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París.- Un gol de Ángel di María en el descuento evitó la derrota del París Saint-Germain frente al Nápoles (2-2) en Liga de Campeones, que hubiera dejado al multimillonario proyecto de la capital francesa al borde del abismo en la competición que se ha marcado como principal objetivo de la temporada.
El exjugador del Real Madrid demostró sangre fría cuando todo apuntaba a que los italianos iban a llevarse los tres puntos del Parque de los Príncipes y con una rosca perfectamente colocada salvó a su equipo de sumar su segunda derrota en la competición.
El empate deja las cosas abiertas en el grupo C, aunque el equipo francés está casi obligado a no perder en su siguiente duelo en Nápoles. Los italianos se llevaron el sabor amargo que queda cuando ya celebrabas el triunfo.
Las noches europeas excitan en París. Para bien, porque al equipo le llegan las únicas oportunidades en las que puede presumir puesto que en Francia no encuentra reto a la altura de su talento. Pero también para mal, porque al experimento de los multimillonarios cataríes, desacostumbrado a rivales de nivel, demuestra falta de rodaje.
En esa paradoja se mueve un equipo que vive colgado de la obligación continental y de la calidad impresionante de sus jugadores, pero que sigue sin comportarse como un equipo.
Un PSG que ha ganado los diez duelos domésticos, casi todos por goleadas, se amilana en la Liga de Campeones. Perdió contra el Liverpool en Anfield y en el Parque de los Príncipes contra el Nápoles remontó dos veces y se salvó en el último suspiro.
Su imagen quedó dañada, porque solo firmó dos buenas fases de juego, una en el inicio de cada mitad, poco brillo para lo que se espera de un equipo de su nombre.
A cada una de ellas respondió con pausa el Nápoles, a imagen y semejanza de su técnico, Carlo Ancelotti, el hombre que abandonó París a llamada del Real Madrid, pero que conoce bien la casa. Sabía el transalpino que bastaba con parar la excitación de los locales y luego confiar en su entramado defensivo, magistralmente trenzado para que cayeran los peces gordos del rival.
Se cumplió su profecía. El PSG saltó a comerse el mundo, como se había zampado al Estrella Roja de Belgrado en su último duelo europeo. Mbappé dejó un toque de calidad en el minuto 2 y ni Neymar ni Cavani, que parecen condenados a no entenderse, pudo rematarlo.
El francés se llevó el primer aplauso y el brasileño el segundo, porque en ese lance con el uruguayo se golpeó el tobillo. La grada le ovacionó cuando, tras ser atendido en la banda, regresó al verde.
El exjugador del Real Madrid demostró sangre fría cuando todo apuntaba a que los italianos iban a llevarse los tres puntos del Parque de los Príncipes y con una rosca perfectamente colocada salvó a su equipo de sumar su segunda derrota en la competición.
El empate deja las cosas abiertas en el grupo C, aunque el equipo francés está casi obligado a no perder en su siguiente duelo en Nápoles. Los italianos se llevaron el sabor amargo que queda cuando ya celebrabas el triunfo.
Las noches europeas excitan en París. Para bien, porque al equipo le llegan las únicas oportunidades en las que puede presumir puesto que en Francia no encuentra reto a la altura de su talento. Pero también para mal, porque al experimento de los multimillonarios cataríes, desacostumbrado a rivales de nivel, demuestra falta de rodaje.
En esa paradoja se mueve un equipo que vive colgado de la obligación continental y de la calidad impresionante de sus jugadores, pero que sigue sin comportarse como un equipo.
Un PSG que ha ganado los diez duelos domésticos, casi todos por goleadas, se amilana en la Liga de Campeones. Perdió contra el Liverpool en Anfield y en el Parque de los Príncipes contra el Nápoles remontó dos veces y se salvó en el último suspiro.
Su imagen quedó dañada, porque solo firmó dos buenas fases de juego, una en el inicio de cada mitad, poco brillo para lo que se espera de un equipo de su nombre.
A cada una de ellas respondió con pausa el Nápoles, a imagen y semejanza de su técnico, Carlo Ancelotti, el hombre que abandonó París a llamada del Real Madrid, pero que conoce bien la casa. Sabía el transalpino que bastaba con parar la excitación de los locales y luego confiar en su entramado defensivo, magistralmente trenzado para que cayeran los peces gordos del rival.
Se cumplió su profecía. El PSG saltó a comerse el mundo, como se había zampado al Estrella Roja de Belgrado en su último duelo europeo. Mbappé dejó un toque de calidad en el minuto 2 y ni Neymar ni Cavani, que parecen condenados a no entenderse, pudo rematarlo.
El francés se llevó el primer aplauso y el brasileño el segundo, porque en ese lance con el uruguayo se golpeó el tobillo. La grada le ovacionó cuando, tras ser atendido en la banda, regresó al verde.








