Me describo como una mujer de pies fríos y manos heladas. De cabeza alborotada y melena sin control. Pero las descripciones pueden y no decir quién soy porque la mayoría del tiempo uno está muy distante de contener en palabras lo que la personalidad, el nombre, la profesión o la ocupación, intentan decir de cada persona.
Somos un envoltorio de átomos y células cuyos electrones en movimiento dirigen nuestros pasos y nuestras decisiones. Somos un conjunto de espacios vacíos, de pequeñas nadas acumuladas que en conjunto forman una estructura ósea, unos rasgos faciales, una estatura, una complexión y una masa ósea. Por lo que definir quiénes somos, resulta un laberinto interesante para el que tenga tiempo y humor para recorrerlo y descifrarlo.
A pesar de ello, cada día detenemos el tiempo, el instante, la hora que vivimos para encaminar lo que no queremos llamar destino, pero que vive latente en cada ser humano. Diario al despertar, descubrimos que estamos vivos sin mayor reflexión que el bostezo y el enjuague bucal. Enjabonamos el cuerpo, cortamos las uñas, maquillamos nuestra cara y perfumamos nuestro cuerpo disponiendo el personaje que asumiremos cada día como elemento sustancial de una partitura cotidiana que reproduce la tonada de nuestros días.
Salimos a la calle vestidos de nosotros mismos, con una seguridad auténtica o prefabricada según la ocasión y procuramos desenvolvernos de acuerdo al perfil y la descripción que dicho “puesto” nos exige. Vamos por la vida dando discursos disfrazados de charlas de café. Alimentamos conversaciones con tinte de opinión pero que en realidad forman parte de una política personal o de la de un grupo que hemos asumido o se nos ha signado. Miramos la muerte de reojo cuando ésta se nos acerca a través de los amigos de nuestros amigos; de la abuela de los mismos o de personajes públicos que acaparan las ocho columnas y los encabezados de los noticiarios. Consumimos palabrería impresa en papel, textos publicados en esa virtualidad que tiende al infinito en un fondo de pantalla blanco como de sala de cine.
Al atardecer cuando la energía ha llegado a la cima y la cafeína ha sido drenada, algunos miramos cómo baja el sol, el cambio de color en el cielo y en las nubes y por momentos, extendemos un índice imaginario que desea tocar el infinito, desdibujado en ese paisaje celestial. El sonido del claxon ajeno nos devuelve a la realidad y volvemos a transitar en auto o a pie atendiendo a los timbres del móvil, ignorando la extensa realidad que se despliega ante nuestros ojos.
Al subir al autobús de regreso a casa, muchos encuentran la ocasión para dormitar o para desarrollar un diálogo interno que reproduce las últimas horas o la totalidad de nuestra jornada. Otros lo hacen mientras conducen o cuando empujan el carrito del supermercado en una hora poco habitual para hacer las compras.
Ahí o bajo la ducha, quizá podamos constatar si existe o no una mujer de melena alborotada o de manos heladas. Si hay un abogado dentro, o un ser humano que un día prefiere la nieve de limón y otros detesta el helado de cualquier sabor. Quizá las manos frías y la cabeza revoloteando de un tema a otro, sea lo único que persiste en ese ser humano con el que nos identificamos. Quizá mañana o en unas horas, estaré en total desacuerdo con todo lo que he escrito aquí el día de hoy.
Somos un envoltorio de átomos y células cuyos electrones en movimiento dirigen nuestros pasos y nuestras decisiones. Somos un conjunto de espacios vacíos, de pequeñas nadas acumuladas que en conjunto forman una estructura ósea, unos rasgos faciales, una estatura, una complexión y una masa ósea. Por lo que definir quiénes somos, resulta un laberinto interesante para el que tenga tiempo y humor para recorrerlo y descifrarlo.
A pesar de ello, cada día detenemos el tiempo, el instante, la hora que vivimos para encaminar lo que no queremos llamar destino, pero que vive latente en cada ser humano. Diario al despertar, descubrimos que estamos vivos sin mayor reflexión que el bostezo y el enjuague bucal. Enjabonamos el cuerpo, cortamos las uñas, maquillamos nuestra cara y perfumamos nuestro cuerpo disponiendo el personaje que asumiremos cada día como elemento sustancial de una partitura cotidiana que reproduce la tonada de nuestros días.
Salimos a la calle vestidos de nosotros mismos, con una seguridad auténtica o prefabricada según la ocasión y procuramos desenvolvernos de acuerdo al perfil y la descripción que dicho “puesto” nos exige. Vamos por la vida dando discursos disfrazados de charlas de café. Alimentamos conversaciones con tinte de opinión pero que en realidad forman parte de una política personal o de la de un grupo que hemos asumido o se nos ha signado. Miramos la muerte de reojo cuando ésta se nos acerca a través de los amigos de nuestros amigos; de la abuela de los mismos o de personajes públicos que acaparan las ocho columnas y los encabezados de los noticiarios. Consumimos palabrería impresa en papel, textos publicados en esa virtualidad que tiende al infinito en un fondo de pantalla blanco como de sala de cine.
Al atardecer cuando la energía ha llegado a la cima y la cafeína ha sido drenada, algunos miramos cómo baja el sol, el cambio de color en el cielo y en las nubes y por momentos, extendemos un índice imaginario que desea tocar el infinito, desdibujado en ese paisaje celestial. El sonido del claxon ajeno nos devuelve a la realidad y volvemos a transitar en auto o a pie atendiendo a los timbres del móvil, ignorando la extensa realidad que se despliega ante nuestros ojos.
Al subir al autobús de regreso a casa, muchos encuentran la ocasión para dormitar o para desarrollar un diálogo interno que reproduce las últimas horas o la totalidad de nuestra jornada. Otros lo hacen mientras conducen o cuando empujan el carrito del supermercado en una hora poco habitual para hacer las compras.
Ahí o bajo la ducha, quizá podamos constatar si existe o no una mujer de melena alborotada o de manos heladas. Si hay un abogado dentro, o un ser humano que un día prefiere la nieve de limón y otros detesta el helado de cualquier sabor. Quizá las manos frías y la cabeza revoloteando de un tema a otro, sea lo único que persiste en ese ser humano con el que nos identificamos. Quizá mañana o en unas horas, estaré en total desacuerdo con todo lo que he escrito aquí el día de hoy.

