Los tiempos de López son tiempos de dogmas y falacias. Así lo demuestra su día a día tempranero, con ruedas de prensa en las que, cada vez más, se percibe el desgaste de discursos y ejemplos, siendo repetitivo y poco imaginativo; se nota en sus dichos y en los de sus adláteres, donde el pensamiento crítico es el gran ausente; lo deja evidente en cada oportunidad que tiene: dogmas y falacias campean aquí y allá, marcando la cuarta transformación, que bien pudiera colocarse bajo el signo de la intolerancia.
El dogma, entendido como la proposición tenida por cierta y como principio innegable, indiscutible y obligatorio, se presenta como esa guía que López da a cercanos y alejados, pero simpatizantes, para que lleven su palabra, sus afirmaciones y sus declaraciones, sin discusión, sin dejar que nadie cuestione. ¡Ay de aquel que difiera de López! Su verdad es inmutable y no admite divergencia.
Incluso, desde su dogma, se vale contradecirse, haciendo por sí y los suyos, lo mismo que en los demás cuestionaba. Nunca mayor sentido ha tenido en este país la referencia que Stefan Zweig hace, en su obra “Fouché, el genio tenebroso” a una máxima de Mirabeau: “Los jacobinos, como ministros, dejan de ser ministros jacobinos”.
López encubre el abandono de los supuestos ideales que informaron su campaña, bajo la creencia que su triunfo en las urnas lo ungió como alguien perfecto. Así, da urbi et orbi mensajes que conllevan el sentido de “conmigo todo, contra mí nadie”, Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirloEstoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlofalacia en mano, a quienes cuestionan al presidente.
¿Jiménez Espriú participa en la empresa beneficiada con el cierre de ductos de hidrocarburos? ¿La terna de candidatas a Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación va hecha a modo, con cónyuges de los más cercanos a López? ¿Va a perdonar a los capos y delincuentes?
Todas esas preguntas, y muchas más, reciben una respuesta consonante que, más o menos dice: ¿Por qué criticas ahora, si antes no lo hiciste? Esa es la contestación que puede leerse en las redes sociales de quienes se atreven a disentir. Como si la libertad de expresión se sujetara a presupuestos o número de turno.
Aquella egregia frase, que la tradición ha atribuido a Voltaire, sin ser realmente su autor, que dice: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, está ausente de las mentes de López y allegados, que clamaban por ser libres en sus decires, cuando buscaban llegar a donde se les permitiera reprimir a quienes quedaron atrás.
La falacia es un argumento que parece válido, pero no lo es. Puede el lector ver la falacia empuñada en la mano de los pretorianos del nuevo régimen, quienes explotan con cuestionamientos, respuestas, ataques y críticas burlonas, en contra de quienes levantan la voz para señalar los errores del dogma.
Poco espacio tenemos para ahondar mucho en esto de las falacias. Aristóteles identificó trece, Ricardo García Damborenea, muchas más. Me refiero solo a tres, pidiendo al lector identifique en su contenido a muchos de sus amigos que comparte con López:
La falacia ad hominem, tal vez la más común, ataca a la persona que presenta el argumento y no al argumento en sí.
La falacia ad ignorantiam consiste en sostener la verdad o falsedad de un argumento, señalando que no existe prueba de lo contrario, o bien diciendo que hay la incapacidad o la negativa de un oponente a presentar pruebas convincentes de lo contrario.
La falacia ex populo consiste en tratar de demostrar un argumento, apoyándose en lo que se supone que sabe o hace todo el mundo.
Y así, podríamos seguir. Dogmas y falacias, son nuestro pan cotidiano en los tiempos de López, tiempos de cuarta.
@jchessal
El dogma, entendido como la proposición tenida por cierta y como principio innegable, indiscutible y obligatorio, se presenta como esa guía que López da a cercanos y alejados, pero simpatizantes, para que lleven su palabra, sus afirmaciones y sus declaraciones, sin discusión, sin dejar que nadie cuestione. ¡Ay de aquel que difiera de López! Su verdad es inmutable y no admite divergencia.
Incluso, desde su dogma, se vale contradecirse, haciendo por sí y los suyos, lo mismo que en los demás cuestionaba. Nunca mayor sentido ha tenido en este país la referencia que Stefan Zweig hace, en su obra “Fouché, el genio tenebroso” a una máxima de Mirabeau: “Los jacobinos, como ministros, dejan de ser ministros jacobinos”.
López encubre el abandono de los supuestos ideales que informaron su campaña, bajo la creencia que su triunfo en las urnas lo ungió como alguien perfecto. Así, da urbi et orbi mensajes que conllevan el sentido de “conmigo todo, contra mí nadie”, Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirloEstoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlofalacia en mano, a quienes cuestionan al presidente.
¿Jiménez Espriú participa en la empresa beneficiada con el cierre de ductos de hidrocarburos? ¿La terna de candidatas a Ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación va hecha a modo, con cónyuges de los más cercanos a López? ¿Va a perdonar a los capos y delincuentes?
Todas esas preguntas, y muchas más, reciben una respuesta consonante que, más o menos dice: ¿Por qué criticas ahora, si antes no lo hiciste? Esa es la contestación que puede leerse en las redes sociales de quienes se atreven a disentir. Como si la libertad de expresión se sujetara a presupuestos o número de turno.
Aquella egregia frase, que la tradición ha atribuido a Voltaire, sin ser realmente su autor, que dice: “Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”, está ausente de las mentes de López y allegados, que clamaban por ser libres en sus decires, cuando buscaban llegar a donde se les permitiera reprimir a quienes quedaron atrás.
La falacia es un argumento que parece válido, pero no lo es. Puede el lector ver la falacia empuñada en la mano de los pretorianos del nuevo régimen, quienes explotan con cuestionamientos, respuestas, ataques y críticas burlonas, en contra de quienes levantan la voz para señalar los errores del dogma.
Poco espacio tenemos para ahondar mucho en esto de las falacias. Aristóteles identificó trece, Ricardo García Damborenea, muchas más. Me refiero solo a tres, pidiendo al lector identifique en su contenido a muchos de sus amigos que comparte con López:
La falacia ad hominem, tal vez la más común, ataca a la persona que presenta el argumento y no al argumento en sí.
La falacia ad ignorantiam consiste en sostener la verdad o falsedad de un argumento, señalando que no existe prueba de lo contrario, o bien diciendo que hay la incapacidad o la negativa de un oponente a presentar pruebas convincentes de lo contrario.
La falacia ex populo consiste en tratar de demostrar un argumento, apoyándose en lo que se supone que sabe o hace todo el mundo.
Y así, podríamos seguir. Dogmas y falacias, son nuestro pan cotidiano en los tiempos de López, tiempos de cuarta.
@jchessal

