
Así estamos ahora y la ciudadanía tiene que ejercer mayor presión para evitar la inercia apuntada. Debemos exigir propuestas de fondo, debates con verdadero intercambio, explicaciones contundentes de acciones, y revisión de lo que los partidos realmente tienen en sus candidatos, filas e intenciones. Si ellos no están dispuestos a cruzar la línea de la seriedad ni a estudiar el fondo de las cosas, nosotros debemos exigir que lo hagan.
El gran enemigo a vencer es la apatía y por lo mismo el abstencionismo. El entusiasmo de participar en la vida democrática debe ser permanente. Debe ser la constante diaria.
En el proceso de definiciones, la balanza la inclinarán las mujeres y los jóvenes. El candidato que lo entienda llevará una ventaja estratégica.