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La malvada burocracia

Por Marco Iván Vargas Cuéllar

Diciembre 16, 2021 03:00 a.m.

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Es completamente normal, previsible y justificable que en el discurso público la burocracia goce de tan mala reputación. El empleo del término para referirse de manera crítica a la exageración en las normas y procedimientos, al ritualismo, la falta de iniciativa y el desperdicio de recursos públicos no es invención nueva. Hace un poco más de un siglo, el sociólogo Robert Michels advirtió sobre la formación de un aparato que concentraba el poder dentro de la organización del partido socialdemócrata alemán. Rosa Luxemburgo acusó a Vladímir Ilich Uliánov -Lenin- de ahogar la espontaneidad revolucionaria de la clase obrera con una férrea organización burocrática del partido. Trotski también criticó la formación de una oligarquía dentro del partido comunista bolchevique, que disfrutaba de privilegios por encima de la sociedad socialista.

Desde que Gaetano Mosca -por ahí de 1896- advirtió que en toda formación social surge una clase superior que detenta el poder político y/o económico -al que se le puede llamar aristocracia o élite-, se tiene claro que estos grupos no establecen dominio de forma espontánea y duradera si no es a través de una estructura que permite que los fines se materialicen a través de los medios. Treinta años después, otro sociólogo alemán -Max Weber- sostuvo que todo poder político se manifiesta y funciona a través de un aparato administrativo. Intentando hacer de lado las acepciones del término que se relacionan con la disfuncionalidad y la antidemocraticidad, la burocracia tendría que ser vista más como un fenómeno administrativo, como un medio por el que se manifiesta el poder político y como un a herramienta por la que se consiguen los fines públicos.

El problema vino cuando el poder político sucumbió ante la tentación de convertir a la burocracia en un fin en sí mismo. Cuando la necesidad de desarrollar la formalidad y la organización de los medios de la administración, cayeron en la exageración de la autoreferencia. Dejaron de importar las personas y también las leyes. El sistema trabajó para consolidarse y prevalecer, hasta llegar a un punto de entropía y colapso. Los aparatos están ahí, pero no funcionan. Se establecieron códigos que privilegiaron la narrativa grandilocuente del incrementalismo, el orgullo por el gasto, la adulación de las formas, el culto por el poder. 

La malvada burocracia fue combatida por el malvado neoliberalismo que formuló críticas sobre los fines y los medios del estado. ¿Es responsabilidad del estado ser propietario de compañías públicas que se encarguen de la producción y distribución de determinados bienes y servicios, o debe ser más bien un regulador de las fuerzas naturales de la sociedad -como se asume es el mercado- que puede encargarse de tan compleja labor?. Mientras eso se discutía entre la década de los años 80 y 90 del siglo pasado, se emprendieron reformas que redujeron significativamente el tamaño del aparato estatal. Es sencillo entender que un gobierno puede ser lento, torpe y caro por culpa de la burocracia. Pero es simplón y corto de miras asumir que la tijera neoliberal va a resolver el problema de la disfuncionalidad de la administración. Un gobierno no es bueno o malo por lo que cuesta o lo que gasta, sino por lo que logra de manera sustantiva con los medios disponibles.

Si nos ponemos serios, debemos atender este asunto con estricta objetividad. Las organizaciones públicas requieren de estructuras profesionalizadas, eficaces y solventes que tengan la capacidad de transformar los recursos –legislación, tiempo, dinero, personas, conocimiento- en bienes y servicios que produzcan valor público. Esto no se logra con vehemencia política, sino con acciones sustantivas.

Es por ello que hay que mirar con cierto escepticismo a quienes centran su discurso en la idea de que la burocracia debe reducirse -con tijera neoliberal- pero que omiten -o peor aún, desconocen- asumir compromisos y estrategias para mejorar el desempeño de los aparatos administrativos que hacen posibles los fines públicos. Como arenga política es comprensible, como idea de gobierno, inaceptable.

Twitter. @marcoivanvargas