Hay palabras que despiertan nuestra empatía, nos atraen y nos atrapan, por alguna inexplicable razón. Nos gusta como suenan, su articulación, su construcción; algo tienen que se incorporan a nuestro vocabulario cotidiano justamente por esa atracción que experimentamos hacia ellas, incluso desconociendo su significado preciso.
Es el caso del señor López, que ha dejado ver su preferencia por la palabra “canalla”, que usa con singular alegría. Este término tiene como acepción, al decir del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, gente baja, ruin, persona despreciable y de malos procederes.
Ya en campaña, a Ricardo Anaya no dudó de calificarlo de “canallín”, en un intento bastante simplón de rimar, con alguna palabra de insulto y desprecio, la referencia al personaje de historietas “Riqui Ricón”, cuyo apellido cambió, dado que el pensamiento rápido no es lo suyo, diciendo lo que le vino a la mente, alguna palabra parecida y una coincidencia cuasi poética: de ricón a riquín, había que cerrar con algo chistoso: Riqui Riquín Canallín.
Siguiendo esa misma línea, recuperó López la palabra “canalla” para enfrentar la crítica que se le hizo por llamar “mezquinos” a sus críticos. El contexto es interesante: la muerte de Rafael Moreno Valle y Karina Alonso, Senador de la República y Gobernadora de Puebla, respectivamente, motivó un funeral de Estado, al que el Jefe de Estado, López, no fue, porque, según su propia confesión, no le gusta que le griten cosas insultantes esos mezquinos y neofascistas, como lo hicieron con Olga Sánchez Cordero, a la que mandó de pararrayos.
En esta tesitura, para no usar la palabra “mezquino” que significa falto de generosidad y nobleza de espíritu; pequeño, diminuto; pobre, necesitado, falto de lo necesario; desgraciado, infeliz, López echó mano de una de sus palabras favoritas, “canalla”, que, como ya apuntamos, resulta de mayor calado.
Decir que son tiempos de canallas, significa que hay muchos y que, de alguna manera, controlan lo que sucede en la sociedad; así, resulta ser que los partidarios de López, fundamentalmente Diputados y Senadores, además de su gabinete, tienen el control de lo que ocurre en México. Bástenos ver cómo, desde septiembre en el Congreso y hace apenas un mes en la Presidencia, han atacado frontalmente al único Poder que les puede significar una barrera a sus abusos y dislates; han golpeado al federalismo con una reforma a la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, para controlar a los Estados; han disminuido los derechos de miles de trabajadores de la federación, llegando, incluso, al despido inmisericorde y arbitrario, como el caso de cientos de personas del Servicio de Administración Tributaria (SAT), pese a tener derechos que la autoridad desprecia.
Sí, López tiene razón, son tiempos de canallas, de sus canallas.
La extraordinaria escritora española Julia Navarro tiene una novela llamada “Historia de un Canalla”, que al inicio, en boca de su personaje principal, dice “Soy un canalla y no me arrepiento de serlo. He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias. He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme. He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy. Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer. Esta es la historia de un canalla. La mía….”. Sobran palabras.
Termino esta columna, publicada hoy que concluye un año más, deseando a quienes me dispensan el honor de su atención y leen estas líneas semanales, lo mejor para el año dos mil diecinueve; a los que no me leen, les deseo lo mismo, pero como no tengo forma de decírselos, pido que alguien les dé el recado.
Es el caso del señor López, que ha dejado ver su preferencia por la palabra “canalla”, que usa con singular alegría. Este término tiene como acepción, al decir del Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, gente baja, ruin, persona despreciable y de malos procederes.
Ya en campaña, a Ricardo Anaya no dudó de calificarlo de “canallín”, en un intento bastante simplón de rimar, con alguna palabra de insulto y desprecio, la referencia al personaje de historietas “Riqui Ricón”, cuyo apellido cambió, dado que el pensamiento rápido no es lo suyo, diciendo lo que le vino a la mente, alguna palabra parecida y una coincidencia cuasi poética: de ricón a riquín, había que cerrar con algo chistoso: Riqui Riquín Canallín.
Siguiendo esa misma línea, recuperó López la palabra “canalla” para enfrentar la crítica que se le hizo por llamar “mezquinos” a sus críticos. El contexto es interesante: la muerte de Rafael Moreno Valle y Karina Alonso, Senador de la República y Gobernadora de Puebla, respectivamente, motivó un funeral de Estado, al que el Jefe de Estado, López, no fue, porque, según su propia confesión, no le gusta que le griten cosas insultantes esos mezquinos y neofascistas, como lo hicieron con Olga Sánchez Cordero, a la que mandó de pararrayos.
En esta tesitura, para no usar la palabra “mezquino” que significa falto de generosidad y nobleza de espíritu; pequeño, diminuto; pobre, necesitado, falto de lo necesario; desgraciado, infeliz, López echó mano de una de sus palabras favoritas, “canalla”, que, como ya apuntamos, resulta de mayor calado.
Decir que son tiempos de canallas, significa que hay muchos y que, de alguna manera, controlan lo que sucede en la sociedad; así, resulta ser que los partidarios de López, fundamentalmente Diputados y Senadores, además de su gabinete, tienen el control de lo que ocurre en México. Bástenos ver cómo, desde septiembre en el Congreso y hace apenas un mes en la Presidencia, han atacado frontalmente al único Poder que les puede significar una barrera a sus abusos y dislates; han golpeado al federalismo con una reforma a la Ley Orgánica de la Administración Pública Federal, para controlar a los Estados; han disminuido los derechos de miles de trabajadores de la federación, llegando, incluso, al despido inmisericorde y arbitrario, como el caso de cientos de personas del Servicio de Administración Tributaria (SAT), pese a tener derechos que la autoridad desprecia.
Sí, López tiene razón, son tiempos de canallas, de sus canallas.
La extraordinaria escritora española Julia Navarro tiene una novela llamada “Historia de un Canalla”, que al inicio, en boca de su personaje principal, dice “Soy un canalla y no me arrepiento de serlo. He mentido, engañado y manipulado a mi antojo sin que me importaran las consecuencias. He destruido sueños y reputaciones, he traicionado a los que me han sido leales, he provocado dolor a aquellos que quisieron ayudarme. He jugado con las esperanzas de quienes pensaron que podrían cambiar lo que soy. Sé lo que hice y siempre supe lo que debí hacer. Esta es la historia de un canalla. La mía….”. Sobran palabras.
Termino esta columna, publicada hoy que concluye un año más, deseando a quienes me dispensan el honor de su atención y leen estas líneas semanales, lo mejor para el año dos mil diecinueve; a los que no me leen, les deseo lo mismo, pero como no tengo forma de decírselos, pido que alguien les dé el recado.

