Y sin embargo, se mueve

No estoy muy segura, y francamente nadie lo está, de que Galileo Galilei haya dicho frente al tribunal de la Santa Inquisición la célebre frase “Y sin embargo, se mueve,” para sostener frente a sus detractores la teoría de que la tierra no era el centro del universo, sino que giraba alrededor del sol. Sin embargo, creo que la frase refleja bastante bien el espíritu de la teoría de Galileo y que bien pudo haberla pensado.

Las últimas dos columnas que escribí, me han traído una interacción inesperada con un buen número de personas, casi todas ellas desconocidas, que me han contado sus propias historias con Hombres y Mujeres Pequeños, comidos por la falacia de un tiempo ahorrado que se ha ido a la nada. Unos me han platicado cómo les han tratado de quitar su propio tiempo, encadenándolos a lugares u oficios que bien se hacían en algunas horas y que los mantuvieron por días sólo para demostrar que el Banco del Ahorro del Tiempo se expande como plaga.

Algunos de ellos se han reconocido como esa persona que ha entregado la vida en trabajos de siete de la mañana a once de la noche, buscando ser el pico más alto de la montaña laboral, perdiendo en el camino, en el mejor de los casos, los deportes que disfrutaban, el arte que creaban o los amigos con los que crecieron. En el peor, me contaron sobre hijos que ahora son perfectos desconocidos, parejas con las que ahora únicamente comparten casa, y familia que simplemente, ya no los invita a las reuniones anuales que antes añoraban. Ser Hombres Pequeños los ha vuelto invisibles.

Hubo quien me dijo que ahora ya no se reconoce. Quisiera salir del tornado de papeles en que ha vivido, pero teme que si sale, ya no sabrá qué queda de la persona que solía ser y no sabría cómo empezar a construirse de nuevo.

Luego, vinieron aquellos que llevan una temporada viviendo sin luz o, peor aún, a la sombra de miserables. Hay demasiada gente capaz alrededor nuestro, pero también demasiado triste. El ingenio está apagándoseles y no encuentran como mantener su propia flama. Hubo quien me contó cómo vive su semana iniciando con un lunes que tachan en el calendario y repitiéndose a sí mismos “sólo faltan cuatro días” hasta terminar la semana.

Hubo quienes me contaron cómo tuvieron que dejar sus trabajos porque ya no pudieron soportar que algunos creyeran que gritar volvía sus palabras razonables. Alguien me contó también cómo los miserables se han apropiado cómodamente de pequeños espacios de poder que creen eternos, por lo que hacen un infiero la vida de quienes, por mala suerte, conviven con ellos.

Hay tantas historias que me han tocado esta semana, que a duras penas pude encontrar la manera de guardarlas todas. Pensé en cada una de ellas mientras barría el césped recién cortado del jardín que está a la entrada de mi colonia.

Quizá no le he contado que hace cosa de un año, una serie de robos comenzaron a suceder por mis rumbos. La mayoría de los que vivimos ahí trabajamos gran parte del día, por lo que un grupo de desgraciados aprovechaban las horas que nuestras casas se quedaban solas para meterse y robar lo que podían. Al hijo de uno de nuestros vecinos le tocó la mala suerte de haber entregado un día antes un trabajo en la universidad que lo mantuvo despierto toda la noche. Cuando despertó, encontró dos tipos adentro de su cuarto. Hizo lo que debía: decirles que tomaran lo que les viniera en gana y dejarlo en paz. Lo mismo pasó con una vecina, ya mayor, que estaba acabando de bañarse. Los imbéciles pensaron que no había nadie. La obscuridad invadió mi colonia.

Así, comenzamos a hacer pequeñas acciones para conocernos entre vecinos. Ha habido, por supuesto, algunos baches en el camino; lo natural en una comunidad que intenta entenderes. Sin embargo, hace cosa de un par de semanas un grupo de taxistas pretendieron instalarse en el acceso principal de nuestra colonia. Nada en contra de tan noble labor, pero hacer uso de una vía pública de acceso, sin permiso legal, y bloqueando el acceso de cientos de familias nada más porque sí, es otra cosa. Aparentemente el diálogo con los taxistas fue productivo y se han marchado.

Al terminar nos dimos cuenta de que parte de la culpa es nuestra: hemos dejado abandonados espacios que nos pertenecen y los vacíos que se dejan negligentemente, siempre son llenados por alguien más: el acceso donde pretendían instalarse es un jardín que llevaba meses sin ser cuidado.

Parecía que ahí nadie pasaba, que no era de nadie, cuando es de todos.

Este fin de semana una docena de vecinos nos pusimos a cortar el pasto, regar, fumigar, barrer.

Resulta que “el jardincito” es un jardinsote. Sacamos montones de bolsas de basura, juntamos más de quince costales de hierba y pasto. Un vecino prestó su podadora, otros deshierbadora. Otros recogimos el pasto cortado, barrimos, regamos. Un vecino con una camioneta y un remolque se apiadó y se llevó prácticamente todas las ramas que habían estado por meses amontonadas. El ayuntamiento, que se caracterizó por mandarnos al diablo, pasó una vez a hacerse cargo del jardín y luego nos lo dejaron a la buena de Dios. Nosotros también estuvimos mal, a fin de cuentas, es también nuestra responsabilidad hacernos cargo del lugar donde vivimos. Que los gobiernos asuman su parte, pero nosotros debemos tomar la nuestra.

Durante dos mañanas enteras trabajamos el jardín y lo dejamos listo para que paseemos con nuestros hijos, nuestros perros o simplemente nos sentemos a platicar. Barrí y recogí junto con mis vecinos un montón de mugrero, y al final estuvimos satisfechos porque, a pesar de los vacíos de poder, a pesar de los miserables, a pesar de la obscuridad, la gente se ríe, el trabajo se hace, los jardines se limpian.

Y yo…yo los tuve a ustedes en mente mientras recogía la hierba o regaba los árboles. Pensé en Galileo y no dejaba de repetirme: y sin embargo, se mueve. Se mueve la gente que busca formar parte de algo, la que no se queda esperando a que la vida llegue, la que decide tomar acciones y hacer lo que le gusta, la que decide amar su ciudad a pesar de los corruptos, la que se agarra de los amores sencillos aunque parezcan pequeños.

Habrá miserables, habrá hombres pequeños, habrá obscuridad. Y sin embargo, se mueve. No se le olvide.