NI MáS BUENOS, PERO TAMPOCO PEORES

Las comparaciones, nunca fueron buenas; porque nos podemos equivocar, a la hora de hacer un juicio.
Nosotros, no sabemos que tan buena puede ser una persona.
Ya que nadie conoce el corazón del hombre.
Es Dios, el único que sabe, lo que guarda
el corazón.
Pero, el hombre ignora lo que el otro lleva dentro.
Por aquello de que: “Caras vemos, corazones no sabemos”.
Por esa razón, no se vale hacer comparaciones. Porque al no ver el corazón, tampoco tenemos la medida para hacer la comparación.
Y como dice la Escritura: nadie ha sido
constituido juez.
Porque el hombre, no sabe juzgar; y cuando lo hace, no juzga con
el corazón.
Más aún, la bondad humana es tan relativa, que aquel que es bueno para ti, tal vez no sea tan bueno para el otro.
Y el que hoy está siendo bueno, tal vez mañana deje de serlo; porque la bondad y la maldad, están limitadas por las circunstancias.
Y éstas, cambian con el paso del tiempo.
Por eso, nunca pensemos que la desgracia recae sobre el que
anda mal.
Porque el afectado, no es mejor, ni peor, de lo que cualquiera podría ser.
Más aún, Dios no ha decretado la desgracia
de nadie.
Porque el Señor, quiere que todos los hombres se salven, y lleguen a conocer la verdad.
Y esto, nos lo hace saber en el Evangelio, y dice: “¿Piensan ustedes que aquellos galileos, porque les sucedió esto, eran más pecadores que todos los demás galileos?
Ciertamente que no; ¿y si ustedes no se convierten, perecerán de manera semejante?” (Lc.13).
La vida es el tiempo que necesitamos
para mejorar.
Y los que ya se fueron, es porque ya cumplieron su misión; y eso, no tiene nada que ver, ni con la bondad, o la maldad
de la persona.
Nadie puede jactarse de ser bueno.
Lo que sí es importante: es hacer lo que debemos.
Para que al final, no nos presentemos ante Dios, llevando las manos vacías.
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