Tarifas
¿Cómo puede ser que el agua, que es indispensable para la vida, tenga tarifas que no cubren los costos para la prestación del servicio, y que las bebidas alcohólicas sean caras, y nadie proteste por ello? Sin duda que la respuesta puede ser económica y de valores. Desde lo económico, la respuesta es que el agua puede tener tarifas bajas si la oferta de agua es abundante con respecto a su demanda; sin embargo, en la realidad la demanda es mucho mayor que la oferta; pese a ello los gobiernos locales se resisten a establecer tarifas realistas por motivos políticos.
Si el precio del agua no es el adecuado para cubrir sus gastos de operación, la prestación de este servicio, tanto hoy en día como en el futuro, será deficiente en todos los municipios de México; las consecuencias de una mala prestación del servicio pueden generar problemas de sanidad, enfermedades y desnutrición; además provoca un deficiente mantenimiento de la red de infraestructura e inversión insuficiente en tecnologías que permiten satisfacer las necesidades futuras de agua y garantizar la seguridad de los recursos hídricos.
En países como la India, donde el precio bajo del agua es acompañado con subsidios en diésel, electricidad y consumo de agua en la industria inciden en el precio del agua, lo cual ha generado una sobreexplotación generalizada de acuíferos subterráneos y un aumento en la contaminación del agua con metales pesados; en otros países como USA, la escasez de agua es consecuencia de factores graves como sequías, temperaturas altas, pero también por una tarificación deficiente. Esta evidencia muestra, la importancia de la tarifa en un consumo racional del agua.
Según el FMI, las tarifas del agua representan el 0,6% del PIB mundial, mientras los subsidios ascienden a un 5%; en diversos países de los subsidios del agua llegan a superar el gasto total en inversión pública. Estos datos demuestran que una tarificación errónea conduce a lo que se denomina “la tragedia de los comunes”, en la que el consumidor de este recurso actúa de forma irracional, en función de su interés propio, actuando en contra del bien común de todos los consumidores de agua.
Como los subsidios son proporcionales al volumen que se consume, y el acceso de los pobres al agua potable suele ser limitado, los subsidios en el corto y largo plazo benefician principalmente a los grupos de mayor ingreso económico; si los subsidios se proporciona a los sectores sociales más pobres, los subsidios quizá podrían justificarse; diversos estudios internacionales demuestran en que en economías de bajos ingresos, los hogares con más altos ingresos reciben, en promedio, tres dólares en agua subsidiada por cada dólar de agua que reciben los más pobres.
¿Cuál es la solución? Lograr un consumo más eficiente de agua requiere de políticas que midan el consumo real, sea directa o indirectamente; con ello, fijar tarifas que permitan costos de mantenimiento e inversión, con lo que los gobiernos locales podrían adoptar normas para fortalecer el derecho al agua y promover la eficiencia en el consumo, crear instituciones eficaces encargadas de la gestión del agua, y realizar campañas de concientización social que ayuden generar respaldo para estos cambios.
En resumen, el incremento de las tarifas del agua siempre serán polémicas; sin embargo, es necesario recurrir a la evidencia generada mediante el método científico que plantea una tarifa diferenciada según el consumo; politizar la necesidad de tarifas que contribuyan a la presentación de un servicio público de calidad tiene efectos negativos, aunque si contribuye a poner en la agenda pública los errores cometidos por los actores involucrados en la gestión del agua. Próxima colaboración: 30 de noviembre de 2022.
@jszslp
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