¡Ay dolor!
¡Ay dolor ya me “volvites” a dar! Dijo por ahí un día José Alfredo Jiménez: Nada me han enseñado los años, siempre caigo en los mismos errores, otra vez a brindar con extraños y a llorar por los mismos dolores. Habemos gente así, retomando un poco el texto anterior… muchos seres que somos muy inteligentes y aunque sepamos definir bien nuestra inteligencia emocional, no lo hacemos… nos gusta mucho sentir el dolor, el pesar, nos aferramos a los recuerdos dolorosos, y ¡Ay papá! Se nos hace nudo el corazón y lo tratamos de deshacer con un buen trago de tequila, para que amarre, para que duela igual la laringe que el corazón. Los artistas así somos, súper depresivos, nos hierve la tinta de la palabra y del llanto sobre la sangre. Los sentimientos los traemos como calzón de artista “parriba y pabajo” y el llanto en la puntita de los ojos. Y así como hay gente que no siente absolutamente nada por nadie, hay otras que sentimos en exageración todo por todos. Ambos extremos son poco habituales, pero sirven para percatarse de que es necesario prestar más atención a nuestras habilidades emocionales, que pueden marcar nuestra vida y nuestra felicidad para siempre. Quedarse estacado en el barranco del dolor por no darnos cuenta de cuando alguien no nos merece, es malo… estar recuerde y recuerde momentos con él o ella para volver a chillar, es estarle poniendo limón agrio a la herida que trae el alma. No caigas en eso, ahora, si te gusta estar todo el tiempo deprimido y hablando de lo mismo, quejándote de que las cosas no avanzan, entonces cariño: disfruta de tu calvario y de tu soledad, porque seguramente al final del día te vas a quedar solo. Ya te lo dijimos.
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