Zedillo y el Fobaproa I
A Ernesto Zedillo se le conoce más por haber sido el beneficiario directo del crimen político de Luis Donaldo Colosio, gracias a la decisión de Carlos Salinas de Gortari que, seguramente, al igual que lo hizo Díaz Ordaz cuando dejó de ser primer mandatario, se miraría diariamente en el espejo y se maldeciría de la ingratitud de su sucesor. Zedillo fue para Salinas el gran traidor y éste lo acusó de no permitir que Pedro Aspe continuara con el manejo de la economía en una etapa de transición, sino que torciera el cordón imponiendo a Jaime Serra Puche en su administración para acelerar la salida de divisas que implicó adelantar la banda de flotación de la paridad peso dólar a su límite superior, llevando al país al famoso “error de diciembre” de 1994 que se tradujo en una crisis económica descomunal que arrasó con prácticamente todos los sectores productivos. En efecto, la llamaban ellos mismos “economía ficción” y así, cual burbuja, simplemente les tronó. Fue una precipitante que se venía incubando desde tiempo atrás, por los empeños políticos de Salinas por perpetuarse a trasmano en el poder político y, ya enloquecido, hasta con el sueño guajiro de ganar la presidencia de la Organización Mundial de Comercio. La cereza de esa tragicomedia fue la peculiar huelga de hambre que Salinas terminó escenificando en una colonia perdida de la ciudad de Monterrey.
También se le conoce, siguiendo su condición rapaz y traicionera, como el privatizador del sistema ferroviario nacional y pasar después a formar parte, ya como expresidente, del consejo de administración de una de esas empresas favorecidas. Es entendible que, ahora, cuando los gobiernos de la transformación progresista reivindican el papel central de la comunicación ferroviaria para fortalecer el mercado interno y la reactivación económica regional, se le descomponga el hígado al tal Zedillo porque queda exhibido el terrible grado de corrupción, impunidad y torpeza con la que tomó decisiones de política económica, únicamente para favorecer los intereses financieros de unos cuantos. Pero, además, se le conoce por su responsabilidad en la masacre de Acteal en 1997 y por el engaño a los representantes del EZLN cuando por un lado simulaba dialogar la paz y. por otro, buscaba capturar al entonces Subcomandante Marcos. Y, nada más como remate, el caso de la imposición de ministros de una nueva Corte que servirían para validar todo el desbarajuste que seguiría a cualquier impugnación derivada de toda la serie de medidas para rescatar a los grandes magnates afectados por el error de diciembre, señaladamente los banqueros a través del Fobaproa.
Esta historia es la que menos se conoce por parte de las nuevas generaciones, pero que igualmente merecen tener presente para ponderar, en su justa dimensión, no solamente para ubicar la desaforada intención política de cierta derecha opositora por buscarle tres pies de coyuntura al gato, sino para valorar el enorme costo que significa tomar decisiones carentes de la menor ética política, toda vez que por mucho tiempo seguiremos pagando todos, las actuales y futuras generaciones, ese endeudamiento público que implicó socializar pérdidas y privatizar ganancias a través del Fobaproa implementado por Zedillo y su sucedáneo Ipab, en términos de no contar con más recursos públicos para impulsar lo que se conoce en economía política como “las condiciones generales de reproducción de una formación social” y que, sin embargo, los gobiernos de la transformación han mostrado que sí es posible hacerlo con disciplina, austeridad, compromiso social y una visión distinta a la de los neoliberales que, por definición, simplemente vendían al mejor postor las riquezas y patrimonio del país y dejaban a la suerte a millones de mexicanos que no tuvieran posibilidad de rascarse con su uñas en un mundo que reducían a la simple condición de “sálvese el que pueda” en la feroz competencia sin salvaguardas de la globalización. ¿Y el Fobaproa? Sobre esto ahondaremos en la siguiente colaboración.




