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El Rosario es la tercera estación de la Caravana de la Fe, un poco adelante de la cabecera municipal de Villa de Arriaga, lugar al que llegan no por carretera, sino que tienen rutas internándose entre el municipio, porque no logran pisar tampoco por mucho tiempo las calles de este lugar.
Los estragos de la caminata comienzan a notarse, se ven más cansados, algunos arrastran los pies o tienen movimientos como si estuvieran lastimados, otros portan varas de árboles que encontraron en el camino y cada vez se observan más Niños Dios en brazos, más imágenes de la Virgen de San Juan de los Lagos a espaldas o entre las manos, según los tamaños y cómo las tengan protegidas, pues algunas se encuentran en unas pequeñas vitrinas.
La Caravana hace frente a las inclemencias del tiempo y tratan de aminorar los estragos que la lluvia les causó la noche del miércoles, pues se les metió hasta las casas de campaña, de ahí que quienes llegaron temprano al campamento, tuvieron oportunidad de extender colchones, colchonetas y cobijas para que puedan quedar un poco listas y secas para la noche.
Una familia completa viaja cada año con sus hijos y ahora con sus nietos, enfrentando el pago de una camioneta que les rentan, y que deben mantener con combustible, llantas y algún desperfecto que les salga, como en esta ocasión que comenzó a fallar de la palanca de velocidades, “pero el chofer ya le está echando mecánica, además de que tenemos mucha fe y ganas de llegar a ver a la chaparrita, ella es la que nos cuida y siempre nos hace milagros”, dijo José Cruz Ávila quien tiene 45 años de hacer esta Caravana en enero y desde hace 10 años también en Semana Santa.
Juan de la Rosa, su compadre, explicó que comenzaron siendo maleteros, que incluso en una ocasión un camioncito de mudanzas se les iba encendiendo, porque una persona había dejado un anafre con carbones todavía encendidos y tuvieron que subirse a aventar todas las maletas para evitar un riesgo.
Sus hijas cocinaban frijoles en una olla colocada en un comal, sostenido por piedras y cuya leña calentaba a los niños que alrededor de ella comían tortilla; otros de sus nietos ya estaban en una mesa que montaron y platicaban también sus hazañas.
Todavía faltaban los peregrinos que se detuvieron en la cabecera de Villa de Arriaga a comer algo y rezar, a seguir con sus cantos mientras cada determinado tiempo un cohete anunciaba su camino, mientras la gente salía de sus casas a decirles adiós, saludarlos o darles ayuda.








