Presidenta, señora presidenta
Escribo esto el domingo dos de junio, faltando un minuto para que den las seis de la tarde. El año es 2024 y, por primera vez en la historia del México republicano, gobernará una mujer. Para el martes que usted lea esto, lectora, lector querido, tendremos una Presidenta electa de la República. Así, con mayúscula.
Pienso en nuestras abuelas, bisabuelas, en nuestras madres. Ellas jamás se lo hubieran esperado. Yo misma llegué a dudar que en mi período de vida pudiese ver a un par de mujeres con posibilidades reales de gobernar, mucho menos a una ocupando la silla presidencial. ¿Qué dirían ahora Leona Vicario, Josefa Ortiz de Domínguez, Tomasa Estévez, Laureana Wrigth, Dolores Jiménez y Muro, Hermila Galindo, Elvira Carrillo Puerto, Cuca García, Soledad Orozco, Amalia González Caballero, Esther Chapa Tijerina, Florinda Lazos, María Esther Navarro, Elvira Trueba y tantas otras que tuvieron que luchar para que nosotras pudiéramos siquiera votar? ¿qué dirían ellas, que tuvieron que dar de más, renunciar a mucho, aguantar las críticas, resistir a pesar de todo?
Esto no deja de conmoverme, incluso de emocionarme. Sin embargo, mis sentimientos vienen de algún lugar que se sitúa lejos de la irracionalidad y tiene más bien que ver de la conciencia de saber que lo que hoy estamos viviendo es el nudo que cierra un proceso histórico que se ha venido construyendo a pasos lentos, unos dados de manera insegura, otros firmes, recorriendo un camino de altibajos, que ha cambiado de protagonistas, que se ha enfrentado a dificultades mucho más complejas que la banalidad de clasificar a actores y circunstancias como “buenos” o “malos”. Esto que vivimos hoy, es un punto y aparte en la historia política de México. No es, sin embargo, el punto final.
No soy ingenua. No espero que la Presidenta haga milagros por este maltrecho país. No espero que sea la madre de nadie, ni la consoladora de todos. No espero que traiga varita mágica junto a la banda presidencia, ni que componga en seis años la descompostura de siglos. No espero que sea una diosa. Lo único que espero, es que sea competente y que cumpla con la ley.
Creo que la Presidenta tendrá que aguantar, además de lo que han soportado sus pares hombres, la crítica por “estar en sus días”, por la manera que viste, por cómo se peina, por el maquillaje que use o no use, por sus zapatos, el corte de pelo, su peso, sus ojeras, sus aretes. Sé que la insultarán, la denostarán, la agredirán más que a sus ex compañeros por el simple hecho de ser mujer. Le deseo prudencia y fuerza y le ofrezco mi sororidad.
Le deseo también lo que le he deseado a los presidentes hombres que me han tocado: que sea tolerante con las críticas razonadas, que su línea sea el diálogo inteligente, en especial con quienes no piensan como ella, que sea reflexiva, que argumente con evidencia. Le deseo también que se aleje de los heurísticos cognitivos, que no sea simplona y que encuentre los a veces muy escondidos lazos comunes que mantienen unido a este país.
Le deseo, sobre todo, que no sea sombra de nadie, ni de personas, ni de grupos, que sea dueña de sí misma. Le deseo que sea consciente de la carga histórica del papel que ahora desempeña y que sea ejemplo para muchas, muchas niñas que vienen detrás. Le deseo que sea toda una Señora Presidenta.
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