El otro san luis, vivir en miseria y desesperanza

Sin importar el partido político que este en el gobierno, en las colonias del norte de la ciudad, las familias sobreviven en el olvido, entre tierra y sufriendo por servicios básicos

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El otro san luis, vivir en miseria y desesperanza

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A poco más de 5 kilómetros de distancia del Palacio Municipal y de Gobierno del Estado, ahí donde laboran los que prometen bienestar social, el tramo de alrededor de 3 kilómetros de longitud del camino a Peñasco, entre la calle Octava Prolongación Moctezuma y el Anillo Periférico norte, muestra una cara dura; de olvido, exilio y desatención gubernamental.

Aunque se ubica dentro de la capital potosina constituida por 824 mil 229 habitantes, según cifras del 2015 del Inegi, las calles, pisos, aceras y servicios básicos existen a medias en dicha extensión, que abarca las colonias Real de Peñasco, Tercera Chica 4 y otros espacios habitacionales todavía irregulares. 

El hábitat aquí contrasta con las calles pavimentadas y alumbradas, áreas verdes y plazas comerciales de lujo en el poniente de la ciudad, pues el camino a Peñasco bien puede “presumir” miles de oquedades en su superficie, algunas de hace dos o tres trienios o sexenios, según se hagan las cuentas. 

En tanto los ciudadanos de la llamada zona dorada, con deseos de ir a practicar alguna actividad deportiva pueden ir a correr al parque Tangamanga I, a un club deportivo, un campo de golf o canchas de futbol 7 de la zona, aquí Carlos y Juan, jóvenes residentes de las Terceras toman su bicicleta y asisten a alguno de los campos de tierra que predominan por el rumbo; piedras, nopales y perros callejeros le dan un entorno de contrastes.

Por la pandemia, la infancia no acude a la escuela “Dolores Reyes Velázquez” u otro plantel cercano, pero lejos de exigir una Barbie dentista o de otra profesión, los costales inmensos de pepena son las montañas ideales para esconderse y ser perseguida por los canes.

Las creencias de antaño mantienen peso entre algunos de los inquilinos de ciertas casas, ya que pintan cruces de color blanco en muros y bardas, a fin de espantar a las brujas y los espíritus, según comentan algunos ciudadanos. 

En cada entrada se asoman las trompas perrunas de decenas de “lomitos” criollos, esos que menean la cola cada que ven llegar del trabajo a su propietario. No piden mucho, solo desperdicio o croquetas –si es que sale para comprar-, agua y una caricia en la cabeza o debajo de las orejas.

Un paisano se acerca en su motocicleta y pregunta “¿Qué hacen por acá?”, los reporteros les responden: “Viendo el rumbo, ¡A ver qué sale!”. Después relata su pasado en territorio del Tío Sam, asumiéndose como estadounidense en tanto habla algunas frases en inglés y se levanta la playera para mostrar el abdomen para una fotografía. 

El recorrido sigue y el entorno continúa evidenciando el abandono gubernamental. El “brazo estatal” alcanzó para la instalación de postes de energía eléctrica, pero no para nomenclatura de una supuesta calle: un pedazo de madera informa a los transeúntes que ahí es la calle “Bugambilias”, cuya leyenda fue escrita con pintura color blanco.

Ante la inminencia del inicio del proceso electoral, como cada 3 o 6 años, los ciudadanos están “preparados” para recibir a la politiquería de los naranjas, azules, tricolores, verdes, guindas, amarillos y demás matices partidistas…ya no tienen fe… porque discursos dicen, prometen y hasta firman, pero de la cuenta la deuda es impagable y sigue ampliándose. Solo piden una cosa: dejar de vivir en el otro San Luis, ese que está en una dimensión alterna.