Triste asunto
Lo triste de todo este asunto, es perderse la vida añorando pura porquería. El otro día me encontré a un ex colega de la Universidad. Compartimos una época donde éramos jóvenes y sin pizca de experiencia profesional. Él entró a trabajar a un despacho de renombre y quedó bajo la supervisión de un abogado mediano con un cargo mediano. El jefe buscaba emular con una mezcla de envidia y admiración al jefe máximo y supremo, pero con su propio estilo, que consistía en maltratar a sus pasantes. El tipo creía que el respeto se imponía, no se ganaba, y la única manera que encontraba para tal cosa, era humillar a sus pasantes. Mi pobre amigo tuvo que aguantar comentarios agresivos, tratos sin gota de educación y hacer tareas personales para el jefe que iban desde recogerle los trajes de la tintorería, hasta tener que sacar a pasear a los perros de la mujer que en aquél entonces era su novia. El cuate no quería renunciar porque pensaba que trabajar en aquel lugar sería benéfico a su currículum y con el puro nombre del despacho se le abrirían puertas. Acabó quedándose ahí casi cuatro años.
Ahora que me lo encontré me enteré que desde hace mucho no ejerce la profesión; a fin de cuentas decidió que no era lo suyo. Al rememorar aquellos años trajimos a cuento a aquél nefasto personaje que fue su jefe y para mi sorpresa, lo recordaba no solo con cariño, sin con un dejo de nostalgia. No pude evitar recordarle una anécdota especialmente vergonzosa que me tocó atestiguar y el hombre simplemente la recordaba completamente diferente. Ya mejor me quedé callada, nadie me nombró rectificadora de recuerdos.
Recordé entonces a cierta mujer que lleva más de quince años de estable matrimonio con un buen tipo y, sin embargo, afirmaba sin dudar a quien se lo preguntara que el amor de su vida era otro hombre: su novio de la preparatoria e inicios de la carrera. El cuate era un tipo celos, violento, mujeriego y para colmo, feo como un bolillo pellizcado que la hizo sufrir montones; pero al hablar de él, pareciera que estuviese hablando del mismísimo San Francisco de Asís con físico de Henry Cavill.
Somos seres extraños. Tendemos a endulzar los recuerdos hasta volverlos una serie de extrañas secuencias llenas de pegasos, unicornios, nubes rosadas y olores a caramelo o galletitas recién horneadas. Sin darnos cuenta extrañamos a los malos amigos, esos que sin explicaciones se largaron, a las parejas que nos hicieron sufrir, a los trabajos mal pagados y donde mal nos trataron. Animales peculiares que somos.
En algún lugar leí que no podemos confiar del todo en nuestros recuerdos y tratarlos como si fueran veraces porque el cerebro, en lugar de archivar momentos intactos, más bien los reconstruye de manera que sirvan para prepararnos para el futuro. Vaya, que los recuerdos no tienen la función de anclarnos al pasado, sino cimentar el terreno para aquello que venga. Por eso, tendemos a recordar los momentos en versiones que acomoden. Quizá un presente desdichado se compense con un pasado a modo o tal vez es que necesitamos hacer tolerable el futuro creando tierras encantadas sobre las cuales creemos que estuvimos parados.
El presente no es insoportable, o al menos no pretende serlo; pero tampoco el pasado fue idílico y por mas que intentemos, resulta absolutamente sinsentido hacer pronósticos sobre el futuro. Somos criaturas de momentos infinitesimales casi imperceptibles. Por eso quizá lo único que puede hacernos seguir viviendo con cierto placer es el privilegio de crear nuestra propia narrativa, hacer una historia de la medida que cada quien elija para tratar de encontrarle sentido a lo que quizá no pueda entender nuestra pequeñez.
Hace poco vi de lejos a la mujer que vive con ese marido que no es el amor de su vida. Iba caminando con ese suplente de amor en medio de un pasillo del supermercado. Empujaban un carrito, se reían y escogían pasta del estante a su derecha. Yo lo que vi, era un pequeño instante de felicidad. Ella quien sabe que vería. Por eso pensé que lo triste de este asunto que llamamos vida, es pasársela añorando pura porquería.




