Plaza de almas

"No sé por qué los hombres nos miran tanto las piernas a las mujeres, y luego a la hora de la hora es lo primero que hacen a un lado". Así me dijo, Armando, cierta ingeniosa amiga mía dueña de hermosas piernas. Esa parte de la mujer, es cierto, ejerce un atractivo irresistible para los ojos masculinos. Pienso que miramos las piernas femeninas como augurio cierto de cercano paraíso, como camino o vía que conduce a goces inefables. Yo disfruté, sobrino, la visión de ese espléndido encanto -las piernas de mujer- cuando aún lo rodeaban otros encantos paralelos. Asistí a la venturosa llegada de las medias de nailon, de color voluptuosamente negro, con raya en medio como guía para elevar la mirada hacia la tierra prometida. Tú, que eres ofensivamente joven en comparación con tu tío Felipe -o sea conmigo-, tuviste la desgracia de no conocer ya la prenda femenina conocida con el nombre de liguero, que sostenía en alto aquellas medias y cuya vista sostenía igualmente al feliz varón que lo miraba. Si buscas la película "Ayer, hoy y mañana" en alguno de esos artilugios digitales que sabes usar tan bien, posiblemente para tu mal, verás ahí a una Sophia Loren sublimemente bella luciendo medias negras y liguero. Cualquier hombre con el alma en su almario te dirá que esa imagen no es de una mujer: es de La Mujer. Pero eso, para tu infortunio, es cosa del ayer. El hoy y el mañana ya casi no conocen esas preciosuras. Algún canalla -o alguna- tuvo le infelicísima ocurrencia de inventar la malhadada pantimedia, práctica y cómoda para la mujer, es cierto, pero enemiga mortal del masculino género. La creación de esa prenda, que algo de pantalón tiene, representó un duro golpe para el erotismo, sin el cual eso de hacer el amor se vuelve cumplimiento mecánico y rutinario de un acto en el cual deben participar el cuerpo y el alma, el arte y la imaginación. Por fortuna en algunas tiendas de marca todavía es posible encontrar aquella gala de la sensualidad, el liguero, y aquellas medias que envolvían las piernas de la mujer como una  suave caricia de varón sapiente. También encontrarás tales delicias en esos beneméritos establecimientos llamados sex shops. Increíblemente en nuestro país las tiendas donde se venden artículos eróticos son todavía escasas en número, y no son pocos los clientes que ingresan a ellas como a un lugar prohibido. Se ponen lentes negros, sombrero o gorra, y algunos se cubren media cara con una bufanda, aunque sea época de calor canicular. Y sin embargo las sex shops contribuyen al bien de la humanidad, pues enriquecen en muchas y muy variadas formas el ejercicio de la sexualidad. Si por mí fuera en cada esquina habría una tienda de ésas. Serían como Oxxos, y a ellas se entraría con la misma naturalidad con que se entra a un Seven o un Starbucks. Claro que en mi caso, sobrino, las sex shops ya son más bien ex shops, pero tú, que estás aún en la divina edad de hacer locuras, procura visitar alguna tienda de ésas. Te aseguro que se dilatarán los horizontes de tus conocimientos sobre el amor sensual, y a los goces que brinda naturalmente  la naturaleza añadirás los que derivan de la inventiva humana. Sobre todo no dejes de buscar un par de medias negras con raya en medio y su correspondiente liguero. En la primera oportunidad que tengas haz que alguna amiguita tuya se ponga esas prendas. Te doy mi palabra de que te verás en las puertas del edén. Tú serás Marcello Mastroianni y ella será Sophia Loren. Mejor todavía: ella será ella y tú serás tú. También, Armando, hubo un tiempo en que tu tío Felipe fue enteramente tu tío Felipe. También hubo un tiempo en el que yo fui yo. FIN.