Riachuelo

Alguien que escribe debería leer constantemente. Eso dicen las recetas que algunos se atreven a dar. Y seguro tienen razón. Y tal vez porque los libros se me escurren entre manos y parpados pesados es que me cuesta arrancar la líneas a continuación.

También porque la vacación ameritaba libros, estilográficas y libretas. Más todo lo anterior se me escapó en un entorno diferente y espléndido, y sólo quedaba la contemplación de árboles con años que no sé cómo contar y la vista saltando entre verdes de todas las variaciones y de todos tamaños.

Y por si fuera poco, cordilleras lejanas coronadas de un blanco casi sobrenatural, que los mexicanos por siglos desconocimos hasta que el cambio climático nos las trajo cerca de casa. Parajes distantes, tal vez parientes de las nieves eternas, de las cuales desconozco domicilio y código postal.

Siguiendo otro consejo de la sabiduría urbana, fui a un lugar desconocido en donde mis neuronas recomenzaran la sinapsis necesaria que pueda traer de vuelta la pulsión por teclear y dejar con huella manuscrita en esta pantalla, lo que veo y lo que percibo.

Envuelta en ello, no toqué los libros y los bolígrafos y mi cabeza dejó de presuponer historias y mis ojos descansaron en caminos que llevaban a embarcaderos de pueblo o bien, en dirección de pasajes sin salida. Así, la cabeza guardó en cajones imaginarios los planes de lunes a viernes y las agendas de 8 a 2 y las de las dieciséis horas en adelante, dedicándose a dejar que la vida sucediera como si nada sucediera.

Sólo de esta manera los días de descanso tenían sentido. Y los días en familia cobraban la dimensión que les corresponde por ley propia.

En un riachuelo casi invisible trascurrieron atemporalmente jornadas en las que no faltaron visitantes de la fauna endémica: venados, conejos, abejas y hasta un oso a pie de carretera. Todo en fracción de segundos, sin que la temporalidad de su aparición pudiera determinar la duración en el recuerdo y la sorpresa que provoca su cercanía.

La cabeza y el cuerpo han regresado a su lugar de residencia y el teclado que permite que ustedes lo sepan es la evidencia, de que el tiempo pasa y que nada es para siempre, pero que tampoco requiere serlo para disfrutarlo.
El alma en cambio se quedó otros días para no soltar aún la sensación experimentada.