Mirador

¿Recuerdas, Terry, amado perro mío, cuando viste la luna por 

primera vez?

Eras un cachorrillo de apenas unos días de nacido. Con paso vacilante fuiste tras de mí al jardín aquella noche. Brillaba la luna llena, esplendorosa. Alzaste la cabecita al cielo y lanzaste un pequeño aullido que de seguro la luna no escuchó.

Yo sí lo oí y -perdona- me dieron ganas de reír. ¡Tan perro niño y tan perro lobo! No reí, sin embargo. Alcancé a entender que en ese aullido tuyo estaban todos tus antepasados, tus instintos atávicos, tu naturaleza. Es decir tu vida. La vida.

Tú llegaste a la mía y saliste de ella antes de que saliera yo. 

En el lugar en donde estés espérame. 

Si estás en la nada, ahí espérame. 

Si en el Todo estás espérame con Él. 

¡Hasta mañana!...