SEAMOS ANDRÓGINOS

A zigzaguear por los roles es más ético, más laxo y generaría un bienestar que todos estamos buscando.
Volví a dar con el mito del andrógino, ese que la psicología -basado en el relato de Platón de “El Banquete”, - ya había explicado con el mito de la media naranja.
El que narra que en un principio éramos seres totales, redondos, con cuatro piernas y cuatro brazos. Una cabeza sin corte en la nuca, es decir completa, lo seres andróginos que también irrumpieron las reglas divinas y en castigo fueron divididos por el rayo de Zeus, y quien ordenó a Apolo que nos hiciera un nudo en medio del cuerpo para recordar que estábamos completos y por soberbia, tuvimos que ser divididos y andar en la lucha angustiosa de volver a encontrar nuestra otra mitad.
Si no me creen miren en su cuerpo el ombligo y verán que ahí sigue la evidencia.
Ese fue el mito, el discurso que sigue vigente y que retomé gracias a la lectura de la norteamericana Ursula K. Le Guin, escritora de ciencia ficción, indispensable, que más allá de exponer respuestas en sus más de veinte novelas, cuentos, poemas, ensayos, guiones e historias para niños, lo que propone son cuestionamientos y reflexiones, como en su popular novela (no tanto en México) “La mano izquierda de la oscuridad”, donde retoma este mito platónico y lo lleva nada más y nada menos a crear un planeta de andróginos; estos seres que no son definidos por un sexo binario como en la Tierra.
No son ni hombres ni mujeres, sino seres totales, y poseen una vida mucho más equitativa entre ellos.
Digamos que nacieron con una equidad de género ya expuesta, no hay que pelearla.
Los habitantes del país de invierno solo entran en una fase conocida como el kémmer con el fin de reproducirse, no saben qué sexo les será asignado, y al final de esta fase de unos cuatro o cinco días, vuelven a su estatus original, el del andrógino.
En la novela de K. Le Guin, la autora construye una utopía en lo que a los ojos de los terrícolas pareciera una distopía. Ahí se menciona la cantidad de conflictos que se originan con la estrechez de lo binario: hombre- mujer, blanco – negro, muerte – vida.
Lo que siempre hemos querido reducir a dos y cómo nuestra epistemología, ontología o praxis se pudre en la condición binaria de la mente.
Es la idea que la escritora inglesa Virginia Woolf cita en su ensayo “Un cuarto propio”: “…una gran mente es andrógina”. Claro está, dejamos de desarrollar nuestra otra parte, limitándonos solo a un sexo.
Pero no se asusten ni piensen de forma literal, sino que amplíen la metáfora y zigzagueemos por los roles, compartamos actividades y evitemos las etiquetas pintadas de color rosa o azul.
Si pudiéramos extendernos y difuminar los roles, nos recostaríamos en una sociedad con holgura, pacífica, no asfixiante y mucho menos violenta.
Lo afirma también la filósofa Judith Bulter en “Deshacer el género” donde ni los hombres perderían su virilidad ni las mujeres su candor ni belleza, sino que recuperaríamos lo que hace miles de años ya se consideraba nuestra originalidad de seres completos, totales y más éticos.
Los invito, pues, a reflexionar en el tema y combinar los roles que han sido socialmente asignados, más allá de lo naturalmente considerado.
@vanecortescolis
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