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EL CAIRO.- En la oscuridad transportan los cadáveres de personas que se cree murieron por el coronavirus, uno tras otro, para ser enterrados en distintos cementerios del norte de Yemen. Las luces de las linternas titilan mientras los dolientes se mueven entre las sombras.
Los cuerpos son limpiados con desinfectantes y envueltos en plástico y sábanas blancas antes de ser depositados en pozos de dos metros de profundidad. No hay nadie, excepto por un puñado de parientes con tapabocas, guantes y vestidos blancos. Las reuniones grandes están prohibidas. Tampoco se permite el uso de teléfonos.
El personal que cava las fosas y los guardias del cementerio tienen prohibido hablar acerca de las causas de las muertes. Si alguien les pregunta, tienen que decir que son “cadáveres de personas no identificadas muertas en la guerra”, según varios residentes y un empleado del cementerio. Las familias nunca se enteran si un ser querido falleció por el virus. Jamás se dan a conocer los resultados de las pruebas. Estos rituales diarios se suceden mientras las redes sociales se llenan de mensajes de condolencias y de fotos de los muertos.








