Política injerencista
Las declaraciones recientes del embajador de Estados Unidos de Norteamérica en México, Ken Salazar, respecto a la iniciativa de reforma al poder judicial federal, han sido calificadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador, como expresión de una política injerencista, toda vez que se trata de una intromisión en asuntos que únicamente compete resolver a los mexicanos; en términos menos diplomáticos se diría que se trata de un comportamiento “metiche” el de Salazar.
Pero ya se sabe que ese es el sello de la casa del otro lado, del gobierno gringo que, con el pretexto de que se pondrían en riesgo los intereses financieros de las grandes corporaciones de negocios de todo tipo (formales e informales) con los que suele estar asociado, lanza la piedra y esconde la mano. Que si va la reforma judicial, dice, se pueden ir con ella capitales de por sí golondrinos y para nada solidarios.
Asustar con “el diluvio que viene” ha sido una práctica muy propia y de larga data de la política injerencista gringa; si bien es cierto que esa política de amenazas se podía llevar a sus últimas consecuencias en el pasado, sobre todo en términos de aplicar hasta el intervencionismo armado (la política del “gran garrote” que inaugurara Theodoro Roosevelt a principios del siglo pasado), ahora ya no es tan sencillo hacerlo porque las condiciones objetivas y subjetivas -dirían los clásicos- han cambiado, así sea que ese tipo de “virtud” (en sentido maquiaveliano) aún se mantenga como sueño acariciado, como lo prueba el caso paradigmático de Donald Trump y su reiterado amago de cerrar violentamente la frontera para impedir el ingreso de nuestros paisanos.
Por cierto, va un dato curioso de coincidencia entre el Roosevelt mencionado y Trump, ya que el primero sufrió un atentado por disparo de arma de fuego mientras daba un discurso como expresidente y candidato del Partido Republicano en la campaña electoral de 1912 y, sin embargo, siguió hablando como si le hubieran hecho un favor los adversarios, en tanto que el también expresidente, y ahora candidato republicano Trump, recibió un rozón de bala en una oreja y, más rápido que el rayo, continuó su campaña apelando a un sentimentalismo social de heroísmo exacerbado como predestinado.
El amago es ahora más polifacético y se traduce en diversas acciones que, desde fuera y dentro del país, se impulsan para cuestionar a un gobierno que ha legitimado sus esfuerzos de transformación institucional ya en dos ocasiones, 2018 y 2024, pero como bien observa con ánimo literario Sabina Berman, se han clavado tanto en la oposición con el petate del muerto venezolano que llegaron las elecciones y no le ofrecieron a los votantes un proyecto, quedando en el aire preguntas inevitables como: “¿Por qué pactaron con la peor calaña? ¿Por qué inventaron hechos imaginarios? ¿Por qué perdieron el rubor ante las hipérboles y los hechos inventados?” (“El Universal”, 25 de agosto de 2024). Esperaron mucho tiempo la llegada del “comunismo de Chávez” y todo indica que esperarán mucho tiempo la llegada del “comunismo de Maduro”, pero en tanto se sigue “esperando a Venezuela”, el sueño injerencista de propios y extraños se alimenta hasta de confusiones nominales, como esa de insistir en que la educación pública básica tiene una orientación marxista porque el director de materiales educativos de la SEP se llama… ¡Marx Arriaga!




