Y... ¿También son pueblo?

Antes que nada, una sincera expresión de pesar compartido y de afectuosa solidaridad hacia los familiares y amigos de la familia LeBarón, y ¿Porqué no decirlo? a todos los mexicanos a quienes nos duele en el alma estos hechos, por el horrendo crimen de una familia indefensa, perteneciente a un grupo humano pacífico y dedicado a trabajar la tierra, que sin protección alguna, recibió más de 200 balazos en un paraje apartado de los estados del Norte de México.

Me cuesta trabajo encontrar las palabras para compartir el sentimiento de pesar, de consternación y de indignación, por la masacre de 12 miembros de la familia Le Barón, 9 niños (dos de brazos) y tres mujeres, que ocurrió hace tres días en los linderos de los estados de Sonora y Chihuahua, presumiblemente   perpetrada por asesinos pertenecientes a alguna de las muchas organizaciones de narcotraficantes que tienen en sus garras a buena parte de este país, que se disputan sus territorios y que hoy se encuentran soliviantados por la oprobiosa actitud del gobierno de la 4T que rindió al ejército ante el poder de los narcos en Culiacán.

No puedo evitar imaginar esa escena de horror indescriptible en el que la crueldad, la perversión más atroz, impulsan a un ser humano a acribillar a mujeres indefensas y a criaturas inocentes, sin la mínima racionalidad, sin otro motivo que el de quizás, sembrar terror en la sociedad, con todas las agravantes legales y morales que repugnan, que duelen, a cualquier ser humano con un mínimo de sentimientos de piedad, de compasión, ante el dolor y sufrimiento de otros seres humanos inocentes. Las bestias más feroces en la selva o en la montaña, cuidan y protegen a las crías de otras bestias que están ausentes o muertas. Solo los seres humanos enfermos de miedo y de ambición, desquiciados, son capaces de cometer crímenes como el de Sonora-Chihuahua, de hace tres días. A veces da vergüenza pertenecer al género humano y aún más a este México azotado por la brutalidad y el crimen, que acapara la mirada perpleja, desconcertada, del mundo entero.

Después de esto, ¿Qué sigue? ¿Cuántas matanzas más tendremos que sufrir los mexicanos, para que cambie este estado catastrófico de la realidad? ¿Cuántas masacres más habrá que atestiguar para que el gobierno de éste país reconozca su incapacidad y acepte la ayuda de otros países? ¿Cuál es el número de muertes que debe haber en este país, para que surja un movimiento poderoso desde la conciencia de nuestra sociedad, para exigirle, ordenarle al gobernante que cumpla su responsabilidad? ¿Qué deje ya su ridícula estrategia de darle abrazos en lugar de balazos a los criminales más despiadados? Y si no lo hace, ¿Cuándo y con qué liderazgos habremos de levantarnos de la pasividad, para quitarlo y llevar al gobierno a personas responsables y capaces?

Es que ni en las peores pesadillas de cualquier ciudadano de este país se podría haber desarrollado un drama tan horroroso como el que estamos viviendo, que no se puede aminorar o suprimir, porque tenemos un gobernante que nos dice que los delincuentes, estos criminales bestiales, "TAMBIEN SON PUEBLO", o que la mejor forma de combatirlos o acabarlos, es lanzarles un "GUÁCALA" o un "FUCHI" y después para rematarlos, decirles que "LOS VAMOS A ACUSAR CON SU ABUELITA", y sin ni así, entonces les daremos un "Abrazo en lugar de balazos". Que ordena al ejército no usar sus armas y rendirse. Lo cual mueve a carcajadas a los delincuentes y los incita a aumentar sus masacres en todo el territorio de la nación. Y por otra parte, nuestro país con ese gobernante, pasa a ser el hazmerreír del mundo entero.

Creo que muchos millones de mexicanos, cada día más, deseamos fervientemente que el presidente López deje de pontificar en sus mañaneras y dar clases de moral a la república, ante periodistas que se desmañanan, para cumplir con el ritual de hacerle preguntas facilonas al gobernante. México no necesita clases de moral, necesita un gobernante responsable, respetuoso de las leyes y respetuoso de sus críticos que unifique y no divida a la sociedad, que abandone su narrativa de rencor y hostigamiento a quienes nos preocupa su forma de gobernar, porque está agravando, en lugar de solucionar los problemas económicos y de seguridad pública que se han incrementado desde que llegó al poder.

Por estos tiempos, la bandera nacional debería permanecer a media asta, en señal de duelo por la terrible y creciente ola de sangre y delincuencia que nos agobia. En estos tiempos, el presidente de la república, López Obrador, debería estar pidiendo perdón a los familiares de los mas de 30,000 muertos por violencia que han ocurrido en sus 11 meses de gobierno. Ya debería dejar de estar repartiendo culpas a los neoliberales, a los conservadores y a Felipe Calderón, por el atroz resultado de su gobierno. Sería de hombre bien nacido, como lo dijo una vez Angela Merkel, la gobernante de Alemania, que ha hecho de su país nuevamente una gran potencia económica y política que, Palabras más, palabras menos, "Un  gobernante no hereda problemas, no echa la culpa de los problemas a sus antecesores, está engañando a su pueblo, para eso tuvo la campaña y para eso fue electo, para resolverlos".

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