No hay plazo que no se cumpla y el 1 de julio llegó para quedarse. La elección presidencial está definida y el cambio que demanda la mayoría del pueblo mexicano tendrá lugar, inexorablemente, porque se trata de una larga marcha, de muchos años en los que AMLO ha venido recorriendo el país, pulsando sus necesidades más apremiantes y las que se requiere cubrir para impulsar el desarrollo nacional tantas veces postergado. Además, es la hora del cambio verdadero porque, antes, cuando en el 2000 se dio la alternancia en la presidencia lo que sobrevino fue el fiasco. En ese entonces, una alternancia sin alternativa se consumó para beneficio de unos cuantos que sustituyeron a los otros cuantos que antes gobernaban en nombre de una Revolución traicionada.
En el año 2004 tuve la oportunidad de participar en la conformación del primer comité de apoyo a la precandidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador en la entidad potosina, denominado como “Proyecto Peje” (http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/197031.html). En el año 2006 sería perpetrado el fraude electoral y sobrevendría una etapa de resistencia civil caracterizada por el comportamiento ejemplar de una sociedad agraviada que, empero, actuó de manera pacífica para testimoniar y documentar ese atraco a la voluntad ciudadana. El gobierno espurio de Felipe Calderón trataría de legitimarse mediante un despliegue loco de la fuerza estatal contra el crimen organizado, pero dejando una terrible estela de muerte y luto por doquier.
En 2012, una vez más se burló la voluntad popular y regresó el viejo PRI arropando a Peña Nieto, para dar paso a un gobierno caracterizado por el saqueo brutal del patrimonio nacional. Las mentadas “reformas estructurales”, señaladamente la energética, mostraron en todo su esplendor la decadencia ideológica del otrora partidazo, llegando al extremo de no atreverse a postular un militante a la candidatura presidencial y optando por un tecnócrata que, bajo el eufemismo de “candidato ciudadano”, terminó por ahogar cualquier posibilidad de mantenerlos en el poder. La corrupción de la clase política priísta, representada también por varios de sus gobernadores, es a no dudar causa de la debacle políticoelectoral que allí tiene lugar.
AMLO representa el cambio verdadero porque no sólo hay un diagnóstico certero de los grandes problemas nacionales, sino la convicción de resolverlos de fondo. Son problemas estructurales que descansan en un eje común y que ha sido reiteradamente señalado como el gran reto a enfrentar: el de la corrupción rampante que ha carcomido las instituciones y que impide que cualquier otra apuesta para lograr el cambio tenga éxito. Y para enfrentar con éxito ese grave reto se requiere de una trayectoria personal de honestidad probada y esa es lo que distingue a López Obrador; de allí su fortaleza para permanecer y crecer en las preferencias electorales de prácticamente todos los sectores sociales.
Como lo hemos venido señalando en las últimas semanas, el 1 de julio está llamado a ser la culminación de un proceso histórico que se ha venido incubando desde hace tiempo y que tiene que ver con el hartazgo acumulado del pueblo mexicano por tanto atraco perpetrado, llegando a niveles de rapacidad como nunca se había experimentado. Como lo comentamos en algún momento, se trata de una suerte de revolución pero que no es irrupción violenta de los agraviados que somos tantos, sino de manera pacífica, motivados sobre todo por la imposibilidad de seguir soportando un estado de cosas que molesta y repugna, pero también esperanzados porque se vislumbra un horizonte distinto en el rumbo del país.
Esa es la virtud de la propuesta de AMLO: la tenacidad para enfrentar el comportamiento mafioso de una clase política podrida, manteniendo viva la esperanza de la sociedad mexicana en un futuro promisorio que ya nos alcanzó porque no hay mal que dure tanto tiempo ni pueblo que lo aguante. Sobre todo porque, siguiendo a Walter Benjamin en su “Tesis VI sobre el concepto de historia”, podríamos decir que el 1 de julio será el momento
en que “debemos adueñarnos de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro” y ese recuerdo no puede ser otro que el tener presente que no podemos permitirnos seguir padeciendo a los mismos que tanto han dañado al país, porque “si esos vencen, ni los muertos estarán a salvo”.
La regeneración nacional está en marcha. La reconciliación del país consigo mismo exige el mayor de los compromisos, el de acudir a votar con responsabilidad y sentido de la historia que hemos vivido en el pasado inmediato para avizorar un futuro distinto, digamos que, incluso, más humano. Algunos de los participantes de aquel comité de apoyo a AMLO, señalado líneas arriba, ya no están en este plano de la vida, pero seguramente sonreirán, donde quiera que estén, por los frutos alcanzados.
En el año 2004 tuve la oportunidad de participar en la conformación del primer comité de apoyo a la precandidatura presidencial de Andrés Manuel López Obrador en la entidad potosina, denominado como “Proyecto Peje” (http://archivo.eluniversal.com.mx/notas/197031.html). En el año 2006 sería perpetrado el fraude electoral y sobrevendría una etapa de resistencia civil caracterizada por el comportamiento ejemplar de una sociedad agraviada que, empero, actuó de manera pacífica para testimoniar y documentar ese atraco a la voluntad ciudadana. El gobierno espurio de Felipe Calderón trataría de legitimarse mediante un despliegue loco de la fuerza estatal contra el crimen organizado, pero dejando una terrible estela de muerte y luto por doquier.
En 2012, una vez más se burló la voluntad popular y regresó el viejo PRI arropando a Peña Nieto, para dar paso a un gobierno caracterizado por el saqueo brutal del patrimonio nacional. Las mentadas “reformas estructurales”, señaladamente la energética, mostraron en todo su esplendor la decadencia ideológica del otrora partidazo, llegando al extremo de no atreverse a postular un militante a la candidatura presidencial y optando por un tecnócrata que, bajo el eufemismo de “candidato ciudadano”, terminó por ahogar cualquier posibilidad de mantenerlos en el poder. La corrupción de la clase política priísta, representada también por varios de sus gobernadores, es a no dudar causa de la debacle políticoelectoral que allí tiene lugar.
AMLO representa el cambio verdadero porque no sólo hay un diagnóstico certero de los grandes problemas nacionales, sino la convicción de resolverlos de fondo. Son problemas estructurales que descansan en un eje común y que ha sido reiteradamente señalado como el gran reto a enfrentar: el de la corrupción rampante que ha carcomido las instituciones y que impide que cualquier otra apuesta para lograr el cambio tenga éxito. Y para enfrentar con éxito ese grave reto se requiere de una trayectoria personal de honestidad probada y esa es lo que distingue a López Obrador; de allí su fortaleza para permanecer y crecer en las preferencias electorales de prácticamente todos los sectores sociales.
Como lo hemos venido señalando en las últimas semanas, el 1 de julio está llamado a ser la culminación de un proceso histórico que se ha venido incubando desde hace tiempo y que tiene que ver con el hartazgo acumulado del pueblo mexicano por tanto atraco perpetrado, llegando a niveles de rapacidad como nunca se había experimentado. Como lo comentamos en algún momento, se trata de una suerte de revolución pero que no es irrupción violenta de los agraviados que somos tantos, sino de manera pacífica, motivados sobre todo por la imposibilidad de seguir soportando un estado de cosas que molesta y repugna, pero también esperanzados porque se vislumbra un horizonte distinto en el rumbo del país.
Esa es la virtud de la propuesta de AMLO: la tenacidad para enfrentar el comportamiento mafioso de una clase política podrida, manteniendo viva la esperanza de la sociedad mexicana en un futuro promisorio que ya nos alcanzó porque no hay mal que dure tanto tiempo ni pueblo que lo aguante. Sobre todo porque, siguiendo a Walter Benjamin en su “Tesis VI sobre el concepto de historia”, podríamos decir que el 1 de julio será el momento
en que “debemos adueñarnos de un recuerdo tal como éste relampaguea en un instante de peligro” y ese recuerdo no puede ser otro que el tener presente que no podemos permitirnos seguir padeciendo a los mismos que tanto han dañado al país, porque “si esos vencen, ni los muertos estarán a salvo”.
La regeneración nacional está en marcha. La reconciliación del país consigo mismo exige el mayor de los compromisos, el de acudir a votar con responsabilidad y sentido de la historia que hemos vivido en el pasado inmediato para avizorar un futuro distinto, digamos que, incluso, más humano. Algunos de los participantes de aquel comité de apoyo a AMLO, señalado líneas arriba, ya no están en este plano de la vida, pero seguramente sonreirán, donde quiera que estén, por los frutos alcanzados.

