La enésima embestida del presidente gringo Donald Trump contra México ha propiciado, venturosamente, distintos llamados a la unidad de nuestro país. En esa difícil coyuntura, diversos actores políticos se han pronunciado por cerrar filas frente a la agresión extranjera y ni modo de no estar de acuerdo en ello; sin embargo, vale tener presente que, tal vez por el peso del discurso globalizador, poco se había ponderado la necesidad de impulsar un proyecto que fortalezca nuestra vapuleada soberanía nacional. Cuando así se ha hecho, no se ha tardado en descalificar el esfuerzo en términos de “regresión”, “ausencia de modernidad”, “rechazo al progreso”, “populismo”, entre otras adjetivaciones que, por supuesto, obedecen más a un interés económico y/o político-electoral que a la necesidad de salvaguardar los intereses de la nación.
El caso más emblemático es el de Andrés Manuel López Obrador, a quien se ha tratado de ubicar como una suerte de representante de un “nacionalismo rebasado”, incluso como “emisario del pasado”, de la época del sexenio echeverrista. Evidentemente, se trata de burdas descalificaciones que hoy, ante los embates del exterior, se tienen que tragar quienes hasta hace poco han hecho alarde de sumisión con los intereses del gobierno estadounidense, recibiendo hasta con honores propios de un jefe de Estado al yerno de Trump. Plantear la necesidad de impulsar un proyecto de regeneración nacional no significa desconocer el actual escenario dominante de la globalización económica y financiera, sino contribuir a blindar lo mejor posible los intereses de nuestro país frente a los vaivenes del mercado internacional.
Se entiende que, aprovechando la coyuntura de la amenaza gringa, el presidente Peña Nieto trate de corregir, tardíamente, el gravísimo error de recibir a Trump cuando era candidato presidencial de su país y aceptar que nos ofendiera con su perorata del muro fronterizo a construir con cargo -además- a las finanzas del Estado mexicano. Desde entonces, el gobierno peñista se ha limitado a capotear la lluvia de insultos a la dignidad nacional pero sin tomar acciones específicas que muestren un firme rechazo al ninguneo y chantaje de que hace gala el gobierno estadounidense. El llamado a la unidad nacional por parte del presidente Peña es un paso adelante, pero no puede asegurarse que luego vengan dos pasos atrás si se trata de aprovechar el viaje para llevar agua al molino electoral.
En tal sentido, las tentaciones no faltan y tampoco los agoreros de un presunto desastre nacional, si no se frena el cada vez más viable triunfo de AMLO en la elección presidencial. El historiador Francisco Martín Moreno es uno de los más recalcitrantes opositores a una eventual victoria del tabasqueño y no duda en amenazar con el petate del muerto. Según Moreno, el reciente episodio en el que Peña ha levantado la voz ante lo declarado por Trump, serviría para que, ya “encuerdado” nuestro presidente, se lance a “convocar a los indecisos, fundamentalmente a los jóvenes, para que voten por un cambio, pero hacia adelante, no un cambio en reversa, en sentido contrario a la evolución y al progreso”, porque de lo contrario, Peña podría “ser acusado también de la catástrofe que viene” (en “El Universal”, 8 de abril de 2018).
Por tanto, para Moreno se trataría de “la última llamada”, la última oportunidad de “aprovechar este instante de reconciliación ciudadana con el poder público para trabajar en la prensa y en las redes sociales y en donde sea posible (…) para no tropezar con las mismas piedras que nos precipitaron en el vacío durante los años de Echeverría” (ibid). Es evidente de qué lado masca la iguana con este historiador que, por cierto, tampoco tiene empacho en admitirlo en el propio texto de marras cuando se refiere a los “logros” del actual gobierno: “las reformas estructurales, ese maravilloso acuerdo por México elevado a nivel constitucional, no se puede desperdiciar a manos de un emisario del pasado”. ¿Pero quién le dijo a Moreno que se trata de un momento de reconciliación ciudadana con el poder público?
Aquí lo señalamos la semana pasada: el momento histórico que vive nuestro país, de cara al proceso electoral presidencial, no es una fecha cronológica en el calendario, es un proceso que se viene incubando y madurando desde hace tiempo y puede tener su mayor posibilidad de manifestación concreta en una época en la que pesa más el recuerdo de tanto agravio acumulado que la esperanza de un futuro renovado, sin desconocer que, por supuesto, un proyecto de país más articulado con la realidad cotidiana que tenemos sea también importante para convencer de la necesidad de un cambio esperado. Así las cosas, si bien es cierto que no se debe regatear la unidad frente al agravio externo, en esa misma lógica se ve difícil que el gobierno de Peña espere lo mismo ante tanto malestar social interno.
El caso más emblemático es el de Andrés Manuel López Obrador, a quien se ha tratado de ubicar como una suerte de representante de un “nacionalismo rebasado”, incluso como “emisario del pasado”, de la época del sexenio echeverrista. Evidentemente, se trata de burdas descalificaciones que hoy, ante los embates del exterior, se tienen que tragar quienes hasta hace poco han hecho alarde de sumisión con los intereses del gobierno estadounidense, recibiendo hasta con honores propios de un jefe de Estado al yerno de Trump. Plantear la necesidad de impulsar un proyecto de regeneración nacional no significa desconocer el actual escenario dominante de la globalización económica y financiera, sino contribuir a blindar lo mejor posible los intereses de nuestro país frente a los vaivenes del mercado internacional.
Se entiende que, aprovechando la coyuntura de la amenaza gringa, el presidente Peña Nieto trate de corregir, tardíamente, el gravísimo error de recibir a Trump cuando era candidato presidencial de su país y aceptar que nos ofendiera con su perorata del muro fronterizo a construir con cargo -además- a las finanzas del Estado mexicano. Desde entonces, el gobierno peñista se ha limitado a capotear la lluvia de insultos a la dignidad nacional pero sin tomar acciones específicas que muestren un firme rechazo al ninguneo y chantaje de que hace gala el gobierno estadounidense. El llamado a la unidad nacional por parte del presidente Peña es un paso adelante, pero no puede asegurarse que luego vengan dos pasos atrás si se trata de aprovechar el viaje para llevar agua al molino electoral.
En tal sentido, las tentaciones no faltan y tampoco los agoreros de un presunto desastre nacional, si no se frena el cada vez más viable triunfo de AMLO en la elección presidencial. El historiador Francisco Martín Moreno es uno de los más recalcitrantes opositores a una eventual victoria del tabasqueño y no duda en amenazar con el petate del muerto. Según Moreno, el reciente episodio en el que Peña ha levantado la voz ante lo declarado por Trump, serviría para que, ya “encuerdado” nuestro presidente, se lance a “convocar a los indecisos, fundamentalmente a los jóvenes, para que voten por un cambio, pero hacia adelante, no un cambio en reversa, en sentido contrario a la evolución y al progreso”, porque de lo contrario, Peña podría “ser acusado también de la catástrofe que viene” (en “El Universal”, 8 de abril de 2018).
Por tanto, para Moreno se trataría de “la última llamada”, la última oportunidad de “aprovechar este instante de reconciliación ciudadana con el poder público para trabajar en la prensa y en las redes sociales y en donde sea posible (…) para no tropezar con las mismas piedras que nos precipitaron en el vacío durante los años de Echeverría” (ibid). Es evidente de qué lado masca la iguana con este historiador que, por cierto, tampoco tiene empacho en admitirlo en el propio texto de marras cuando se refiere a los “logros” del actual gobierno: “las reformas estructurales, ese maravilloso acuerdo por México elevado a nivel constitucional, no se puede desperdiciar a manos de un emisario del pasado”. ¿Pero quién le dijo a Moreno que se trata de un momento de reconciliación ciudadana con el poder público?
Aquí lo señalamos la semana pasada: el momento histórico que vive nuestro país, de cara al proceso electoral presidencial, no es una fecha cronológica en el calendario, es un proceso que se viene incubando y madurando desde hace tiempo y puede tener su mayor posibilidad de manifestación concreta en una época en la que pesa más el recuerdo de tanto agravio acumulado que la esperanza de un futuro renovado, sin desconocer que, por supuesto, un proyecto de país más articulado con la realidad cotidiana que tenemos sea también importante para convencer de la necesidad de un cambio esperado. Así las cosas, si bien es cierto que no se debe regatear la unidad frente al agravio externo, en esa misma lógica se ve difícil que el gobierno de Peña espere lo mismo ante tanto malestar social interno.

