Mirador
Se llama lluvia, pero debería llamarse lluvio.
El agua del cielo acaricia a la tierra como a amante que se abre mansamente para ser fecundada y tener fruto.
Estoy mirando ahora ese llover. Desciende suave, lento, y con la misma lentitud y suavidad penetra en la mujer-tierra, en la tierra-mujer. De ella brotará la hierba para los animales y el pan para la gente. El arroyo recordará la canción que había olvidado; se llenarán las tinajas de piedra donde se bañan las muchachas. Nadie se acerca nunca a verlas, pues el másculo que lo haga corre el riesgo de ser emasculado, según uso de siglos en la antigua hacienda.
Salgo a la lluvia y me mojo al mismo tiempo ropa, cuerpo y alma. ¡Hace tantos meses no llovía! Desde el portal me reprocha don Abundio: “Licenciado: ¡a su edad haciendo pendejadas! Se va usted a enfermar”. Le respondo: “Me enfermaré si le cuenta esto a mis hijos”. Dice: “No he visto nada”. Y se arranca un pelo del bigote para significar que es hombre y que cumplirá lo dicho.
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Entro en la casa, limpio por fuera y por dentro. Estoy recién bautizado.
¡Hasta mañana!...




